En la casa de María José Alonso, «cerca de Zamora», cuando había visitas importantes se sacaba la heladera. Su madre cogía frutos de un moral que tenían a la entrada, picaba hielo y lo introducía todo en la máquina. La manivela servía para ir dando vueltas a los ingredientes hasta conseguir «una especie de granizado que estaba delicioso». El aparato, «de principios del siglo XX», según estima su dueña, es uno de los que protagoniza la puesta de largo del Espacio Donaciones, un rincón ubicado en la planta cero del Museo Etnográfico.
El estreno de la pequeña exposición con objetos entregados por asociaciones y particulares se ha celebrado este martes con la presencia de la viceconsejera de Acción Cultural de la Junta, Mar Sancho; de los trabajadores del museo, encabezados por su director, Pepe Calvo; y de los miembros del colectivo de amigos del Etnográfico que se han implicado en la creación de un espacio que aspira a recoger parte de esa riqueza que la gente ofrece de manera altruista para que los demás puedan disfrutarla.
«Muchos ciudadanos piensan en el museo para que albergue piezas que han sido muy importantes en su vida», ha celebrado Sancho, que ha citado a personas de mucha relevancia para la construcción de la colección del Etnográfico, como Francisco Rodríguez Pascual, pero también a gente que ha ido haciendo pequeñas aportaciones que, gota a gota, van mudando la piel de un museo que ya está formado, en más de un tercio de su muestra, por piezas donadas.
Así, en este nuevo Espacio Donaciones se irán integrando de forma particular algunos de esos objetos. El rincón se renovará con una periodicidad trimestral y bajo la supervisión de la conservadora del museo, Ruth Domínguez, y del bibliotecario del propio Etnográfico, Emilio Ruiz. Ellos dos son los que catalogan las donaciones, visitan los hogares de las personas que ofrecen sus piezas y se encargan de dar forma a todo lo que llega al Etnográfico de manos de la gente.
En ese sentido, Ruiz ha destacado que se ha hecho una selección «muy variada y muy ecléctica» que aspira a alejarse de lo «estrictamente etnográfico» para mostrar la cara de un museo «que también es de hoy». El bibliotecario ha destacado igualmente la existencia de un panel con distintos recortes y papeles que es «una invitación a que la gente valore este tipo de documentos que han formado parte de la vida» de muchas generaciones.
Por su parte, Domínguez ha incidido en la parte «emocional» de las donaciones, pues lo que entrega la gente no son solo cosas, «sino sus cosas». «Hay un vínculo», ha remarcado la conservadora, que ha explicado que, para el museo, es importante registrar las historias que hay detrás de cada pieza. Por ejemplo, la que subyace a la presencia de una pieza de cerámica que una autora japonesa vino a hacer a Sayago. O a la del lavavajillas que supuso un cambio en el paradigma social. O a la bicicleta de los años 60. O a la heladera de la madre de María José.
En eso de las historias también ha profundizado la presidenta del colectivo de amigos del Etnográfico, Clara Ponte, que ha incidido en que lo que se ve no solo son objetos, sino partes de la vida de la gente. Y esa es una cuestión clave para entender este nuevo rincón en el museo.
