Es Primero de Mayo, día festivo. Eso quiere decir que no hay cole. Por eso, a pesar de que en el calendario pone viernes, el niño con el que comienza esta historia camina al sol a media mañana agarrado a un balón de fútbol. El muchacho se llama Ibrahim, aunque en su camiseta pone Messi, tiene cuatro años y busca compañía para dar unos pases y corretear detrás de la pelota. Solo frena su ímpetu una piedra en la zapatilla que le hace detenerse y demandar la ayuda de su madre, que acude presta. El nene, tímido, recupera la compostura y sigue adelante. Van a buscar a papá.
La madre, de nombre Khadija, es la que guía el paseo por la localidad de Villalobos, en la Tierra de Campos zamorana. Junto a ella, marcha su hija mayor, Ikram, que ya ha cumplido los siete. El destino está un poco más adelante, cuesta abajo, en la nave de ovejas donde trabaja, desde hace ya dos años y medio, Youssef El Harchi. El padre de familia, que ronda los 40, aparece en bici y con pantalón y botas de faena. Va a contar una historia.

La narración tiene un desarrollo detallado, pero conviene hacer un resumen para poner en contexto al lector. Youssef, Khadija y sus hijos son musulmanes, pero hace cosa de cuatro años, en 2022, encontraron una vivienda para residir en unas dependencias pertenecientes al convento de la Asunción de Villalobos, un complejo católico de la Orden de las Clarisas fundado en el año 1346. Seis siglos y cuatro quintos de historia lo contemplan.
La familia acordó un alquiler con las monjas y se quedó en una vivienda que, según los vecinos, habría sido en su tiempo para el personal de servicio y que, como cuenta Youssef, antes de que llegaran ellos, se utilizaba para que los sacerdotes se cambiasen antes de acceder al convento. El caso es que en 2022 arrancó una relación de vecindad cercana entre las siete hermanas que quedaban entonces en La Asunción y los nuevos inquilinos.

Lo que ocurre es que las monjas, ya muy mayores, empezaron a tener problemas para quedarse solas en el convento. Y la Orden tomó una decisión: sacar a las que quedaban y trasladarlas a otros lugares. En abril de 2026, la comunidad religiosa de Villalobos se deshizo. Desde entonces, ninguna hermana vive en el convento, pero la familia de Youssef sigue en su hogar. Ellos, musulmanes, son ahora los últimos habitantes de un complejo con siglos de historia católica en el pueblo.
Youssef aclara, en el castellano con el que puede manejarse, que en el pasillo de su casa hay una puerta que da acceso a la zona principal del convento, donde vivían las monjas. Pero esa puerta está cerrada y él no tiene la llave. Lo que sí tiene es un contrato de alquiler, un acuerdo con las Clarisas que confía en que se mantenga. «Yo soy musulmán, pero no tengo ningún problema de religión con nadie. Y nadie lo ha tenido conmigo», asevera el padre de familia.
De hecho, Youssef y los suyos han pasado cuatro años pegados a las monjas y «todo ha ido bien». «Desde el primer día hasta que se marcharon», insiste este hombre, que llegó a la provincia hace ya 16 años desde Marruecos; procedente de un pueblo llamado Oulad Yaakoub, ubicado en el centro del país. El ahora vecino de Villalobos eligió primero Villanueva del Campo, donde estaba su hermano. Allí pasó más de un decenio antes de mudarse a su hogar actual.

Los niños, al cole en Villalpando
Por el medio, Youssef se casó con Khadija y tuvieron a sus dos hijos, que están escolarizados en Villalpando. En la localidad, hay más niños, unos cuantos de ellos también marroquíes, pero no da para tener cole. Ahora son 200 vecinos por aquí. Y la tendencia general es a la baja, más allá de los vaivenes anuales. En cualquier caso, la esperanza de esta familia musulmana es poder seguir donde están. Ahora, el padre tiene el trabajo en el pueblo y los nenes están acostumbrados.
Youssef valora que Ibrahim e Ikram puedan divertirse como lo hacen en ese instante: con la pelota en plena calle. También celebra poder ir en bici a la faena y la vida social que han conseguido hacer en Villalobos: «Hay mucho problema con los alquileres, aquí nos tratan bien y no queremos marcharnos», zanja el marroquí, que tiene pendiente una conversación con las Clarisas para ver cómo queda el asunto ahora que se ha quedado sin vecinas.

