El estruendo de las campanas lo advierte: son las once y media de la mañana del Primero de Mayo y hay una tradición que cumplir. Lo saben las gentes de Prado, que se amontonan en los aledaños de la iglesia con las prendas de los días de gala y con el móvil cargado para retratar al nieto o para inmortalizarse a sí mismos con San Antón, San Isidro o la Virgen del Rosario, las imágenes que van a acompañar a la comitiva. Antaño, los santos y la Madre iban a hombros; ahora, a ruedas. Se hace lo que se puede.
En muchos pueblos – en la mayoría – el viaje romero de la primavera conduce a sus gentes en procesión hasta una ermita, una era, un campo o un paraje propio. Los vecinos se juntan, cumplen con la tradición correspondiente y a seguir. Pero lo de Prado es especial. Y lo que lo hace genuino es el vínculo con las personas de otra localidad. A las mismas once y media, en Quintanilla del Olmo, a solo kilómetro y medio de allí, los hombres y mujeres se preparan para sacar sus pasos: su Virgen del Rosario y su San Isidro. Pronto, las dos escenas gemelas en los dos pueblos serán una sola.

Y es que lo que dice la tradición aquí es que, en el Primero de Mayo, los de Prado van a Quintanilla y los de Quintanilla van a Prado. Pero, antes de llegar unos al pueblo de los otros, todos se juntan en la raya que separa los términos, en plena carretera. Allí, los alcaldes intercambian los mandos, se lanzan vivas a las dos localidades, se canta conjuntamente y se sigue adelante. Al arribar al destino, las gentes de Prado disfrutan de un refresco preparado por los de Quintanilla y viceversa. Poca rencilla hay en este rincón de la Tierra de Campos.
Los 53 de Prado, los 38 de Quintanilla y los vinculados de cada pueblo mantienen este hermanamiento anual que va más allá de la buena vecindad. Dos de los municipios más pequeños de la provincia demuestran que las tradiciones se pueden sostener entre pocos y que la rivalidad entre vecinos palidece al lado de esta unión.
Y es curiosa la escena que se vive en la carretera cuando las dos comitivas se juntan. Prado deja atrás su templo, su frontón de ladrillo y el Mayo que la noche anterior pusieron Daniela, Héctor e Irene, y encara la frontera a paso ligero.
Siempre llegan antes los de este lado que los del otro. La raya que marca una alcantarilla en la cuneta está un poco más lejos para los de Quintanilla. Los vecinos se sitúan en la marca: «Un poquito más adelante», avisa un señor que quiere ser preciso: «Vale, vale. Ahí va bien», remacha. Durante la espera, una muchacha aprovecha para elogiar a los varones de la pandilla: «Pero qué guapos os habéis puesto los chicos con traje, eh. Así sí», ríe la joven. Ya se dijo en esta crónica que las personas iban de gala.
También las de Quintanilla, que llegan pronto y que convierten la frontera sin barrera entre los dos pueblos en un pasamanos y en un circuito de besos. Una de las mujeres de Quintanilla aprovecha ese rato para dejar una flor a los pies de la Virgen del pueblo vecino. Mientras, los curas se abrazan y el cántico en latín tras el intercambio de bastones cierra el momento central del encuentro. Uno de los párrocos aprovecha para sacar el teléfono y grabarlo todo con una media sonrisa. La escena lo pide.
Antes, a las ocho de la mañana
A partir de ahí, las gentes continúan ya por término ajeno hasta el pueblo vecino. Todos o casi todos en mangas de camisa, por cierto. Amenazan las nubes, pero el sol se impone. «Estoy seguro de que esto existía ya en el siglo XIX, porque tenemos referencias», explica un hombre de Prado que se identifica como Toño. Eso sí, el paseo empezaba antes a las ocho de la mañana. Mucha tela para un festivo.
Toño dice, además, que lo importante no es tanto lo religioso, sino lo civil, que unos vayan al pueblo de los otros como si fuese el suyo y lo mismo de vuelta. El temor es que se pierda, por la falta de gente en estos lares. No se descarta, pero tardará en pasar. Hay gente joven metida. Hasta los niños van en los carritos y en las sillas. Uno de esos nenes garabatea una libreta, ya de retorno, mientras mira de soslayo a los santos. De pronto, da un respingo con un petardo. Quizá el susto es lo primero que recuerde de las romerías en el pueblo. Por algo se empieza.






