Silencio, Bronco, Toro, Lampo… Los nombres de los burros lucen sobre los carteles a las puertas del recinto ferial de San Vitero: «Tú míralos bien, que tienes que volver aprendido el año que viene», le aconseja un veterano a un niño chiquitín que contempla a los animales como si fuesen seres mitológicos. Pero son de aquí, de la raza autóctona. Los que parecía que se perdían, pero se recuperaron: los que llevan la vitola del asno zamorano-leonés.
Fuera, hay unos cuantos ejemplares, pero dentro está lo principal. Por encima de 40 burros en total. Allí, los demás niños hacen la ruta por cada redil con cara de estupefacción. Los más atrevidos pasan la mano por el lomo o por la cabeza de los animales, que resisten el paso constante de las familias que los observan. Casi todos lo hacen sin conocimiento. Sin saber de la raza, vaya. Los menos son los expertos, que suelen ser también los propietarios o los miembros de la asociación que trata de garantizar la supervivencia de estos asnos.

El colectivo en cuestión se llama Asociación Nacional de Criadores de la Raza Asnal Zamorano-Leonés (Aszal), y su representante, Jesús de Gabriel, es el que agarra el micrófono para conducir el acto principal. Todo sucede en torno a un círculo de arena vallado. Por allí van desfilando los ejemplares elegidos para la pasarela y los que entran en la puja. En la grada o de pie lo ven todo algunos de los miles de vecinos que han ido a cumplir con la tradición en San Vitero.
De Gabriel habla de los burros mientras la gente graba con los móviles. El experto cuenta, por ejemplo, que estos animales se utilizaron siempre para llevar la carga al lomo. No para arrastrar. No para arar. La función estaba clara. «Soportan pesos de hasta 300 kilos si están entrenados», apunta el representante de Aszal, que consigue captar la atención y que diserta también sobre la lana, la evolución, la mecanización y la caída de la población desde mediados del siglo XX.
La raza estuvo a un paso de perderse, pero resistió. Ahora hay planes de todo tipo para garantizar su supervivencia. En eso, los burros zamorano-leoneses hacen un viaje paralelo al de la gente de esta tierra alistana, que batalla por conservar población e identidad en el lugar donde sus antepasados y ellos hicieron la vida. La reflexión sale sola cuando De Gabriel y otros sabios de la materia abordan el asunto de la conservación desde el ruedo.
El protagonismo de esas palabras se mezcla con el de los animales que entran, se pasean, se rebozan en la arena, se muestran graciosos, gustan a los muchachos y vuelven por donde entraron. Por ahí van grupos grandes, parejas particulares, una que tira de un carro y otra que lleva los cántaros. Son parte de una población de 1.600 ejemplares zamorano-leoneses. La idea es que esa cifra suba.
2.000 euros por el ejemplar de más valor
La pasarela acaba ahí y llega la puja. Esta vez, en sobre cerrado. Son tres ejemplares. Dos se los lleva Eufemio Blanco, de Zamora, por 2.000 y 1.600 euros; el otro, David Valero, por 1.000 justos. La gente aplaude y se dispersa. Fuera hay puestos, comida, bebida y la diversión propia de un evento genuino, sin mucha pompa, pero con una identidad que la gente valora. Siempre hay que volver a San Vitero por la feria del burro.
Para cuando llegan los premios, la gente anda más a las cañas que al círculo de arena, pero vale decir que el mejor ejemplar se llama Malú. Lo llevó la Diputación. En 2027, buscará heredera, porque esto sigue. La raza y Aliste tienen cuerda para rato.




