David Refoyo (Zamora, 1983) ha pasado de Los Restos a Las ganas de comer Oreo. De la novela a la poesía. En los dos registros se maneja y a los dos acude. Esta vez va con los versos y con una mirada a la infancia. Sobre todo, a la de sus hijos. A la de su hija si se quiere afinar un poco más. El poemario salió en marzo, ya se ha presentado en Madrid y en Salamanca y este fin de semana tendrá su puesta de largo en Cartagena y en Murcia. Aún esperan Valladolid y León. Y Zamora, claro, el 21 de mayo en el Etnográfico. «También haré algo en Villaralbo», aclara el autor, que tiene allí el hogar para seguir construyendo una carrera de quince años como escritor que viaja en paralelo a la que mantiene como publicista.
– Ha conseguido hablar de la infancia sin decir el nombre de su hija, ¿no?
– Sí. Es complicado hablar de cosas que todos hemos vivido, pero a la vez es lo que hace que la literatura sea universal. Porque tocas los temas que nos suceden. Incluso, aunque no seas padre, has sido niño. Lo que ocurre es que resulta muy difícil no caer en el sentimentalismo. Además, es que yo he querido hacer un libro que tuviera ese toque sentimental, que fuera vadeando la ñoñería, pero sin llegar a caer en ella. Y ese es el miedo que he tenido siempre con este libro. Lo he corregido muchísimo.
– En algunos de los mensajes que lanza en el libro, hay reflexiones o casi desahogos en los que reclama el don de la paciencia. ¿Le ha costado mucho escribirlo?
– Escribirlo en sí no demasiado. Mi hija no dormía o dormía media hora y luego estaba tres despierta. Daba igual que fuera a la una de la mañana que a las cuatro de la tarde, era su ciclo del sueño. Entonces, nos turnábamos en casa para soportarlo y los ratos que me tocaba de noche aprovechaba mucho para leer y escribir. Ahí fue donde escribí los poemas que están más relacionados con la primera infancia. Y esa paciencia tenía más que ver con la supervivencia.
– ¿La temática de la infancia fue algo pretendido? ¿Buscó escribir un libro sobre esto o vino de la mano de la paternidad?
– Yo nunca pienso: voy a escribir este libro. Sobre todo en poesía, son cosas que surgen. Había escrito El fondo del cubo en la época en la que ella nació y ya ahí tenía tres o cuatro poemas reflexionando en torno a la paternidad. Este libro es como un paso natural.
– Al final, uno escribe de lo que le toca vivir en cada momento.
– Claro. Sobre todo llega un punto en el que te das cuenta de la fragilidad de la vida, de que hay un ser ahí que es totalmente dependiente, débil y desamparado, que tienes que estar muy pendiente y hacérselo todo. Mientras, también te percatas de que eso evoluciona muy rápido y es muy efímero. Ahí es donde surge la necesidad personal de escribirlo, para no olvidarlo, para no perderlo. Hay quien está todo el día haciendo fotos y vídeos a los bebés y a los niños para mandárselos a la gente y yo he preferido escribir que estar con el móvil todo el rato.
– En el libro habla en varias ocasiones de los pequeños lenguajes que nacen y mueren, que evolucionan. Pero al final se acaban quedando en el pasado.
– Claro, porque la aspiración es llegar al lenguaje normativo, al idioma que todos hablamos, pero hasta llegar ahí hay muchos micro lenguajes que van evolucionando y que cambian súper rápido de un día para otro. Ella decía pocuco para referirse al columpio. Y nos acordamos porque está escrito. La niña ya va a cumplir siete años, así que eso estaría olvidado como tantas otras cosas que no hemos conseguido rescatar.
– Para que la gente entienda el proceso, ¿en qué momento de la vida de la niña acabó de escribir el libro? ¿Cuántas fases abarca?
– El libro no está ordenado cronológicamente. Ni siquiera recuerdo el primer poema que escribí. Posiblemente, los primeros fueran los que tienen relación con el lenguaje, que es esa etapa del primer año de vida o los 18 meses. Ahí es cuando dejan de ser bebés para convertirse en niños. Pero en el último poema que escribí, ella ya era mayor, ya había nacido mi otro hijo. Está escrito un poco más en relación a él, que tiene tres años ahora. De todos modos, el corpus del libro está escrito hasta los tres o cuatro años de la niña.
– O sea, que ha tardado en publicarlo. ¿Le faltaba redondearlo de alguna manera?
– Sí. Estuve dándole muchas vueltas a algunos poemas y también tengo algunos que tienen sus métricas más clásicas, una cosa que no había hecho nunca, así que me sentía más inseguro. Por eso lo he tenido más tiempo macerando, para ser más crítico, y al final casi todos esos poemas los he eliminado.
– ¿No le convencían?
