Algo antes de las doce del mediodía, con la puntualidad que exige la liturgia, llegaba a la ermita del Cristo de Morales la Virgen del Rosario, que cargada a hombros de los vecinos ha vuelto este sábado a ser la protagonista de la procesión del 9 de mayo. Procesión con gran participación de vecinos del pueblo y en la que se ha dado la vuelta a la mala previsión del tiempo para poder desarrollar el recorrido con la normalidad de cada año. Porque los vecinos han acudido, como lo han hecho gentes llegadas desde Zamora y desde distintos puntos de la Tierra del Vino a una de las romerías con más «tirón» del calendario anual. Este año, al Cristo se ha ido sin mirar al cielo.

Llegada la Virgen se parte la fiesta en dos, como es habitual también cada año. Los devotos y autoridades, que a esta romería acuden en masa, a la ermita, a participar en una misa oficiada este año por el obispo de Zamora, Fernando Valera, que no es la primera vez que acude a pronunciar el sermón al pueblo del alfoz en su día grande. La pequeña ermita del recién restaurado Cristo de Morales (la mejoría de aspecto es evidente en comparación con el año pasado) ha vuelto a quedarse pequeña, con decenas de personas escuchando la misa desde fuera. Durante el día, todos tendrán ocasión de acercarse a presenciar al Cristo.

Fuera es donde está la fiesta, donde mayores y grandes se juntan, donde se hacen grupos, donde las familias comparten almuerzo, los quintos sangría y los niños, un rato en las camas elásticas o en los caballitos. Hay para todos los gustos este sábado en la pradera del Cristo de Morales, desde los churros hasta las típicas rosquillas de palo, que se venden, literalmente, a montones durante la jornada de hoy. Chucherías, productos de la huerta, embutidos, juguetes, ropa, accesorios e incluso herramientas para el campo y el jardín componen una pasarela por la que paseantes y compradores caminan durante todo el día.

En la campa, la fiesta, las casetas (la de los quintos siempre a reventar de gente) y las que montan los bares del pueblo. Y, sobre todo, música y ganas de pasarlo bien en el día más señalado del calendario para el pueblo del alfoz, que se queda pequeño cada 9 de mayo para recibir tantos visitantes como recibe. Y eso que el día está como está.
