Manuel Rodrigo, «Chiquito» para las gentes del pueblo de Moralina de Sayago, se acuerda bien de un paisano llamado Alfredo. El hombre que ahora cuenta la historia era un muchacho entonces; su vecino, ya una persona mayor. Un día cualquiera, un trocito de pared que sus familias tenían en común se vino abajo. Tocaba levantarlo. Manuel se puso a la faena, pero vio una de las piedras, la examinó y la tiró al suelo. «No vale», pensó. Alfredo le reprendió para sacarle de su error.
«Todas las piedras son buenas. Una piedra que se sube a la pared ya no se vuelve a tirar», le advirtió el veterano. Manuel no olvidó la lección. Y más mayor la comprendió. «La piedra mala tarda más en colocarse que la buena, pero también tiene su sitio de estar en la pared. Da más trabajo que una perfecta, pero se usa igual», explica este hombre de Moralina, que un día fue aprendiz de los viejos y ahora enseña. El ciclo de la vida.
Manuel, «Chiquito» para los de Moralina, es una de las personas que imparte los cursos de construcción en piedra seca por la contorna. La semana pasada fue uno de los encargados de levantar el muro efímero al estilo sayagués en Zamora capital, pero eso fue solo una parte más visual de lo que hace. Este sayagués se dedica profesionalmente a levantar casas y muros, y la parte de la docencia le viene un poco más de nuevas. La vinculación con el material, de bastante antes.
«Lo primero que hicimos con una piedra, de niños, fue jugar. No había otra cosa», aclara Manuel, que menciona la ilusión infantil por empezar a colocarlas. Esa visión lúdica se fue transformando en obligación familiar. «Si querías meter un animal en una finca, había que desmontar y montar», apunta el experto. Luego, vino el oficio. El de la construcción en general y el de la piedra en particular.

Eso último, como algo más reciente. «Durante años, la gente se olvidó totalmente de la piedra. Ahora es diferente. Se ha entendido que esto aguanta», celebra Manuel. Más difícil ve el experto en el oficio que mucha gente vaya a aprender a montar paredes. Aún así, en un curso que dio hace poco en Sayago, tuvo ocho alumnos: tres hombres y cinco mujeres. «Algunas tenían 25 años. No sé dónde llegarán, pero al menos ya tienen una noción», remarca el profesional.
Ahora, las enseñanzas del paredero han viajado a Salamanca. En concreto a Vitigudino, con otra hornada de aprendices. «Van sabiendo lo que cuesta hacerlo. Es un trabajo duro, pero una vez entras…», desliza Manuel, que aboga por meter «el gusanillo» en la gente nueva. «Esto deberíamos mantenerlo», resuelve. «El primer día no vas a saber, pero vas aprendiendo. Tener todas las cercas de piedra levantadas sí que sería un buen patrimonio», remacha.
«Se cogía todo»
Cuando Manuel «Chiquito» habla, ya lleva un rato haciendo pared al sol de la ciudad. A su vera, comparte con él la faena un tipo más joven, de nombre Jesús Barrios, con el que comparte el oficio. «Yo esto lo aprendí de la tradición de la zona», aclara el sayagués de Torregamones, que incide en el aprovechamiento de lo que había y de lo que hay. «La piedra es lo que tiene Sayago. Se cogía todo», recuerda el profesional, que también ha visto recientemente incrementado el número de encargos con la técnica de toda la vida.
«La piedra la tenemos, es un material que se conserva y que puede durar generaciones», concluye Jesús. Para que eso ocurra, el conocimiento tiene que pasar de ellos a los siguientes. Y de estos a los próximos. Y, como las piedras, ningún aprendiz es malo. Si acaso, necesita más tiempo.
