Prepárense para leer una historia de amor. No de amor romántico, pero sí verdadero. El protagonista se llama Antonio Vázquez Marino, acaba de cumplir 39 años y tiene un relato inenarrable de pasión que contar. Será difícil plasmar aquí el afecto que transmite este sayagués hacia su propia vida elegida, pero allá va un intento. Vayamos primero a la escena, que se desarrolla en el paraje de El Águila, en la zona de la Dehesa de Villardiegua que pertenece a Villar del Buey, no muy lejos del término de Roelos. Desde allí, entre piedras, escobas y encinas, habla un tipo que se pasa el día rodeado de animales. En el corazón de Sayago.
El lugar en el que se detiene Antonio con el coche es la parcela donde se alimenta buena parte de su rebaño de ovejas churras sayaguesas. El hecho de tener una ganadería de esta índole ya sería noticioso, habida cuenta de que estos ejemplares están en peligro de extinción. Tanto es así que, hace unos años, la Diputación adquirió algunos de estos animales para proteger la supervivencia de su estirpe en una finca ubicada en Madridanos. Hablamos de unas ovejas que son algo más pequeñas que las churras normales y que tienen las lanas en la zona de la barriga un poquito más largas. Esa es su particularidad. El apellido de sayaguesas les viene de la comarca en la que abundaron. Ya ni aquí.

El caso es que, de estas, Antonio tiene 400. Ya son unas cuantas. ¿Pero qué les parece si les digo que este vecino de Villar del Buey también trae 120 vacas de raza sayaguesa, una piara creciente de cerdos ibéricos, un rebaño de cabras, algunos caballos, cinco burros zamorano-leoneses, una vaca lechera y y «lo típico de los pueblos: gallinas, perros, gatos y todo eso?». Ah, y también se ocupa de cien hectáreas de terreno agrícola. Y está él solo al frente de todo. Y no deja de sonreír.
Antonio habla de su vida con naturalidad y con la certeza de estar donde quiere. Hace años, en los tiempos de la Universidad, se marchó a estudiar como era la voluntad de sus padres. Pero lo hizo ya pensando en volver. «Desde pequeño tenía claro que quería tener vacas y ovejas», aclara el sayagués. No le venía de familia. No ha heredado nada de esto. «No recuerdo el origen de la vocación», admite. Pero desde niño estaba claro el plan.

Por eso, la carrera que escogió fue la de ingeniero técnico agrícola, «muy relacionada con esto del campo». Al acabar, eligió como proyecto fin de carrera la teoría sobre una explotación de vacas de raza sayaguesa. Cuando obtuvo el título, volvió a Villar del Buey y llevó a cabo esa idea. «Y luego ya me enredé con las ovejas, los cochinos, los caballos y los burros», ríe Antonio, que trata de incidir en que no es capaz de renunciar a ninguna de las ramas del negocio multiganadero que ha montado. «Todo me encanta», defiende.
Y por eso lo tiene. Pero antes se vio obligado a empezar de cero. Fue en torno al año 2010. «Es bastante complicado arrancar. Y más ahora, que todo viene con unos gastos terribles. Lo que pasa es que, poniéndole interés y si te gusta, se puede llevar a cabo», apunta el ganadero, que trabaja fundamentalmente en extensivo y que, ya a las semanas de presentar el proyecto fin de carrera, tenía las primeras terneras, una vaca y un puñado de ovejas. También deudas.

«Claro que la gente me decía que a ver dónde me metía. Y me recomendaba que tuviera vacas cruzadas, que la carne de la raza sayaguesa no valía. Pero yo lo tenía muy claro. No me funcionó desde el primer momento, porque es verdad que fue muy costoso, pero ahora ya bien», sostiene Antonio, que recuerda que esta faena suya exige inversiones fuertes para funcionar: para adquirir los animales y su alimento, para comprar un tractor y para llegar a todas las jeras. Y las suyas son muchas.
Y es que a las vacas y a las ovejas se sumó enseguida el resto de los componentes de este arca particular de Antonio. «Siempre me gustó estar con todos los animales», insiste el ganadero, mientras trata de orientar a las churras sayaguesas para que no huyan de la fotógrafa y domina a los perros, que le generan otro de esos gastos imprescindibles para proteger a sus animales del lobo, siempre amenazante por la contorna.

De todo hay que ocuparse cuando se elige esta vida. Pero, aún con mil ojos, ¿cómo llega a cada detalle? «Si te organizas, te gusta y no paras, puedes hacerlo», asevera Antonio, que llegó de la Universidad aprendido en materias como la nutrición animal, la sanidad o los manejos de la ganadería intensiva y extensiva. El resto lo ha ido cogiendo sobre la marcha. En lo de las ovejas, con pocas referencias, pues la raza se ha convertido en una rareza. «Están muy bien adaptadas al medio», destaca el sayagués, que despacha bien unos corderos que «tardan algo más en criarse, pero son de una calidad extrema».
«A veces pienso si le habré echado a todo»
A los corderos, a los terneros, a los gurriatos… A todo anda Antonio, que también vive «expuesto al sol, al aire y al agua». «Esto te tiene que gustar», constata el protagonista, que vuelve a ofrecer una sonrisa interminable como para dejar patente que a él la semántica del verbo gustar se le queda corta. «Yo un día normal me levanto y atiendo a las ovejas de los corderos, que están en la nave; después voy a las otras ovejas; me marcho a las vacas, les echo a los terneros del cebadero; y ya estoy con las gallinas y con los cerdos. Luego, cuando me voy a la cama, a veces pienso si le habré echado a todo», se carcajea el sayagués.

Al acabar ese rato de charla, Antonio sube otra vez al coche y lleva a la visita hacia la zona donde tiene algunas de las vacas y de los terneros. También un toro que impone a distancia. «Pesará mil kilos», concede el ganadero, que exhibe la ilusión de las primeras veces cuando señala el color rojizo de los animales más jóvenes, las tonalidades más negras de las mayores o alguna particularidad estética más que le parece oportuno citar. En ningún instante durante toda la charla le abre la puerta a la pereza, al desdén o a la amargura. Tampoco al enfado. La pasión por su día a día le hace feliz. ¿Qué mejor final para una historia de amor?

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