– No me terminaban de convencer. Era más un alarde técnico que una necesidad expresiva o artística.
– Es un poco paradójico eso de las métricas en la poesía, de lo técnico, cuando no deja de ser un tipo de escritura muy libre.
– Sí, pero a mí me encanta leer a los poetas que manejan las métricas con absoluta precisión. Últimamente había leído mucho en esa línea y también quería demostrarme que puedo hacerlo. Han salido cosas interesantes, pero no al nivel que yo me exijo. Prefiero poemas más desbrozados, más limpios; como dice Tomás Sánchez Santiago, de mirar lo pequeño, lo humilde, lo que pasa casi desapercibido. Me he ido más a esa línea que a la otra de intentar ser un poco más clásico o más técnico.

– ¿Cómo es esto de la autoexigencia en la paternidad y en la poesía?
– En la paternidad, la autoexigencia no existe, viene impuesta. Es pura supervivencia. Y en la poesía hay poetas a quienes todo lo que escriben les vale. No lo digo en términos peyorativos. Es gente que tiene mucho oficio y mantiene un estándar bastante alto. Pero yo en este libro he eliminado muchos versos, le he dado muchas vueltas. En otros me ha salido de manera más natural.
– También hace muchas referencias a lo cotidiano, como ese poema en el que recalca que todavía hay dinero en la familia para ir al quiosco.
– Al final es un libro muy experiencial. Recuerdo un sábado por la mañana que estaba intentando escribir una idea para este libro. Estaba sentado en el sofá y ella iba por ahí revoloteando y pidiendo: papá, juega conmigo. Y al final me puse a jugar con ella. Yo jamás me hubiera planteado escribir un libro sobre jugar en la alfombra, comprar en el quiosco o aprender a decir una palabra cualquiera. Al final, la literatura son el amor y la muerte. Son los dos grandes temas y todo flota alrededor de eso.
– En un punto cita igualmente el asunto de las redes sociales. Los padres suelen poner más cosas en Instagram que escribir poesía sobre los niños.
– Sí, pero luego, si lo piensas fríamente, no sé qué tiene más gravedad: publicarlo en un libro o ponerlo en Twitter. Quizá la exposición es mayor en redes, pero también se olvida antes. El libro, y en general toda mi obra, tiene un toque un poco irónico y ciertamente crítico. Pero lo de Twitter que escribí es un poco un alarde. También una mini crítica a lo que somos, y no me excluyo. Creo que todos los padres somos un poco gilipollas.
– Ser padre es como amontonar arena en una esquina y que empiece a llover. ¿Qué quiere decir con esa comparación?
– Iba a decir que es como un haiku, pero no, porque los haikus me gusta leerlos y no escribirlos. Pero tiene ese simbolismo. Es algo que está inspirado en Homer Simpson, que compra una quitanieves y amontona la sal en su jardín. Lo que pasa es que llueve y se le va. Me surgió la idea viendo ese capítulo. A veces, la poesía está en las cosas más triviales. Yo no creo en la sacralización de la poesía. Se demuestra también con el fútbol. Lo hacíamos con La Polla Rojiblanca. Un gol de Pedro Pascual podía ser pura poesía.
– Usted que escribe poesía y prosa, ¿qué diferencias percibe en cómo lo recibe la gente?
– La prosa es muchísimo más popular, más accesible. El año pasado publiqué una novela y mis amigos y conocidos la compraron todos y la leyeron todos. Todo el mundo me ha hablado de ella. Con la poesía, sé que algunos no la compran directamente, que otros se la compran solo porque es mío y que algunos se la leen. Y yo escribo una poesía, sobre todo en este libro, que es muy accesible, muy sencilla. Otra cosa es hasta dónde quieres profundizar. Lo que pasa es que la novela tiene un principio y un final, es más fácil de comprender.
– ¿A la niña le va a dejar el libro para que lo lea o todavía es muy pequeña?
– Es un poco pequeña. Podrá leer algún poema. De hecho, le he leído alguno, como el de Twitter, y sí recuerda que dijo la frase que aparece. Esta semana, en el colegio de Villaralbo, que es donde ella va, están haciendo la semana del libro con un montón de actividades y han montado un certamen de poesía. Ella ha participado con su primer poema. Me alegra que no tiene rima ni métrica, va por libre.
– Para terminar: ¿El título Las ganas de comer Oreo habla de un antojo de la madre?
– Sí, es un verso del primer poema de la primera parte. Me lo dio Ben Clark. Yo estaba barajando otros títulos y le mandé el libro para que lo leyera. Me dio algunas ideas y me aseguró que se tenía que titular así. Yo le hice caso y lo mandé a la editorial, pero con reticencias. No me acababa de encajar. Luego estuve mandándome alternativas con el editor, pero acabamos volviendo al punto de partida. La verdad es que es muy llamativo.
