La tarde viene inquieta por la Tierra de Alba. Suenan tormentas por los costados, caen chaparrones y el cielo tan pronto se ve negro como se despeja. Miran arriba los vecinos de Losacio con inquietud, pues la tarde del primer sábado de mayo ha de contar con el respeto de todos, también del tiempo, para lucir como debe. La gente del pueblo se toma en serio su romería en honor de la Virgen del Puerto. Desde el martes que se hacen las roscas hasta el sexto día de la semana, cuando todo confluye en la ermita.
El templo en cuestión se ve en el horizonte a la salida del pueblo. Allá sin más compañía que la era que lo circunda, la cruz de piedra que tiene a unos metros y las porterías de fútbol que asoman unos pasos más lejos. En ese lugar es donde la localidad honra, cada año, a la citada Virgen. Lo hace con el acto religioso que corresponde, con el cántico de siempre, con el ramo y las roscas y con la subasta posterior. Hay una liturgia que da para hacer un libro como el que ha escrito precisamente José Fernández, un hombre de la localidad que ha recopilado historia e historias de esta fiesta.

Pero la tradición se escribe año a año. Y la de 2026 tiene nuevos protagonistas. Son Lara, Jimena y Pablo, tres bebés para presentar ante la imagen que protagoniza la romería. Las familias portan a los nenes y les acercan los cordones de la Virgen. Es uno de los primeros rituales de paso a la vida para quienes nacen con sangre de Losacio. Poco a poco, cuando crezcan, ellos también irán entendiendo de qué va esto. Lo vean como algo religioso o meramente identitario.
Y es que, como ocurre en la Semana Santa o en las romerías de otros pueblos, no se trata siempre de fe. A veces solo es arraigo. Pero puede ser lo suficientemente fuerte como para que esos vecinos menos devotos se impliquen en la liturgia como los más beatos. Durante la semana, decenas de personas de Losacio, de toda clase y condición, han cocinado las roscas que ahora decoran el ramo. Y varias mujeres han cosido el citado elemento que protagoniza parte de la jornada.

El ramo en cuestión es un romboide decorado con flores y formado por algunas de esas roscas que son piezas de repostería hechas a base de harina de trigo, huevos, levadura y endulzante. Los vecinos las elaboran en formas rectangulares, con motivos vegetales o como les plazca. También hacen otras redondas que se cuelgan del propio ramo. Al final, todo forma parte de un conjunto que sirve como una manera más de agasajar a la Virgen. O de mantener una costumbre.
A partir de ahí, por ordenarlo todo, los oficios van primero, la procesión alrededor de la era se celebra más tarde, tras la salida por la floreada puerta de la ermita, y la subasta llega al final. Más bien, las subastas, pues se pone en juego quién lleva a la Virgen en su carro, quién la coloca en su lugar, quién se queda el ramo y quién se lleva las distintas roscas. Y no esperen pujas con monedas. Piensen en billetes.
Uno de los mayordomos, Manuel Campo, ya advirtió días antes de que se podían recaudar 3.000 euros o más en días como este. El ramo de este año, por ejemplo, salió por 400 euros. Otro vecino pagó 170 por meter a la Virgen. Y por las roscas se levantan voces que ofrecen 50 o 60 euros. Los de Losacio gastan el primer sábado de mayo, pero también disfrutan, se acompañan y mantienen un festejo que forma parte de su esencia desde hace generaciones.





