Algo se mueve en Otero de Sariegos. Como cada día de San Marcos, hijos del pueblo deshabitado desde el año 2003 y amigos de los pueblos de Villafáfila y Villarín de Campos acudieron a la tradicional romería. Este año, con más razón. En la entrada del pueblo, un pilón levantado por ocho personas de los planes de empleo de la Junta, empujadas por la determinación de la Asociación Amigos de Otero, da la bienvenida a los romeros. Habrá a quien no le parezca mucho, pero lo es. Este pilón es la primera construcción que se hace en Otero de Sariegos en varias décadas. Después de años de calles que desaparecen comidas por la tierra, casas de tierra que se hunden e iglesias que se tambalean, el pilón demuestra que Otero, aunque despoblado, no está muerto.
Manuel Montero es el presidente de la asociación que impulsa la recuperación del pueblo y una de las personas más activas en la tarde del sábado en la localidad de Tierra de Campos. Ayer, los romeros compartieron un arroz en comunidad sentados en una de las calles del pueblo, frente a la iglesia. Como llevado por la querencia, Manuel estaba sentado justo enfrente de la que, dice, fue su casa hasta que se fue del pueblo. Ya no existe, «aunque sigamos pagando contribución», ironiza. El día es propicio para lanzar demandas a quien quiera escucharlas. Al Obispado, insiste Montero, que «dejó la iglesia sin imágenes y la puerta abierta para que entrara cualquiera», o a la Junta, que «no deja hacer nada aquí pero construye palomares a pocos metros».

Los romeros celebran el buen hacer de la asociación y se congratulan de ver, al fin, un pueblo que «empieza a adecentarse» después de años y años de abandono. No son obras grandes, reconocen los vecinos ayer reunidos en Otero de Sariegos, pero sí muy importantes para el pueblo. «Al menos estas dos calles», las centrales, «que estén en buen estado» para cuando lleguen vecinos y visitantes. «Porque viene mucha gente de fuera, que vienen a ver pájaros y ya tienen curiosidad por los pueblos deshabitados», celebran los vecinos.

La iglesia que antes mencionaba Montero es lo más delicado del pueblo. Este fin de semana, de nuevo, se ha vuelto a abrir, colgado el cartel en la puerta de que, el que entre, lo hace bajo su responsabilidad. Uno entra y ve que hay que echarle un poco de valor para aguantar dentro, porque el estado es muy delicado. «Como no haga algo el Obispado, de aquí a poco se hunde», asegura un hombre que se ha quedado con las ganas de entrar a misa. En el campanario, un par de vecinos se afanan en tocar las campanas sobre una plataforma sostenida por una viga torcida y un muro que amenaza con caer en cualquier momento. Pesa más la tradición que el miedo, se ve.
«Menos en la iglesia, que no podemos, trabajamos donde nos dejen», apunta por su parte Jesús Salvador, que es el coordinador del grupo de trabajo que durante los últimos meses se afana en recuperar parte del despoblado. Lo hace con un grupo de ocho personas que no sabían «prácticamente nada de albañilería» cuando comenzó el proyecto y de un capataz que, este sí, sabe por donde se anda y es capaz de guiar a los neófitos en las siempre complicadas tareas de la construcción. Se ha acondicionado el pilón, que durante estos días se ha llenado de agua para que estuviera en buen estado, y se trabaja en poner a punto las dos calles citadas antes, que hay que hacer «prácticamente de nuevo» porque, después de tantos años, no queda prácticamente nada sobre lo que trabajar. En mente está despejar la zona de edificaciones de tierra en ruina, pero para eso todavía queda mucho que hablar. «El objetivo fundamental es que la plaza del pueblo sea un sitio digno», reivindica Pascual.

Lo puntualiza Javier Martín, concejal de Cultura de Villafáfila y una de las personas que anda detrás de la recuperación del poblado. «No queremos hacer inversiones que no sintamos como propia. Lo que buscamos es poner en valor el pueblo y mostrar que, aunque despoblado, sigue teniendo vida porque hay gente que se sigue preocupando por él», apunta el edil, que reivindica más impulso propio al programa habida cuenta de que Otero de Sariegos está en el mismo corazón de la reserva de las Lagunas de Villafáfila. «Entre todos hay que volver a poner a Otero en el mapa», se animan unos a otros. Si el objetivo es ese, la cosa va por buen camino.




