Hace tiempo, Alexandra Fidalgo y Andrés Rodríguez empezaron a darle forma a una idea. Se trataba, en principio, de ofrecer una alternativa cultural, dentro del verano en Sanabria, que apelara también a la gente joven y que se saliera del circuito nocturno de verbenas en los pueblos. Primero, descartaron el clásico festival de grupos de música; luego, pensaron en Laura Merayo, una artista zamorana vinculada a lo rural, a la raíz. Les encajaba como un guante para terminar de crear lo que hoy ya es una realidad en camino: el Arriero.
Los tres diseñaron este festival que es también «un encuentro de creaciones artísticas contemporáneas». El evento se desarrollará finalmente durante los días 7 y 8 de agosto en Puebla. Es decir, casi en el epicentro del verano y en la cabecera de una comarca que rebosa todo el mes. Este año, junto a todas las demás alternativas de ocio, verbenas y naturaleza, estará el Arriero. «La localidad se convertirá en un recorrido abierto donde distintas propuestas artísticas —instalaciones, piezas visuales, música en directo o intervenciones— se distribuirán por calles, plazas y espacios patrimoniales», apuntan los organizadores.

¿Pero por qué Puebla? «Al final es lo que nos une», apunta Andrés, en referencia a Alexandra y a él. Los dos proceden de Sanabria, los dos se han dedicado en mayor medida a organizar y promover eventos – ella es gestora cultural – y los dos tenían clara la potencialidad del territorio. Además, sus familias son de San Martín de Castañeda y de Rábano respectivamente. No había muchas dudas sobre la ubicación, más allá de pequeños matices. «Este es el sitio ideal», confirman los dos.
A partir de ahí, los impulsores del Arriero pusieron sobre la mesa el proyecto, recabaron el apoyo del Ayuntamiento de Puebla y de la Diputación, y se dividieron la faena: Andrés y Alexandra en la producción, y Laura en el trabajo con los artistas. A ellos también había que trasladarles la esencia de un festival que nace con la idea de salir de los espacios convencionales, de fomentar una convivencia directa entre las creaciones y el público y de devolver la cultura «a donde nace»: las plazas y las calles.
«Frente a la idea de que la cultura contemporánea pertenece únicamente a las ciudades, el Arriero propone otra mirada: entender lo rural como un espacio activo de creación y difusión, donde pueden convivir la tradición y lo actual, lo heredado y lo que está por venir, raíz con futuros y experimentación. No se trata de negar esos espacios, sino de cuestionar su centralidad y abrir otras posibilidades», analizan los promotores del evento.

Desde esa idea de mirar primero a lo que ya estaba ahí, a lo de toda la vida, el proyecto se abre exclusivamente a los artistas que son o que proceden de Castilla y León. La intención es que, en todo el festival, haya «máximo» 20 o 25 creadores y que cada cual tenga un espacio suficiente en este recorrido expositivo por las calles de Puebla. «Queremos hacer diferentes itinerarios en el casco antiguo desde la plaza donde está el Pilón hasta llegar al Castillo», remarca Alexandra.
En ese tránsito, habrá escultura, fotografía, pintura, performance, talleres y, en general, «una exposición en abierto» para que la gente se vaya topando con las obras. La parte de la música se prevé a continuación, una vez cerrada la mañana y la tarde de exposición al aire libre, «para dar su espacio a cada cosa» y para que los vecinos y los turistas puedan «contemplar y parar» sin el agobio de sentir que se están perdiendo parte del festival.
Convocatoria abierta
La idea está clara; algunos de los artistas, también. Pero el Arriero no solo selecciona a los creadores a dedo, también tiene una convocatoria abierta hasta el 21 de mayo para que los interesados presenten su propuesta y opten a participar en el festival. Lo pueden hacer a través de este enlace.
«Más allá del evento en sí, el proyecto busca generar un impacto cultural, social y económico en el territorio, contribuyendo a dinamizar la vida local y a reforzar la imagen de Puebla de Sanabria como un espacio abierto a la creación contemporánea», insisten los organizadores, que trabajan ahora en cerrar aspectos de la organización como el del alojamiento. Seguro que cuesta menos que elegir el nombre: «Le dimos muchísimas vueltas, tuvimos diez mil opciones. Al final, relacionándolo con algo textil, vimos que los arrieros llevaban la manta zamorana y que representaban mucho lo rural, lo que no permanece, lo trashumante», aclara Alexandra. Todo vuelve a la raíz.
