Tan pronto sale el sol como explota la nube y no hay quien pare en la calle. Así de imprevisible viene la tarde del viernes por Aliste. Hay que aprovechar los ratos de cielo azul y en ello anda Manolo Alonso, que se afana en reparar en plena calle un carro pequeño y colorao que le da jera, pero también entretenimiento. «Si quieres una noticia, puedes decir que ha sido un accidente», apunta divertido el vecino mientras señala la posición del vehículo, que está volcado hacia un lateral. Pero la voluntad de quien escribe no es arañar visitas, sino hablar de la realidad de un vínculo de vecindad entre pueblos de países distintos.
En esas, basta levantar la mirada para ver que al pie del lugar donde está Manolo hay una fuente. Y un poco más atrás un cartel. Ahí se lee que Portugal está a tres kilómetros. Buen apunte de la señal, pues de lo que va esto es de hablar del 9 de mayo, el Día de Europa, desde los pueblos rayanos, los que convivían con los europeos de otros países ya antes de que se inventara el concepto de la Unión o se abriera el Espacio Schengen, esa zona de libre circulación que diluyó las fronteras entre los socios del proyecto comunitario. Brandilanes ya era UE antes de que le pusieran nombre.

Manolo coloca los brazos sobre el carro, como si fuese la barra del bar, y cuenta que la relación con Portugal ha mejorado desde que las normas se ajustaron más a los comportamientos de la gente. «Ahora podemos pasar sin que nos paren y, cuando vamos allí, pagamos en euros», recuerda el vecino. Ya hace 30 años de lo primero y casi 25 de lo segundo, pero hubo tiempos de más aspereza, de viajes clandestinos, de contrabandos de poca monta y de una separación que las gentes entendían como absurda.
Más que nada porque Paradela siempre ha sido, para las gentes de Brandilanes, como Fonfría o como Moveros. Tan familiar como lo es cualquier pueblo de al lado. «La gente de estos sitios de Portugal es muy humilde, siempre muy bien con ellos», constata Manolo, que ríe al recordar cómo a los vecinos de esta parte española les confiscaban el café o cómo los tratantes lusos equiparaban el valor del escudo al de la peseta para cobrar un pelín de más. «Pero nos aceptaban la moneda», subraya el vecino.

Pronto aparece también en la escena Rosa Campesino, que va en la misma línea. La mujer habla de las fiestas de los pueblos, las dos en enero en el caso de Brandilanes y Paradela, y de la manga más o menos ancha de los guardias para dejar pasar a la juventud de aquel tiempo a la jarana del otro lado. También de lo que ha cambiado la gente, de cómo son ahora los vínculos de proximidad o de un tiempo que ya es otro.
Pero, en este, Portugal sigue a un paso. También para los vecinos de Moveros, a una zancada de Brandilanes y a otra de la frontera. Allí, el rato de sol se ha agotado y ya se nota el aliento del chaparrón. Pronto tendrán que resguardarse Pilar Martín y Felipa Belver que, mientras tanto, hablan a la puerta de la primera y cuentan que sus hijos van todas las noches para Constantim a echar el café. Ese es el pueblo luso que les toca más cerca.
Pilar añade que ella misma va a Miranda do Douro a la peluquería de Yolanda y a otros menesteres, mientras protesta porque la cercanía de Portugal les hace alguna faena. Por ejemplo, les cambia las horas de los relojes por culpa de una antena poderosa que han puesto los lusos justo al pie de España. Ese mini conflicto palidece ante todo lo positivo del intercambio en la frontera. «Antes solo se podía pasar el día de la romería de la Luz. Y unas horas», recuerdan las vecinas.

El contrabando y los noviazgos
Lo demás era «de tapadillo», como lo de traer el café, el azúcar, el aceite o los pollos «ya criados». Ese movimiento siempre existió, pero desde hace años tiene la fluidez que le da el permiso institucional. Tal cosa favorece a los negocios y ayuda a los noviazgos que han terminado fraguando a medio camino entre dos países, aquí en el sur de la Unión. «Antes, pasábamos a pie. Ahora, los rapacines van todas las noches con el coche. Pero siempre hemos vivido como si fuésemos hermanos», abunda Pilar.
«Es como si fuéramos portugueses y españoles al mismo tiempo, aunque a nosotros lo del idioma no nos entra», zanja la vecina de Moveros entre risas, antes de recordar que el pan que comen por aquí viene de Portugal. Como tantas cosas. En estos pueblos, aunque antes les separaba una prohibición, siempre fueron un solo territorio. El proyecto común funcionó de forma espontánea y clandestina hasta que un día se decidió que todo se hiciese a la luz. Como la romería.
