– Paco, ¿trajiste la burra?
– Sí, la traje ayer luego.
Un par de señores añosos se vacilan sin detenerse en medio de la marea humana que camina por el entorno de la ermita de San Vitero. Son las once de la mañana del día de la feria del burro y toda esa zona de las afueras del pueblo, al pie de la carretera, es el epicentro del jaleo. De fondo, explota el estruendo de las campanas; más próxima, suena la música de las gaitas; y, más cerca aún, avasallan los vendedores que vocean inmisericordes para captar la atención del cliente.
Todo sucede a casi veinte minutos a pie del ferial, donde están los animales, pero muy cerca del lugar donde aparca la mayor parte de los coches. El mercadillo pilla de paso. Aunque mucha gente va a propósito. Y uno comprende por qué cuando lo ve. Solo de un vistazo aparecen dos personas subidas a un camión despachando patatas sin conocimiento y, de ahí en adelante, el puesto del bacalao, el stand de los churros, tres pollerías, los frutos secos, el calzado, la ropa, los hinchables para los niños, los árboles y las plantas para estrenar la primavera o las piezas de recambio. Lo que quieran. Hay hasta un stand solo de gominolas y otro que vende (atentos) ajos y monos de faena. Solo esas dos cosas.
Con este panorama, en cada rincón corre la moneda. El euro para todos, aunque unos usaran antes la peseta y los otros el escudo. Cuesta precisar si hay más nacionales o portugueses. Tanto del lado vendedor como del comprador. Uno de los lusos lamenta, con sorna, la presencia de «tantos españoles», mientras precisa que la feria «está bárbara». Y tanto. En esas, uno de sus compatriotas no habla porque está ocupado tapando los pollos asados que ha dejado hechos.

El nombre de este tipo es Edgar Fernandes, viene de Bragança y está seguro de que va a vender, como poco, 150 aves asadas. A ocho euros la unidad. Ahí van 1.200 euros. Y tiene otras cosas. No parece que vayan a facturar menos los de los churros o los de las plantas. A cada metro viene un tipo con algo para el jardín o para el huerto. Muchos ya venían pensando en comprarlo aquí.
«Hoy no vendo, hoy regalo», advierte una de las comerciantes del textil, que susurra más cerca de la clienta: «Tienes cositas preciosas, cariño». La adulación busca que los dineros de la mujer se vayan en ropa y no en quesos, en bacalao, en embutido o en los ajos y los monos. Eso, si antes no se le ha antojado a la vecina el abridor de avellanas que ofrece Manuel Barata a la entrada del camino. «Vale nueve euros», indica este hombre de Antoñanes del Páramo que se ha hecho más de hora y media de coche para vender en San Vitero. Porque aquí se vende. Y luego lo de las burras.




