La zona baja de Balborraz pasa las mañanas de ordinario lejos del ajetreo. La paz se impone en este rincón de la ciudad donde se guarecen dos mujeres entre libros. Paradójico, ¿no? La calle más instagrameable de Zamora como hogar de un proyecto que se aleja de lo inmediato para ir a lo reposado. Sylvaine de Tourdonnet y Clara Ponte presentaron el proyecto de su editorial, Salto al Vacío, hace ya casi cinco años. Y siguen sin correr ni buscar lo masivo. Sus básicos son encontrar el talento en la provincia, mimarlo bien y expandirlo.
Las dos mujeres abren las puertas de su espacio de trabajo casi en las vísperas del 23 de abril. Se trata de hablar del Día del Libro como quien va contar cómo es el pan desde un obrador. Aquí llega la materia prima y ellas son las que se encargan de darle forma para que las historias viajen luego a las librerías y a la casas. Todo empezó con un vínculo creado desde el rol de ambas como madres de alumnos del Gonzalo de Berceo. Ahí, en el AMPA, conectaron mientras elaboraban un fanzine de animación a la lectura. Ese fue el punto de partida.
Sylvaine y Clara se entendieron tan bien que decidieron dar el paso. Hubo miradas a otras opciones, pero al final optaron por empezar de cero. ¿Lo malo? Se lanzaron en 2020. No hace falta entrar en detalles sobre lo que ocurrió. Pero, superado el paréntesis pandémico, empezó lo bueno. En paralelo, Sylvaine siguió como traductora y Clara salió del paro. Cada una con lo suyo, tiraron adelante. Los primeros manuscritos llegaron en el primer año, tras la promoción fundacional de la editorial. Ya en 2022 se lanzó el primer título con el sello.
«El proceso inicial duró mucho», admite Clara, que incide en dos decisiones clave en el arranque: la primera, dejarse guiar en lo empresarial por gente que sabía; la segunda, formarse. En esto último ayudó que las dos ya tenían unos conocimientos vinculados a las letras: Sylvaine en el ya citado mundo de la traducción y Clara en el del periodismo. «No es lo mismo, pero al final trabajas con textos», constatan las socias de Salto al Vacío.
Con esa base, Clara decidió ganar conocimiento en corrección editorial y en maquetación, sin perder las ideas esenciales que traía de casa: tanto en la forma de trabajar como en el tipo de proyecto que ambas querían. En estos cuatro años desde que se publicó la primera novela, van otros cinco libros y una publicación más. No hay una aproximación al ritmo frenético de otras editoriales. Ni lo pretenden ni están en ese escenario.
«Yo me pregunto cuántos de los libros que salen van a leerse en diez, cincuenta o cien años», desliza Clara, que concede aún así que sus circunstancias son las que les permiten aplicar su fórmula personal a Salto al Vacío. Su fórmula personal y un flujo de trabajo que puede ser variable, pero que siempre empieza por lo mismo: la lectura de lo que les llega. Las dos analizan el texto – ya sea novela, cuento, ensayo o lo que toque – y luego lo ponen en común.
«Nos tiene que convencer a las dos», explican las responsables de la editorial. Y Clara añade un aspecto importante: «Tenemos que ver también si es asumible a nivel económico». Eso depende bastante de cómo haya ido el libro anterior. Con el resultado de uno se va costeando el proceso del siguiente. «Si lo podemos asumir, ya contactamos con el autor y hacemos una corrección bastante de la mano con él, para que estemos todos de acuerdo», abunda la responsable del proyecto.
Ese contacto cercano con la persona que ha escrito la obra es la que permite afinar el texto hasta que las dos partes quedan conformes. Pero esa fase no es la final. Todavía quedan el diseño, la maquetación y las cubiertas – la portada y la contraportada – aunque esto último lo externalizan: «Le damos bastante importancia al producto del libro en sí. Además del contenido, al continente», apunta Clara. «Que sea bonito, que esté bien hecho», apostilla Sylvaine.
Para lograrlo, las responsables de Salto al Vacío aplican el mismo criterio que para seleccionar a los autores: tiene que ser talento de Zamora. Las portadas las hacen diseñadores de la tierra. Y la imprenta y todo lo demás también son de la provincia. No hay debate en esto. «Queremos crear lazos», resalta Clara, que matiza que la única pata que se sale de ese círculo cerrado localista es el funcionamiento con una distribuidora de Valladolid para mover los libros fuera de Zamora. No hay una alternativa aquí para eso.
A partir de ahí, ellas mismas se encargan de distribuir el libro en la provincia, de la promoción y de casi todo. Por eso, cuando van a seleccionar una publicación, han de ser muy cuidadosas. No solo por las ventas potenciales que pueden calcular, sino por la certeza de que esa obra va a ser una parte importante de su mundo en los meses siguientes: «Rechazamos bastantes y tenemos algunos en cola», revela Clara. No penan por falta de trabajo.

Un contrato claro
En cuanto a los ejemplares por título, lo común es arrancar con 300. Si se venden se reedita. La editorial se lleva un porcentaje de esa cantidad. También el autor. Todo queda sellado previamente en un contrato. «Queremos que quede claro para las dos partes», explican las editoras, que han ido superando retos a medida que cada proyecto ha ido poniendo a Salto al Vacío ante nuevos escenarios. El próximo va en verso: toca sacar un libro de poesía.
«No queríamos encasillarnos en un género en particular, sino enseñar todo lo que se hace en Zamora», comenta Sylvaine. «Aquí hay muchas cosas. Nada está en la superficie, hay que rascar, pero lo encuentras». Ellas, desde luego, han hallado un sitio para vivir con pasión. Eso genera enredos, pero resulta tan estimulante como abrir un libro por primera vez.
