A finales de los 40, cuando la vida era otra, un niño llamado Valentín empezó a ir con las ovejas de «un vecino que era rico». No le eran extraños los animales al muchacho, que veía a esos ejemplares lanudos en casa. Pero claro, su padre tenía «dos o tres» por entonces. Algo escaso para llamarlo rebaño y para sacarle mucha rentabilidad. El caso es que, con ocho años, ya andaba Valentín de pastor por cuenta ajena. «Me daban veinte duros (60 céntimos de euro) por tres meses de trabajo», recuerda ahora el hombre que acaba de dejar el oficio. Al menos, ha dejado de practicarlo. Dentro lo va a llevar siempre.
Valentín Río Pérez, de San Martín de Tábara, anduvo con las ovejas desde los 8 hasta los 85 años. En medio, hizo un paréntesis para probar fortuna en el País Vasco, pero lo suyo era el ganado. Y regresó para tirar por su cuenta. No le ha ido mal. Con la raza castellana, el zamorano ha sido el hombre que más sementales ha vendido en la historia de la feria de San Miguel de Carbajales de Alba. Y van 27 ediciones. Esta ha sido la primera sin que Valentín llevara animales.
Por eso, este hombre se llevó el sábado un reconocimiento de la feria en forma de placa. Lo hizo junto a su mujer, Mercedes Antón. Poco después, atendió a este medio. Lo hizo con energía. El ganadero de San Martín de Tábara habrá quitado las ovejas, pero mantiene el brío. «He vendido tanto porque tenía raza buena», argumenta el pastor, que en los 26 años anteriores despachó más de 200 sementales en los comienzos de mayo en Carbajales.

Valentín destaca ese punto, habla de aquella infancia de trabajo, de la emigración y el retorno o de aquellas vacaciones pagadas en el Madrid de los 80 gracias a su trabajo con las ovejas. «Fue un premio, de cuando Carlos Romero – zamorano de Fuentesaúco – era el ministro de Agricultura», recuerda el pastor, que marchó a la capital el 5 de abril del 86 y volvió el 25 de ese mes. «Tengo un diploma y un carnero de bronce», destaca.
La feria vino algunos años después, ya con Valentín como un ganadero experimentado. «Tengo clientes a los que les he vendido trece o catorce sementales aquí en estos años», asevera el ganadero de San Martín de Tábara, que cita en particular «al mejor»: Juanjo, de Alcorcillo. Ese fue el que se llevó el último: «Nunca me puso pega ninguna. Lo que pedí me lo dio», apunta el protagonista.
¿Y cuánto se puede pedir por un ejemplar de esos? Valentín habla de los 400 euros que él reclamaba, aunque se matiza para aclarar que algunos los colocó en 500. Todos de la raza castellana, la que él trabajó: «Yo ordeñé ovejas de estas porque era mejor la leche. También mucho más fuerte», narra el pastor de San Martín de Tábara, que habla con la seguridad de quien ha estado en esto «toda la vida».
Las cuatro reglas
Ahora ya no está porque faltan capacidades físicas. «Ya tenía que atarlas en las comederas para vacunarlas», advierte Valentín, que mira al lado para constatar. «La mujer está en muletas y ya no podíamos». Lo que sí puede es hablar desde el conocimiento y la experiencia para remarcar que el ganadero tiene «cuatro reglas»: «La primera es buena raza; la segunda, buena sanidad; la tercera, buena alimentación; y la cuarta, un buen pastor», enumera el veterano antes de mandar un mensaje a los jóvenes: «Con eso no fallan».
