En un día laborable cualquiera de mediados de abril, el Lago de Sanabria se convierte en la estampa privada de una pareja que ha ido a contemplar el paisaje natural que ofrece la zona. No hay voces. Tampoco sonidos de claxon. Nadie se interpone entre esas dos personas y la paz ambiental. De fondo, el chico y la chica escuchan el rumor del agua y quizá algún pájaro mientras se debaten entre seguir con la chaqueta o despojarse de ella. Esta primavera viene con anticipos de verano.
Quizá algún lector se haya quedado instalado en el agosto dramático de 2025 y piense que lo que ven los ojos de esa pareja es la fotografía de una zona calcinada; los restos de un incendio que destrozó la campaña veraniega y que cercó a los pueblos de la contorna; las consecuencias del humo, las llamas y el miedo. Pero no. Lo que observan los protagonistas anónimos de esta imagen descrita es la Sanabria de siempre, la que espera a la gente; la que ya disfrutan los que van.

La del Lago es la imagen icónica de la comarca, de la tierra afectada por el incendio de Porto en agosto de 2025. No se trata de negar que eso ocurrió. Tampoco de asegurar que el paso de las llamas resultó inocuo. Sí de decir que gran parte de las actividades turísticas que se pueden hacer en la zona siguen intactas. Incluso, que las lluvias y las nieves del tiempo frío vinieron bien y que la primavera cálida que asoma hace brillar los rincones de este espacio natural. Los pueblos, además, quedaron intactos. Como la joya de la corona y sus playas.
Hay cierta afectación en la parte de la sierra, pero el grueso de las rutas, todas las actividades acuáticas y cada una de las localidades son lo de siempre. Y para contarlo conviene viajar al territorio. También darle voz a la gente que más padeció en verano y que ahora afronta la nueva campaña con la expectativa de reponerse del golpe. Los testimonios van de arriba a abajo geográficamente. De San Martín de Castañeda y sus balcones al Lago hasta la realidad a pie de playa. Es la visión de los hosteleros de Sanabria.

El primer testimonio es el de Piedad Gómez, que sube hasta uno de los miradores que dan al Lago para mostrar, tras ella, que el gran atractivo de la zona está ahí, esperando. Ya hubo quien lo comprobó en Semana Santa. «Animo a todo el mundo a que venga. Lo que se ha quemado está en la parte de arriba, pero lo que son el pueblo, el Lago, el entorno y todo lo demás siguen verdes. Y la primavera se presenta muy bonita, con muchas cosas que hacer y con rutas que para nada están afectadas», advierte la hostelera.
Esta mujer es una de las responsables del restaurante La Terraza, en San Martín de Castañeda. No hace falta preguntarle por el agosto del 25. Sería hurgar en la herida. La mirada ya está al frente. Y el único temor ante lo que viene es que la gente se confunda y crea que la zona tiene un aspecto posapocalíptico. No es así. «Estamos en la misma situación que en la primavera pasada. Incluso arriba seguramente ya esté empezando a brotar la hierba. El turismo tiene que animarse», destaca Gómez.
La hostelera recomienda que la gente descubra los rincones del entorno de Ribadelago, el casco antiguo de Puebla y San Martín, claro. En el pueblo donde ella hace la vida, la estampa del Monasterio se erige como elemento capital de un lugar dibujado en plena montaña. Dentro, los caballos aprovechan el verdor para alimentarse y un grupo de vecinos se beneficia del buen tiempo para hacer alguna jera en una parcela próxima a las casas. No hay rastro de dramas.

Tampoco hay penas más abajo, en el pueblo de Vigo de Sanabria, uno de los que más temió en aquel agosto. Allí corre el agua ya limpia. Allí puede uno entretenerse con las flores que brotan. Allí la gente pasea por las calles largas y mira a los rincones sin temor. Lo que encuentra es un abril luminoso. Incluso, en el bar: en el prado privilegiado que ejerce como terraza en L’Escuela, el negocio que regenta Celso Vega.
El hostelero atiende a los parroquianos de siempre a la espera de que el verano traiga el jaleo que acostumbra: «Creo que la zona va a estar muy parecida a otros años. El incendio fue en la sierra, así que todas las actividades en torno al Lago o a muchas de las rutas sigue siendo como era», apunta Vega. El vecino de Vigo admite que hay itinerarios, como el de Peña Trevinca, que pueden estar un poco más condicionados, pero son los menos. El resto aguarda con la misma oferta.
«Si miras en el entorno del Lago, hacia arriba o hacia San Martín de Castañeda, está todo igual. Saldrá ahora la hoja y quedará verde», advierte el responsable del bar de Vigo, que habla de «normalidad», lo de cualquier otro año: «Animamos a la gente a que vuelva. Mucha gente se quedó con ganas el año pasado», remacha.

De vuelta a la zona de las playas, tras la parcela que ejerce como aparcamiento en verano, ahora vacía de coches, aparece el chiringuito de Los Enanos. Allí atiende Facunda Cruz. Lo hace desde marzo, para dar servicio en la zona «y orientar a quien venga». No es una oficina de turismo, pero si tiene que ejercer como tal tampoco hay problema. «Le digo a la gente que venga a Sanabria. Si piensan que los incendios lo quemaron todo, no es como creen. Que lo vean», recomienda la hostelera.
Cruz cita el Lago, claro, pero también las rutas, los paseos, los propios pueblos. Muchas alternativas para que la gente que «desapareció» en el agosto pasado pueda retomar la visita. Como quien regresa a la lectura de un libro que dejó a la mitad. Por lo mismo claman los negocios de Trefacio, de San Justo, de Rábano, de San Ciprián e incluso de Puebla o El Puente. Toda la comarca sufrió el golpe. Ahora está lista para que el turismo vuelva.
La pareja del principio de esta historia ya no está en la playa situada frente al chiringuito de Facunda. Ahora hay otras dos personas que pasean entre la arena y las zonas encharcadas que aún muestran el rastro de un Lago más alto. La mujer hace fotos con el móvil y, al cabo de un rato, se sienta a mirar al horizonte desde una piedra. El horizonte que encuentra no es la destrucción, sino la Sanabria de siempre, el rumor del agua y quizá algún pájaro.

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