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Zamora

Nina Gramunt: «El alzhéimer solo está determinado genéticamente en un 1% de los casos»

La doctora de la Fundación Pasqual Maragall ofrece una charla este miércoles en la ciudad: "Avanzamos hacia un escenario cada vez más esperanzador"

por Manuel Herrera 20/05/2026
Manuel Herrera 20/05/2026
Nina Gramunt.
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Nina Gramunt Fombuena sabe y divulga. Desde el conocimiento, la doctora en Psicología y neuropsicóloga de la Fundación Pasqual Maragall es capaz de trasladar a la sociedad, en un lenguaje comprensible, en qué situación se encuentra la investigación contra el alzhéimer, cómo se puede prevenir la aparición de las demencias y qué futuro se puede dibujar para quienes reciban el diagnóstico, ahora «muy temido», dentro de algunos decenios. De eso habla en esta entrevista y de otras muchas cosas charlará con la gente de Zamora este miércoles (20.00 horas) en un acto que tendrá lugar en el teatro del seminario y en el marco de las actividades organizadas por AFA en su trigésimo aniversario.

– Después de todo el trabajo que se viene realizando y de los avances en investigación, ¿en qué ha cambiado la vida o el pronóstico de alguien que recibe hoy un diagnóstico de alzhéimer en relación con otra persona que se vio en la misma situación hace 20 o 25 años?

– Creo que la manera de entender la Enfermedad de Alzheimer está avanzando claramente hacia un escenario cada vez más esperanzador. Es evidente que queda mucho camino por recorrer y, desgraciadamente, sigue siendo un diagnóstico muy temido, no nos podemos engañar. Lo que pasa es que hay cosas que ya tenemos claras hoy en día. Quizá, lo más relevante es saber que la enfermedad en el cerebro empieza años antes de que se manifiesten los síntomas. Eso ha abierto una ventana de oportunidad para nuevas intervenciones e implica una nueva forma de comprender y abordar la enfermedad. Estamos en un momento en el que cada vez se detecta antes. Eso permite ir avanzando con nuevas terapias, con nuevos tratamientos, que no son ni mucho menos perfectos. Pero estamos en un momento esperanzador porque, por primera vez, distintas agencias reguladoras del medicamento han aprobado dos nuevos fármacos que empiezan a demostrar que se puede modificar el curso biológico de la enfermedad.

– En el momento actual, ¿el escenario más optimista es identificar pronto la enfermedad para tratar de ralentizar sus efectos?

– Efectivamente: ganar años o ganarle el tiempo que sea a la evolución de la enfermedad se percibe como ganar tiempo de plenitud, de calidad de vida, de capacidad de decisión. Eso es fundamental en una enfermedad con la que, desgraciadamente, todavía sería utópico hablar de una cura. Cuando estás hablando de una enfermedad neurodegenerativa, difícilmente se pueden recuperar aquellas neuronas que se han perdido. Aquí, lo primero es, a lo largo de la vida, promover un cerebro lo más sano posible. Pero luego estaría la prevención secundaria. Es decir, ante los cambios cerebrales patológicos que ya se están produciendo, tratar de posponer al máximo la aparición o la evolución de los síntomas a estas fases tan devastadoras. En ese sentido, cada vez tenemos más claro que se pueden hacer cosas para tratar de retrasar su progresión y ganar en dignidad y calidad de vida.

La doctora, en una imagen cedida por la Fundación Pasqual Maragall.

– Igual que se habla mucho de lo que se puede hacer para prevenir las enfermedades cardiovasculares y el cáncer, ¿es posible tener un estilo de vida protector ante el alzhéimer?

– Sí. Por un lado, está muy claro el vínculo entre corazón y cerebro. Los pensadores clásicos ya hablaban del «Mens sana in corpore sano» y la investigación actual da mucha razón a estos antiguos aforismos. El cerebro se nutre de oxígeno, de glucosa y de otros nutrientes gracias a la aportación del riego sanguíneo mediado por el sistema cardiovascular. Pero sabemos que algunos hábitos que todos tenemos muy claro que son buenos para el corazón, como la actividad física, vigilar la nutrición o evitar consumo de tóxicos, también tienen un impacto directo en la salud neuronal. Luego hay otros que están relacionados con la actividad cognitiva, con los nuevos aprendizajes que ayudan a generar nuevas conexiones entre neuronas. Eso no va a actuar como una vacuna, por supuesto, pero va a permitir que el cerebro, ante la eventual aparición de patologías, sea más resistente.

También es importante cuidar el sueño, no solo en cuanto al número de horas, sino su calidad. Cuando tenemos un sueño reparador, el cerebro pone en marcha mecanismos de limpieza y se deshace de restos tóxicos acumulados durante el día solo por el hecho de funcionar. También la socialización es una fuente de estimulación cognitiva y un factor que nos aleja de esa temida soledad no deseada que, en edades avanzadas, sabemos que está vinculada a un mayor riesgo de aparición de síntomas de demencia. Por otro lado, me ha gustado que haga usted esta analogía con el cáncer, porque de hecho nosotros a veces lo utilizamos también un poco como reflejo de la evolución de la investigación. Usted mismo lo ha dicho, desgraciadamente todavía hay muchas formas de cáncer que son claramente devastadoras, pero es cierto que la perspectiva del cáncer cambió mucho desde el momento en que se supo que no aparecía directamente a la vez que los síntomas, sino que, cuando aparecían los síntomas, ya previamente había alteraciones celulares de manera silenciosa. A partir de ahí, se pudieron activar programas de detección precoces. Este cambio de paradigma de la Enfermedad de Alzheimer de alguna manera se puede ver reflejado en la evolución que ha habido en la investigación del cáncer.

