Noche de martes después de una tarde de tormentas. Poco antes de las diez, en el Avalon, uno de los locales de referencia de la música en directo en Zamora, hay una apariencia de calma. Tres o cuatro chavales charlan en un lateral, otros tantos toman una cerveza en la barra y nadie hace caso al Real Madrid – Alavés que se ve al fondo en la televisión. Un día de diario antes del puente. Poca cosa, parece. Media hora después, el bar es una fiesta.
Sí, es martes. Sí, el miércoles todavía se trabaja. Pero las noches de Folky Fans no se perdonan. ¿Están familiarizados con las jam session al son del jazz en el Avalon? Pues háganse a la idea de que esto va por ahí, pero con folklore. El bar ofrece «el escenario, la pista de baile y la barra»; la organización deja que todo el mundo participe con la voz, con los instrumentos o con los pies. No hay nada escrito previamente. Lo que salga. Pero con sonido tradicional.
Unos minutos antes de que el Avalon se sumerja en el jaleo de panderetas, castañuelas, gaitas, flautas y voces, uno de los impulsores de la cita aclara un poco más de qué va esto de Folky Fans. Su nombre es Mario Martínez y, como varios más, ya sea en calidad de profesores o de alumnos, sale de la Escuela de Folklore directo a la sala de la calle San Andrés. «Esto surge por iniciativa nuestra, pero es cierto que ya habíamos visto que, en Salamanca, funcionaba una jam de forma similar. Se trata de generar un espacio donde tocar en invierno y quitar el miedo», arranca el organizador.
Eso último, principalmente para los músicos con menos kilómetros a las espaldas. Pero Folky Fans es para todos. Para los que empiezan y para aquellos que se saben la provincia de memoria tras recorrer un pueblo, otro y otro cada verano. «Este es el tercer año que lo hacemos. Lo que queremos es que sea un lugar distendido, que no haya guion y que sea un sitio seguro con un ambiente familiar», subraya Martínez. Eso no quiere decir que vayan siempre los mismos. La sala abre sus puertas a quien se quiera animar. Como músico o como espectador.

«Ya sabéis como funciona», advierte el propio Martínez, minutos después, desde el escenario. Él mismo rompe el hielo para lidiar con la timidez de la gente. Ya en la segunda pieza, tres parejas se suman al baile: «Vamos hasta el pueblo de Cerezal de Aliste», advierte el músico. Y la fiesta ya no para. Las tres parejas pronto son el doble. La contención se transforma en gritos, en la aparición de más instrumentos y en aplausos. Más gente entra en el bar.
«Hacemos folklore de todos lados», insiste Martínez, que celebra la presencia de la gente que va al Avalon a tomar algo y acaba por quedarse y participar en Folky Fans como uno más. «Desde el minuto cero, queremos que sea algo abierto», subraya el músico. También que haya una cierta periodicidad. «La idea es que haya al menos una sesión al mes. Si puede ser cada quince días, mejor», indica el organizador. Muchas veces, los miércoles; otras, como esta, los martes. Cuando se puede.
En eso tienen el respaldo del dueño del Avalon, Álvaro de Paz: «Nos dijo desde el principio que adelante, que su casa estaba abierta», destaca Martínez. Y abierta sigue. Los músicos van y montan un espectáculo improvisado al abrigo del buen momento que vive el folklore. Particularmente en esta provincia. Se ve algún veterano en la periferia del bar, pero los que van al centro son jóvenes. Más que cantera, presente.
Kilómetros de viaje y de baile
Los más son de Zamora, claro, pero también vienen personas de Salamanca o hasta de Ciudad Rodrigo. Busque en Google: hora y media en coche para los mirobrigenses. Esto acaba tarde, pero no les importa. Como recompensa, tienen cena. Los organizadores llevan un poco de todo para comer en el bar antes y durante la música y el baile. Luego lo gastan. Resulta hipnótico observar el movimiento coordinado de pies de quienes conocen la pieza. Algunos, además, no perdonan ni una.
Y así discurre Folky Fans. Baja Mario y sube Pablo. Baja Pablo y sube Juan Antonio. Una de Riofrío, otra de Nuez y una jota de Leitariegos. Una gaita electrónica, unas panderetas y el sonido de una charrada. «Esto es una jam, ¿no? Pues que suban los siguientes», piden dos de los que han venido de Salamanca. Toca moverse de Sierra de Francia a Ferreruela de Tábara. Y esto no para. Hasta que deja de sonar la música. Costará madrugar al día siguiente, pero vale la pena. Bien bailao.





