Hay algo mágico en la joyería artesanal. El proceso de creación de una joya, tan parecido a otros oficios en las primeras etapas, tiene un punto en el que, después del fundido, de moldear el metal, de trabajarlo, empieza a atisbarse la joya que va a ser. La joyería se eleva en ese momento y se diferencia del resto de oficios. Cuesta verlo cuando uno se asoma a los escaparates, cuesta atisbar el trabajo manual que hay detrás de piezas con detalles tan delicados que parecen imposibles para la mano del hombre. Pero ahí está, detrás de todo, el oficio.
Saben de esto en Sobrino, una de las pocas joyerías de la ciudad en las que todavía se trabaja el metal de manera artesanal. Puesta en marcha por Andrés González Sobrino en 1954, modernizada por su hijo, también Andrés, en las últimas décadas, el negocio se enfrenta ahora a los nuevos retos ya casi en manos de Marcos, la tercera generación de una estirpe que ha mantenido la filosofía original del negocio, fundado por un joyero que se formó en otros talleres y decidió emprender por su cuenta.

El paso a la segunda generación sucedió, como pasa a veces en estas cosas, por casualidad. Andrés, el hijo, la cara detrás del mostrador durante las últimas décadas, era «un mal estudiante», como él mismo reconoce. Así que un verano su padre, posiblemente para dar al crío un escarmiento, se lo llevó al taller. «Y me hizo feliz», asegura ahora Andrés, muchos años después de aquello. Desde entonces, desde aquel «castigo», han pasado muchas cosas. La joyería ha cambiado, mucho. La sociedad, también, como la economía. Cuestiones que se notan en este como en cualquier otro negocio o quizás, quién sabe, más. Porque la joyería tiene una particularidad que no tienen otros negocios, y es que está al final de la cadena de prioridades. Y, dentro de ese ámbito, la joyería artesanal ofrece un puntito más de exclusividad.
¿Se valora? Pues depende. Marcos, la tercera generación, la persona que ha metido de lleno al negocio en las redes sociales, asegura en base a la experiencia que la gente joven se mueve, más que por cualquier otra cuestión, por precio. Y el oro, claro, ha subido mucho, tanto que asusta. No así el precio de la mano de obra, que la joyería asegura que mantiene desde hace años. «Este año el oro ha llegado a estar a 140 euros el gramo. En unas alianzas, por ejemplo, si tienes 10 gramos de oro… pues ya tienes solo en metal 1.500 euros, más los impuestos… más la mano de obra, claro», que es «más barata aquí que en un taller mecánico», garantizan los dos joyeros.
Así que, entendiendo que la filosofía del negocio es la que es y que la cosa está como está, no queda otra que buscar vías para reinventarse. Y una de ellas es la joyería sostenible. Los sueldos no han subido tanto como lo ha hecho el oro, cierto, pero para muchas personas conmemorar eventos importantes de su vida con una joya sigue siendo algo muy importante. «Lo que hacemos es dar a la gente la opción de que, si tiene en casa una joya que no use, algo que haya heredado… que nos lo traiga, lo fundimos y le hacemos la joya que cada uno quiera». Ventajas, muchas. Primero, es respetuoso con el medio ambiente. Segundo, uno puede tener en esencia las joyas que recibió de sus antepasados, pero con diseños actuales, más «ponibles». Y, sobre todo, es más barato. La pareja de alianzas del ejemplo anterior, que saltaría por encima de los dos mil euros, ahora se quedan por debajo de los quinientos. Más asumible, no cabe duda.

Insisten en la joyería en lo que han influido los cambios sociales. Desde el local que ahora acoge el negocio, en Sagasta, hasta el punto en el que Sobrino echó a andar en los cincuenta, en la calle de Viriato, hay apenas unos metros de diferencia. Hace unos meses llegó a la plaza otro vecino, que se puso justo enfrente: una tienda de compra de oro y plata. «Nosotros lo vendemos, ellos lo compran», ironizan en la joyería, utilizando este ejemplo para hablar de lo que se comentaba. «Antes, heredar unas joyas de una abuela y venderlas era impensable. Se guardaban en casa como oro en paño», nunca mejor dicho, reflexiona Andrés González. Ahora, no tanto. El oro ha subido mucho y la tentación llama. «Uno recibe una cadena de oro de herencia que pesa treinta gramos, vienes ahí enfrente, te la tasan y te llevas a casa tres mil euros», reflexiona Marcos. «Hay que entenderlo», analizan desde el comercio. «Las prioridades han cambiado. Nosotros fuimos de los primeros en Zamora que pusimos la venta a plazos. Cualquier obrero podía venir, nos encargaba un anillo para su mujer, o una alianza, y lo iba pagando a plazos, uno poco cada semana porque antes se cobraba en semanas. Eso era habitual, ahora es impensable», reflexiona Andrés.
Pero existe un público que sigue demandando joyería artesanal y que huye de las producciones hechas en masa. Sucede, pasa también en otros sectores, que hay que buscarlo fuera de Zamora, pues el negocio que se genera en la ciudad empieza a ser escaso para sobrevivir. La presencia en redes es clave. «Puedes hacerlo mejor que nadie, pero si la gente no lo ve, da igual. Hay que mostrarlo», reflexiona Marcos, que no duda en buscar la innovación en los diseños, en lucir las creaciones en redes sociales y en buscar nuevas vías de negocio, como una nueva línea de asesoría para empresas o diseño de piezas que después se fabrican en otros lugares. Gracias a esto han llegado a este taller de la plaza de Sagasta pedidos de Asia, de Estados Unidos, de Inglaterra o de Alemania. Joyas hechas en Zamora han viajado por el mundo para, seguramente, ser testigo de momentos especiales en la vida de sus dueños.
Aquí, todo es cabeza y manos. «Después de tantos años hay que exprimirse, pero siguen apareciendo diseños originales», reflexiona Andrés mientras muestra un año con ángulos rectos y un diamante negro. «Las piezas te entran en la cabeza y dices, por qué no, vamos a hacer algo distinto», apunta su hijo. «Esto es artesanal, es nuestro. Hay una aquí, y no hay más en ningún sitio, ni las habrá». Y este es el principal valor del oficio.

Este es el primer reportaje de la serie «Artesanos de Zamora», patrocinada por la Concejalía de Promoción Económica del Ayuntamiento de Zamora, que busca poner en valor el trabajo de los negocios que, aún hoy, apuestan por una manera de producción tradicional.

