Cuando era niño, a Julián Lorenzo lo mandaron a Portugal. «Fui de pequeño para cuidar unas vacas y estuve allí hasta que vine para la mili», recuerda este alistano de Nuez. Hablamos de los tiempos del trabajo duro desde que uno era capaz de sostenerse en pie. Allí, en una aldea de Bragança, este hombre que ahora tiene 86 cumplidos aprendió a tocar las campanas. «Una señora me dijo: mira, tú estás en la cama y empiezas con el ritmo en la barriga», recuerda el protagonista, que hace el gesto con las palmas de sus manos sobre el estómago y repite el sonido: «Tarararán, tarararán…». Así aprendió un hijo de aquella mujer y así aprendió Julián. A finales de los 40.
Han pasado casi ochenta años de aquello. Toda una vida para este hombre que ahora se baja del coche con alguna protesta por el físico, pero que luego se maneja bien para contar y para mostrar el arte de las campanas en Nuez, el pueblo al que retornó después de las vacas portuguesas y de la mili africana. Julián Lorenzo, igual que otros como Pedro Martiáñez o Ángel Martín «Mutilao» Fernández, forma parte de una generación que aprendió técnicas y oficios que corren el riesgo de morir con ellos. Y ni los veteranos quieren que ocurra eso ni un grupo de vecinos más jóvenes está dispuesto a permitirlo.

Del ánimo por enseñar y de la disposición para aprender nace el casting para ser campanero en Nuez de Aliste. Lo promueve la Asociación Cultural Fuente Grande, con un taller abierto a quien quiera apuntarse y con Julián como uno de los maestros. La primera clase tendrá lugar el último fin de semana de marzo. Luego, habrá más. El colectivo dará prioridad a quienes tengan la constancia de ir para prepararse de verdad. «La recompensa es evitar el silencio de nuestra historia», subrayan desde la organización.
El presidente de la asociación se llama Alberto Fernández y es quien ha traído en coche a Julián hasta la puerta de la iglesia. Los dos hablan de las campanas, de las tradiciones y de la esencia de lo que se busca aquí. Lo hacen primero a los pies del templo, y luego desde arriba. A la gente mayor ya le cuesta llegar por esa escalera estrecha y empinada hasta el campanario. Los maestros de este casting lo harán todavía para transmitir el legado.

«Antes nos peleábamos por tocar», indica Julián, «el más viejo» de los que siguen atreviéndose. Ahora, como en casi todo, hay carencia de gente. Aún así, Alberto constata que quedan «tres o cuatro» dispuestos a aprender en serio. Sobre todo, un chico que se llama Elías y él mismo. Alguno pensará que esto de las campanas tampoco tendrá mucha ciencia. Pero se equivoca. «Hay tono de tocar a misa, de tocar a concejo, de tocar a muertos, de tocar a vacas muertas, de tocar a lobos…», enumera Julián.
El vecino de Nuez acompaña las explicaciones con matices sonoros: «tan, tan, tan, tan, tan, tan…». Luego, indica también las pequeñas diferencias que puede haber a la hora de avisar de una cosa o de la otra. Por ejemplo, si fallece una mujer no es igual que si el muerto es un hombre. La gente mayor distingue esos matices. Con la nueva es más difícil. «Y si hay que tocar a fuego, cuidao. Hay que ir y tun, tun, tun, tun, tun, tun. Deprisa, siempre con la campana izquierda, que es la pequeña», destaca Julián.
El campanero veterano va profundizando en las pequeñas cosas, en los detalles que van más allá de la técnica. Lo primero es aprender cómo tocar, pero luego hay que entender al instrumento. «En los entierros, a las campanas hay que dejarlas llorar», sostiene Julián, que se refiere al sonido que se va apagando poco a poco en el aire. «Llorar», insiste el alistano. «Hasta que no pare del todo, no vuelves a encordar», apostilla. A su lado, Alberto atiende y remarca que lo más importante del proyecto de la asociación es que la gente que sabe esté al lado transmitiendo ese conocimiento.

Gracias a eso, podrán aprender la técnica de las campanas y el truco para espantar las tormentas. «Eso es el ‘detentenublao‘. Cuando truena mucho y la tormenta está para allá en la raya de San Martín, por ejemplo, si tocas, puede llover, pero no caerá granizo. Es que no cae. Una vez venía otro relampagueo de Viñas y estaba yo con un hombre que se llama Narciso tocando y le dije: ¡No pares, no pares! Y marchó el nublao por la Sierra de la Culebra», asegura Julián.
El día de la conversación viene claro, así que no hace falta el «detentenublao«, pero Julián se anima a subir con Alberto hasta el campanario para tocar un poco y empezar a enseñar. El veterano pide que la visita se fije en el movimiento de sus manos. Las campanas responden a las decisiones de un hombre que las ha tocado miles de veces, que podría subir y agarrar la cuerda con los ojos cerrados. El estruendo desde la iglesia quiebra el silencio de Nuez.
Narciso y «Mutilao»
El sonido atrae a un par de vecinos de la generación de Julián. Parte de los 200 que viven ahora en Nuez, muy cerca de Portugal. Ahí viene Narciso Domínguez, conocido por gaitero; por allá, aparece también Ángel Martín «Mutilao» Fernández. A la tertulia. Los vecinos hablan de las campanas, de los tiempos de antes y de lo de ahora. El temor que asoma en el pueblo, el nublao más cercano, es que el del bar se les marcha. A ver si lo coge alguien. Pero esa es otra historia.
La de hoy es la del legado de las campanas, la continuidad de una técnica que Julián aprendió dándose palmadas en la barriga. A unos metros de allí, sobre la verja de entrada a la iglesia, «Mutilao» agarra dos palos y empieza a marcar el ritmo de las campanas: «Si sabes aquí, sabes igual arriba. Si no, no», resume el vecino de Nuez. Cada cual con sus estrategias. El caso es dejar la enseñanza como legado. El último fin de semana de marzo empieza un casting en esta esquina de Aliste.