– En estos momentos, ¿cómo evoluciona la prevalencia? ¿Se detectan más casos en personas jóvenes?

– Bueno, aquí convergen diferentes factores, diferentes aspectos. Sí que es cierto que en las sociedades más desarrolladas, en las que hay más consciencia de los factores de prevención, se está viendo que, porcentualmente, se está reduciendo un poquito la incidencia de la demencia. Lo que pasa es que la prevalencia, el total de casos que existen en un momento dado, sí que va creciendo. Principalmente, porque el principal factor de riesgo para desarrollar alzhéimer es el hecho de envejecer. Eso no quiere decir que sea una consecuencia inevitable, pero cumplir años es de lo que nos va haciendo comprar más boletos en esta desafortunada lotería. Entonces, es lógico que si estamos en una sociedad cada vez más longeva, en la que cada vez hay más personas que llegan a edades que antes estaban reservadas para algunos privilegiados, pues es normal que haya más casos.

– Hablaba al principio de unos síntomas sutiles, digamos, que permiten identificar que la enfermedad está empezando a aparecer. ¿Cuáles son esos síntomas, esos primeros indicadores?

– Esto es a lo que solemos referirnos como señales de alerta. Es lo que nos tiene que hacer levantar un poco el banderín. Sabemos que en la Enfermedad de Alzheimer, en la mayoría de casos, los primeros síntomas están relacionados con esas pérdidas de memoria reciente: no recordar cosas de conversaciones cercanas, qué he desayunado o un regalo que me han dado. Eso contrasta mucho con unas memorias del pasado y de los conocimientos adquiridos a lo largo de la vida muy preservados. Muchas personas mayores dicen: bueno, pero es que a mí también me falla la memoria reciente. Sí, pero en el caso de la Enfermedad de Alzheimer, hay una estructura que se llama hipocampo, que se llama así porque se parece al caballito de mar, que se ve afectada de manera particular en las fases precoces de las alteraciones patológicas de la enfermedad. Es cierto, el propio envejecimiento también puede afectar a esta estructura. Lo que pasa es que la gran diferencia es que, cuando es por el propio envejecimiento normal, las pistas, las ayudas y las estrategias facilitan que la persona continúe con su día a día. Pero cuando observamos a una persona que va perdiendo esta capacidad de valerse de sus propias estrategias, que supone un cambio importante respecto a como ha sido siempre, y sobre todo que progresa y que no lo podemos atribuir a nada, entonces nos debería llamar la atención.

Hay otro aspecto que seguramente no ha favorecido, que es utilizar términos que durante un tiempo fueron válidos, pero que hoy en día no existen como diagnóstico, como ese de demencia senil. Si esperamos que sea normal desarrollar demencia con el envejecimiento, probablemente vamos a estar menos vigilantes y menos proactivos a la hora de tratar de actuar y de intervenir. Hoy en día sabemos que toda demencia se debe a una enfermedad cerebral. Tiene una causa orgánica en el cerebro y la edad por sí misma no justifica la aparición de una demencia. Por tanto, también deberíamos ir dejando de entender que el deterioro cognitivo de cierta magnitud es inevitable con el envejecimiento.

– ¿Qué otros tópicos que utiliza normalmente la sociedad relacionados con las demencias y con la Enfermedad de Alzheimer hay que romper?

– Por ejemplo, pensar que irremediablemente es hereditaria. Esto no es así. El alzhéimer solo está determinado genéticamente en un 1% de los casos. En los otros sí que hay factores genéticos que pueden darnos mayor probabilidad de desarrollarlo, pero no son determinantes. Como mínimo, no para la aparición de la fase sintomática de la enfermedad. Entonces, eso también hay que desterrarlo. Incluso ante un mayor riesgo genético, los factores de riesgo modificables, que son todos estos de los que hemos hablado relacionados con el control del riesgo cardiovascular, los hábitos de vida, etcétera, tienen un rol fundamental y de capacidad de modulación de los factores de riesgo. Hay que romper también con esa resignación relacionada con la genética.

– Empezábamos mirando 25 años atrás. Le voy a pedir que mire 25 años hacia adelante. ¿Qué perspectivas tiene de cara a esa investigación en el futuro? Es decir, si alguien recibe el diagnóstico en el año 2051, por ejemplo, ¿cómo cree que será su pronóstico?

– Yo veo posible que existan programas de cribado poblacionales para poder detectar la enfermedad gracias a los biomarcadores antes de que dé síntomas y que se pueda intervenir con estrategias tanto farmacológicas como no farmacológicas para evitar que aparezcan las peores consecuencias. En este caso, había una analogía con las patologías cardiovasculares unas décadas atrás. El riesgo cardiovascular no se detectaba. Se detectaba que había un problema cardiovascular directamente cuando había un infarto, un ictus o una angina de pecho. Hoy en día sabemos que tenemos herramientas para detectar factores de riesgo cardiovascular como pueden ser los relacionados con el colesterol, con la glucosa en sangre o con la hipertensión arterial. Por eso, tenemos estrategias farmacológicas y no farmacológicas para controlar estos factores de riesgo y, en muchos casos, evitar que aparezcan peores consecuencias. Quiero creer que, en 25 años, el escenario habrá evolucionado hacia la detección precoz y la capacidad de prevención de la aparición de los síntomas del alzhéimer.

Manuel Herrera

Periodista y politólogo. Máster en Comunicación y Visualización de Datos.

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