Fernando Uña anda enredado en la faena. El hombre, vestido con mono azul y gorra blanca, sale de una casa, entra a un garaje y vuelve con una herramienta en la mano. Pero antes de seguir se detiene amable, da indicaciones a la visita y ya se queda un rato. Lo hace para contar una parte de la historia del pueblo donde vive, de nombre Letrillas y de censo corto. En este anejo de Espadañedo hay dos personas empadronadas. Dos. En el tiempo bueno llega alguna más. En el verano decenas, incluso. Pero las ruinas de las casas no mienten. Hace años del apogeo de este lugar.
El vecino habla de las viviendas, pero también del patrimonio colectivo de este anejo de Espadañedo, en la zona norte de La Carballeda. A las afueras, en dirección a Utrera de la Encomienda, hay una casa que en su tiempo fue la escuela y también la vivienda de la maestra. Se trata de un inmueble municipal grande y aún aprovechable, pero se está hundiendo. «Ya estamos diciendo que ahora se arregla con poco dinero, pero como lo dejes…», desliza Fernando.

El vecino sugiere la reparación y el alcalde, Filiberto Álvarez, intenta acometerla. ¿Pero quién la paga? El municipio de Espadañedo tiene ahora 109 vecinos que habitan sus seis núcleos. El término supera los 77 kilómetros cuadrados, así que la densidad de población es de 1,41 hab./km². Aquí, se acumula el patrimonio civil y religioso en desuso y en proceso de deterioro. Y la caja carece de recursos. Tanto para las instituciones públicas como para la diócesis.
En este último punto, conviene apuntar que algunas de las reparaciones que acomete la Iglesia van ligadas a acuerdos que exigen una aportación de los vecinos. Cuando son muchos, el reparto por vivienda es asumible; cuando son dos cualquier inversión se hace bola. Por eso, la ermita que aparece cuando uno mira al horizonte al que señala Fernando en Letrillas ya va camino de la ruina total. Se trata de una construcción en honor a Nuestra Señora de las Candelas.

De esa ermita ya se lo llevaron todo. Solo queda verla caer. Ya hace años que Letrillas no celebra el 2 de febrero en ese lugar. Además, dispone de una iglesia principal en el interior de la localidad. Pero a gente como Fernando no deja de apenarle el panorama. Todo, en realidad. Y su caso no es único. A pocos kilómetros de allí, en el mismo municipio pero en el anejo de Carbajales de la Encomienda, hay otro templo que va muriendo poco a poco. Y ese está en la Lista Roja del Patrimonio de Hispania Nostra.
Se trata de la iglesia de San Jorge, un templo asentado ya en la periferia del pueblo, que aparece en la zona que domina el ganado y que está en una situación de ruina probablemente irreversible. En 2015, Hispania Nostra incluyó el inmueble en la lista roja tras el derrumbe de su espadaña, de los muros y de la cubierta del presbiterio. A eso se unieron la pérdida de su artesonado y de la balaustrada del coro. Apenas queda ya la fachada de este templo de una sola nave que disponía de pinturas murales y de un retablo mayor del siglo XVII que ya hace años que fue trasladado a la provincia de León.

En su día, Hispania Nostra tildó de «vergonzoso» ver los huesos de difuntos que habían sido enterrados en la iglesia «rodando por los suelos». Ahora, en un día lluvioso de mayo, el entorno de San Jorge se mueve entre lo bucólico y lo decadente. Un candado ya sin función guarda una puerta de entrada con agujeros por los que cabe una persona. De todos modos, conviene no colarse. El riesgo de que algo caiga encima es alto.
«Está completamente en ruinas. No tiene cubierta ninguna, no tiene nada. Y ya se llevaron todo lo que se tenían que llevar», constata el alcalde, que estima que arreglar ese templo supondría una inversión de varios cientos de miles de euros. «Si tuviésemos un montón de ingresos, podríamos meternos ahí. ¿Pero cómo lo haces? Es imposible», se resigna Filiberto Álvarez, que explica que, en su municipio, tampoco es que arreglen demasiado. Ni lo caro ni lo barato.

«Te dan muchas subvenciones para muchas cosas, pero te dicen que tienes que poner el 20 o el 25%. Para nosotros, el 20% de algo que cuesta 300.000 euros es una locura», remarca el alcalde de Espadañedo, que habla también de la casa de la maestra de Letrillas y que asume que eso no lo puede costear el Ayuntamiento. «Y tenemos la escuela de Faramontanos de la Sierra ya sin techo ni nada. Solo las cuatro paredes», apostilla.
El riesgo de incendios
A Filiberto Álvarez le preocupa el deterioro del patrimonio, pero también otros asuntos como el de los incendios. Espadañedo ha visto cómo ardían la zona de Cubo y de Uña, la parte de la Sierra de la Culebra para el entorno de Ferreras y las inmediaciones del Lago de Sanabria. «Quedamos nosotros», advierte el regidor, que incide en los problemas que genera la orografía de sus pueblos, con mucho monte, mucho arbolado y parcelas diminutas divididas con «muritos de piedra». «¿Cómo lo haces? ¿Cómo lo gestionas?», se pregunta el responsable municipal.
Para el alcalde, «por mucho que digan que ayudan a las zonas rurales, esto cada vez va a menos». Pero sigue habiendo gente. De hecho, Fernando, el vecino de Letrillas, recalca antes de despedirse que no tiene intención de moverse de donde está. «Yo aquí vivo muy bien», afirma el paisanos mientras pasa delante de una escalera que ya no conduce a ninguna parte.

