
Esta noche querría estar viendo a las monjas Dominicas de Cabañales recibir a la Esperanza. Su genuina alegría, el repicar de campanas, la fe y el deseo que guardan durante todo el año y que se permiten expresar desde esta tarde al jueves me contagia de posibilidades. Nos advierten reiteradamente que tengamos cuidado con lo que se desea y añaden esa asquerosa coletilla de no vaya a ser que se cumpla. Durante el fin de semana se quedó en casa Curro, el border-collie de mi amiga Carla. Carla también se quedó, pero eso no es noticia porque recibir amigos en Semana Santa es un ejercicio constitucional para optar al carnet de zamorano de pleno derecho. Se recibe a los amigos, se les marea por calles abarrotadas, se les cuenta por decimoséptima vez lo de Thalberg y el Cinco de Copas, se les alimenta como si no hubieran comido desde Navidad y a cambio se escucha entre circunspecto y halagado qué bonita tenéis la ciudad. Atención: mover un solo músculo de la cara ante esa afirmación o cualquier otro comentario benévolo te desacredita para obtener el anteriormente mencionado carnet. Cuando regresamos a casa el domingo a la noche tras cenar (otra vez) fuera, Curro se había cepillado una caja entera de rosquillas de Ángel de las monjas de Cabañales. Ya sabéis, las de almendra con azúcar glas. Lo cuento por si hubiera alguien que no es de Zamora y pierdo mi candidatura al carnet por no insistir lo suficiente en las virtudes de nuestra repostería. Currito decidió que deseaba las rosquillas de las monjas que dejé sobre la mesa de la cocina y con las que solo intentaba ser un buen anfitrión. Las deseaba tanto que para cuando volvimos apenas quedaban la caja y el plástico. Preocupados, consultamos con algunos amigos veterinarios. Todos coincidieron en que, siendo rosquillas de las monjas, le iban a sentar de cine. Así sucedió, y sin entrar en detalles de las deposiciones caninas del día después, no hubo mayor problema aparte de la reprimenda y las orejas gachas. Pasando el Martes Santo fuera pienso en cómo deseo ver el deseo de las monjas y también en lo bien que sienta pegarse un atracón con la alegría propia y la ajena en Semana Santa, aunque te arriesgues a perder el carnet.
