El final de abril huele a fiesta en el barrio. La tarde del día 29, también a tormenta. Que descargue ahora y respete el pregón, piensan las mujeres que se reúnen para charlar en la librería Arial, el negocio que regenta María Mónica en plena avenida de Galicia. Pero la dueña no habla esta vez. La palabra la tienen las veteranas, las señoras del barrio de toda la vida que este jueves van a dar el discurso que descorcha la diversión en San José Obrero. Hay ganas de baile y jarana, pero años atrás las cosas eran de otra forma por aquí. Y ellas custodian esa memoria.
Las mujeres aclaran primero que el pregón lo va a dar, en realidad, solo Margarita. La vecina, de apellido Coco y con 86 años más que lúcidos, acepta, pero reclama que la arropen. Así será. Sobre el escenario aparecerán también señoras como Josefa Rodríguez o Raquel Fernando. Las tres citadas son las que se sientan la tarde anterior en la librería para charlar un poco de todo. Más del pasado, en realidad. En este tiempo, las han tenido de todos los colores en San José Obrero.
Margarita arranca para hablar de sus más de 60 años en esta parte de la ciudad. Aquí desembarcó ya con tres criaturas: la mayor de cuatro; la pequeña, de casi dos. «Los primeros tiempos fueron más de miseria que de otra cosa, pero nos echábamos una mano. Las vecinas nos llamábamos para pedirnos azúcar para el desayuno o un poco de aceite», recuerda la mujer, que habla de un barrio con pocas casas levantadas, sin las galerías y con una iglesia recién estrenada.

Raquel interviene para apuntar que, cuando ella apareció por aquí, ni sitio para rezar había. Hasta el templo vio construir esta mujer que conoció, como las compañeras, el molino que había al pie del lugar donde ahora charlan. «Se molía aquí. Veías los carros con el trigo y los primeros camiones», abundan las dos. Las mujeres hablan de los primeros 60 y de una vida diferente. «Aquí llegamos todas en plena producción», ríe Margarita, que se plantó en San José Obrero con tres nenes y tuvo otros tantos.
En medio de esa faena, con cuatro, su marido se marchó a Francia en busca de un sustento mayor. Ella se quedó con un bebé de dos meses y tres niños: seis tenía la mayor. «Entre nosotros y nuestros hijos es como si hubieran pasado tres o cuatro generaciones. Es difícil de entender para ellos lo que pasamos», asegura Margarita. «A veces, cuando oigo hablar a los jóvenes, parece que hemos nacido en un mundo distinto», sostiene la vecina.
Las tres inciden en eso: en lo que se pasó, lo que se peleó, lo que se consiguió y lo que ahora, desde los ojos de la modernidad, no se entiende bien. O no se valora en su justa medida. De ello habla Raquel, que vino pronto de Villaralbo a Zamora y que cayó en San José Obrero para criar a ocho hijos sin dejar de empujar el desarrollo de un lugar que se apoyó en tres hombres: «tres sacerdotes que nos hicieron despertar como personas y luchar por nuestros derechos», advierte la mujer.
Eran Manolo, Marcelino y Ángel Bariego, claro. «Esto no era casi ni barrio. Pero empezamos a luchar por los hijos, para que tuvieran la educación que no tuvimos nosotros», insiste Raquel, que habla de la puesta en marcha de una «catequesis humana» para llevar a los chavales a los trabajos de los padres con el fin de que entendieran el esfuerzo, el sacrificio que hacían por ellos. «Entonces, aquí no había guarderías, ni hogar de ancianos, ni bibliotecas, ni cajas de ahorros… Nada».
Para tenerlo todo lucharon las familias de esa época: «Y no luchabas para ti, luchabas para el común. El barrio pera nosotros era un orgullo», recalca Raquel. Margarita interviene para introducir el concepto «familia», que iba desde las señoras que se reunían al fresco hasta los chicos que llevaban el nombre de San José Obrero a otras partes de la ciudad con el equipo de fútbol.
«Es una época muy bonita que hemos perdido porque nos hemos hecho más egoístas, más independientes», estiman las mujeres, que admiten el cambio de mentalidad de la gente nueva. A veces, de todos modos, conviene recordar aquello de la finca, la pelea por conseguir lo que ahora es La Josa y disponer de un espacio comunitario. O la obtención de «las permanencias», una especie de extraescolares que pudo tener la chavalada de la época gracias a que unos padres, en muchos casos sin formación, dieron la cara por ellos.

Eso incluye también la creación de cooperativas para las viviendas después de pasar estrecheces como las de Margarita y su familia: «En La Horta, teníamos una habitación con dos camas de 1,20 y la cuna en medio para mi marido, las tres niñas y yo», advierte la mujer, que recibió primero una casa en San José Obrero y luego se mudó a una más dimensionada a sus necesidades. Pero sin salir del barrio. Algo parecido sucedió con Josefa y los suyos, que se trasladaron a la capital desde Villafáfila, donde el marido ejercía como forestal.
«Para mí no hay otro barrio como San José Obrero. Estuve ahí para Balborraz primero, pero como que no le cogí el gusto», apunta Josefa, que vivió, con el resto, los años de la unidad y de la lucha: del desarrollo comunitario cuyos restos son los que sostienen aún eventos como las fiestas que se organizan en torno al Primero de Mayo. «De eso quedan los recuerdos. Y cada vez menos gente. De los pisos estos, que se llamaban 25 años de paz, faltamos ya casi todos», lamenta Margarita.
La mujer extraña los tiempos de los corrillos y de las puertas abiertas en las casas. Y aprovecha para citar el quiosco de la placita que ahora lleva el nombre de Ángel Bariego, donde estaba Anuncia: «Iba contigo donde fuera. Si tenías que llevar al niño al médico, ahí estaba. Cerraba y marchábamos», rememora Margarita. «Es que, en el patio interior de los pisos, mis hijos se quedaban jugando, yo marchaba a trabajar y ahí los dejaba. Era como mi guardería, me los vigilaban las vecinas», añade Raquel.
Esa nostalgia alude también a una época sin teléfonos móviles. «Antiguamente, estabas en casa comiendo y la conversación que había era con la familia. Pero ahora están dale que te pego al móvil y no sabes si estás tú sola o estás acompañada», apostilla Josefa. «¡Pero es que antes comíamos hasta del mismo plato, qué diablos!, le recuerda Margarita, mientras la otra ríe: «Calla, que no era plato, que era cazuela».
Las pérdidas y el cariño
La conversación se desvía un poco antes de volver al pregón: «No quisiera emocionarme. Esta mañana me encontré con unos amigos y me dijeron: lloras antes, eh», señala Margarita. Será difícil, claro. En el recuerdo estarán el hijo que murió joven y el marido que se fue hace seis meses después de un duro proceso de ocho años con alzhéimer. «Las dos veces me he sentido muy arropada por el barrio. También cuando estuve enferma, vivía en un tercero y me subían la compra. Cualquiera al que llamara», destaca la mujer.
Esas cosas de barrio siguen vivas en San José Obrero. De hecho, en la tienda donde compra Margarita, ya funciona la tercera generación que ella ha conocido. «Y con todos he tenido la misma confianza», asevera. No todo tiene por qué ir a peor. De hecho, en esta misma mujer, sigue vivo parte del espíritu de siempre. La pregonera todavía imparte dos talleres, uno de ellos de memoria, y escribe poesía. Desde luego, ha vivido para contarlo. «Ahora hago lo que me da la gana», zanja. Y las tres se despiden hasta el día siguiente.
