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Firmas

Bioexterminio

Solo cabe una acción política coordinada e inmediata que frene en seco las ansias de destrucción

por Julio Fernández 13/03/2026
Julio Fernández 13/03/2026
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Ataque de Israel sobre Teherán.
Ataque de Israel sobre Teherán.

La utilización por parte de Israel de las infraestructuras petroleras en las cercanías de Teherán es un ataque químico sin precedentes que está creando una contaminación de consecuencias irreversibles.

No solo estamos hablando de una lluvia negra ácida causada por nubes tóxicas, la lluvia contiene una mezcla de contaminantes: hidrocarburos, partículas ultrafinas y compuestos policíclicos, pero no es esto lo peor sino el aumento de concentraciones atmosféricas de zinc, plomo, cobre y cadmio. 

Estamos hablando, en consecuencia, de metales pesados que una vez se precipitan al suelo se infiltran en los acuíferos con fatales consecuencias. Solo el plomo, en una concentración en el agua por encima de límites aceptables, podría causar daños cerebrales, renales y problemas de desarrollo en los recién nacidos de aquí a quién sabe cuántas generaciones futuras.

El estado genocida de Israel, con la inestimable ayuda del mando genocida de Estados Unidos, ha demostrado desde el minuto uno de esta cruel guerra que su objetivo es la exterminación del enemigo, no la victoria militar. La visualización de esta premisa está en los misiles lanzados sobre una escuela de niñas o el asesinato en aguas internacionales de más de un centenar de marineros en un barco desarmado que regresaba de unos ejercicios militares pero de carácter pacífico.

Las víctimas principales, en consecuencia, no son ya los ejércitos, objetivo inherente al propio absurdo de las guerras, sino la población civil, y esto nos hace recordar cómo el bando golpista del 36 ganó su guerra contra España en aquel apartado de la Historia que con tanto afán hemos querido enterrar. Hay un fanatismo y una ausencia de empatía de dimensiones terroríficas que solo pueden compararse con el obrar en el pasado de ideologías fascistas o nazis.

Es obvio, en esta guerra desencadenada por el impulso primario de una secta religiosa de ególatras y depravados, que los actos no obedecen a ningún síntoma de inteligencia conocido. No existe ni una sola razón que podamos descifrar que justifique las brutales agresiones, solo prepotencia en los planes bélicos. Y esta ausencia de inteligencia, también de inteligencia militar, es lo que está consiguiendo acentuar las ansias de genocidio.

No sabemos hasta qué punto están dispuestos a llegar Israel y Estados Unidos pero si nos ceñimos a las capacidades de estas dos naciones y las capacidades de sus enemigos —en este caso Irán y Líbano—, y si al final todo se reduce al empleo de la fuerza, no ya contra instalaciones militares sino contra la población civil, hemos de resolver que la consecuencia última de este proceder es un difícil dilema para los vencidos: la rendición o la hecatombe. 

Y si la rendición no se produce, solo cabría como tercera vía la retirada de la parte agresora, causada por una repentina concienciación ética al vislumbrar las consecuencias imprevisibles que se podrían dar, las cuales no caerán solo sobre la población iraní y libanesa sino también sobre el resto del mundo.

Cierto que Irán está respondiendo, pero su respuesta, aun conduciendo también a la muerte de soldados y civiles, no es comparable a la otra parte: no es lo mismo un arsenal de drones que un arsenal de bombas atómicas.

Se habla mucho estos días del declive económico originado por la inflación que se está produciendo en las civilizaciones avanzadas, es decir: en las que más consumen petróleo; sin embargo, poco se habla de la aceleración con la que nos encaminamos al abismo una vez que se sobrepasen los estrechos márgenes de la escasa cordura que parece que queda en este asunto. 

Sorprende, en este sentido, que Europa en su conjunto —si salvamos honrosas excepciones— se esté mostrando tan pusilánime con el quehacer genocida de Israel y Estados Unidos. El cinismo de los dirigentes políticos sobrepasa cualquier distopía imaginada hasta ahora. Desde la Segunda Guerra Mundial, no ha habido posicionamiento tan radical como el silencio que recorre los territorios europeos. No es cobardía, es aquiescencia con el asesinato colectivo y también con el suicido colectivo.

La nube tóxica avanza hacia China empujada por los vientos del oeste, y China no la va a recibir con los brazos abiertos. Tampoco el propio planeta que, estupefacto, ve cómo esta especie colonizadora que lo devora desde hace tiempo está dispuesta a caer en desgracia al preparar de forma tozuda su propia desaparición.

En los próximos días, si nadie para esto, veremos cómo la escala de atrocidades sigue aumentando. Irán no parece dispuesta a rendirse y los agresores, cada vez más heridos en su orgullo, están sedientos de sangre y de victoria: quieren a toda costa demostrar su capacidad de aniquilación. Veremos, si nadie para esto, cómo se bombardearán no solo las desalinizadoras —sobre las cuales ya están cayendo los primeros misiles— sino todas aquellas fuentes de recursos primarios que se consideren esenciales para la vida.

Porque es la vida ajena la que se toma por enemigo, como si esta no formara parte de la propia.

Estamos ante un brutal acto de genocidio pero también de bioexterminio. Las consecuencias sobre los ecosistemas, sobre la salud del planeta o sobre el clima pueden ser terribles. Solo la emisión forzada de millones y millones de toneladas de gases invernadero a causa de esta guerra debería ser motivo suficiente para que quienes toleran esta guerra desde las instituciones políticas que gobiernan el mundo levantaran la cabeza, miraran de frente al resto y sugirieran: «hay que parar esto inmediatamente». 

A pesar de ser esta una guerra llevada a cabo por seres inteligentes que hacen uso de programas de inteligencia artificial, no podemos echarle la culpa a las máquinas que piensan por sí solas qué objetivos atacar para derrotar al contrario y causarle el mayor daño posible, la culpa de que esta miserable guerra haya comenzado la tienen las personas que dan las órdenes. Y no es suficiente con llamar a la desobediencia. La situación es demasiado grave como para pensar que un ejército insumiso que se niega a participar pueda cambiar nada. Ni el ejército de Estados Unidos ni el ejército israelí pueden hacer otra cosa que obedecer las órdenes delirantes. Si alguien se niega a pilotar un avión o lanzar un misil, al instante habrá una pieza de recambio.

Solo cabe, en consecuencia, una acción política coordinada e inmediata que frene en seco las ansias de destrucción. La esperanza puesta en el agotamiento de recursos armamentísticos es una falacia, pues en el fondo del baúl se esconden las peores armas, las que nadie se atreve a nombrar. 

Julio Fernández

Doctor en Estudios Literarios y Teatrales. Poeta y Dramaturgo.

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