“¡Quien no trabaja no come!”. Aún resuenan esas palabras de mi abuelo en mí. Recuerdo que era un día soleado, con algunas nubes, el calor apretaba y, en mis manos de diez años, una horca algo oxidada servía para desenterrar patatas. La de mi abuelo relucía en cada una de sus púas sobre sus manos en constante movimiento. Estaba cansado y mi abuelo me dijo aquello; saqué fuerzas y continué descubriendo esas pequeñas patatas que me maravillaban. Tenía toda la razón del mundo. Hoy, que tengo otros ojos, me doy cuenta de la profundidad de aquella enseñanza de campo.
Lo primero que pensé, y que jamás se me olvidará, es que el trabajo abría el hambre, que sin trabajo no merecía comer nada porque no me cansaba y alimentarme en esa situación, sin sudor, sin esfuerzo, sin luchar contra la horca incrustada en la tierra, sin luchar contra el barro, o sin conocer que la fuerza de los brazos sirve para cuidar el alimento y el alma, era poco menos que un pecado capital de gula. Comer sin trabajar era al fin y al cabo una manera de esclavitud: Tan sencillo como que, si no sacas patatas, patatas no comerás. Así que me senté a la mesa y sentí satisfacción.
Continué trabajando, estudiando, leyendo; el huerto se me olvidó, pero a mi abuelo no se le olvidó el campo, el barro, el metal, los aperos o el sombrero de paja. Siempre me dijeron que estudiase, que leyese, que así tendría un buen futuro. Y me lo creí: estudié, leí y lucho por un futuro que para ser honestos es una media verdad. Y es así porque fui creciendo sin volver a sacar patatas, sin recoger fréjoles o pimientos, lejos de las gallinas, pero sin perderlo de vista, fui un observador del campo, de mi abuelo y sus artilugios, su creatividad, sus inventos y la fuerza de sus manos. Me di cuenta en un día de observación que mi abuelo, sentado en su silla de plástico observaba con preocupación las vallas. Había encontrado la ruta de fuga de las gallinas y era su deber repararla. Me solicitó ayuda, y como había aprendido, trabajé para poder comer. Aunque no era consciente entonces, la predisposición a cerrar esa ruta no era solo porque era mi deber; era porque de esa manera tenía la capacidad de crear, de construir algo con materiales que no estaban destinados a ello. El hueco parecía un desagarro producido por maquinaria o algo similar, coser la valla con alambre no era una opción, así que creamos una nueva alambrada con perfiles metálicos, una malla metálica de a saber dónde, y un tocón de madera. Cavamos, construimos, rellenamos de tierra y cosimos la malla. Había creado una nueva escultura contemporánea, había construido un ítem de la verdad, participé de la creatividad universal de la necesidad, la vida y la inteligencia.
Me fui entonces a Alemania, a Berlín, una de las cunas europeas del arte contemporáneo. Dadá fue importante allí, y para mí un conocido al que quería tomar el pulso. Beuys un admirado loco del fieltro y los coyotes. Creía estar en el centro, en una de las casas esencia del arte contemporáneo, allí vi a Dubuffet, observé los pilares desnudos de la más reciente historia europea en Sachsenhausen, allí conocí incluso a Nefertiti y entré por las puertas de Pérgamo y observé piezas de barro… ¡De Barro! Allí me di cuenta de que no, que no estaba en el centro del arte contemporáneo, me percaté de que el auténtico centro del arte contemporáneo estaba en el campo de Zamora: Allí estaba la respuesta a todo.
Decía Beuys que todo hombre es artista, Picasso que el arte es vida y viceversa, Vostell abogaba por la misma idea… Mi abuelo por: “¡Quien no trabaja no come!”, él no es artista, él es un hombre de campo y allí encontré la verdad. La creatividad, el apero, la vida, el trabajo… son lo que realmente define el arte, porque el arte es vida, y la vida es trabajo, es sudor, es sufrimiento, es placer, es amor, es lucha y es desgracia. Esa verdad solo está en esos objetos, en esos útiles. Heidegger los califica como objetos que al estar en uso olvidamos que existen. Cuando hincaba la horca para sacar las patatas, me olvidaba de la horca, solo me fijaba en las patatas; cuando me calzaba las botas, me olvidaba de las botas, me fijaba solo en el camino. Esos útiles son esculturas puras, aunque nunca se pensaron para ello y nunca deberían serlo. El útil se convierte en escultura, poliédrica, múltiple. Expuesta dentro de ese “círculo mágico” se convierte en arte, que no es más que otra de las categorías de la vida. Un tractor en un museo no es más que el des-ocultamiento de la verdad a través de una escultura monumental al trabajo, al barro y, al mismo tiempo, un ser cada vez menos vivo.
Cuando me di cuenta de que la valla que construí con mi abuelo, su silla de plástico, sus alicates y sombrero de paja, sus límites de cuerdas plásticas y hierros, que sus horcas, azadas, hoces, los trillos, yugos y arados suyos, de sus vecinos, de los trabajadores del campo, son en realidad esculturas puras y sinceras y, sobre todo contemporáneas, mi cabeza dio un vuelco. Resulta que la escultura es la máxima expresión de la verdad en el arte y, sobre todo, que mi abuelo es, en realidad, el mayor artista contemporáneo que jamás he conocido.
A mi vuelta fui a visitarlo y fue como estar en el gran taller de un artista que no sabe que lo es. Quedé sobrecogido, asimilándolo. Solo entonces, cuando me di la vuelta y entré en casa, mi visión se completó: Resulta que mi abuela es la mayor coleccionista que voy a conocer en la vida.
Artículo de:
Miguel Rodríguez. Creció en el campo zamorano, leyó en el campo charro. Historiador del arte de carrera y estudioso de la música. Hoy reside en Aragón.
