Para ir al principio de los principios en el carnaval de Villanueva de Valrojo habría que inventar los viajes en el tiempo. Con la documentación que hay no alcanza. Lo dicen quienes lo estudian, que han encontrado referencias antiguas, sí, pero que están seguros de que el comienzo hay que buscarlo detrás de esos papeles. La referencia escrita más lejana habla de 1841, pero el convencimiento es que esta fiesta forma parte de las tradiciones ancestrales; que esos 185 años que han transcurrido desde ese punto del siglo XIX se quedan cortos.
Lo cuenta uno de los hombres que más sabe de este carnaval. Su nombre es Carlos Andrés, tiene un bagaje personal a sus espaldas en la fiesta y una pasión por la artesanía que se relaciona bien con lo que está por venir estos días en Villanueva de Valrojo: «No sabemos de cuándo viene exactamente, pero son tradiciones asociadas al ciclo de la tierra, a la fertilidad del campo, a la producción de los animales, al espanto de los malos espíritus o al bienestar de las personas», enumera el experto.

Las fiestas vinculadas simbólicamente a estos aspectos están muy presentes en distintos puntos del planeta. Y la frontera hispanolusa todavía guarda un puñado de esos rituales. Algunos en torno al solsticio de invierno o el cambio de año. Otros, como este, en carnaval. Pero no en todos los pueblos resistió: «No tenemos conocimiento de que se celebrara en localidades cercanas», apunta Carlos Andrés, que se dispone a aclarar, para quien no lo sepa, que este festejo se aparta de los carnavales modernos. Todo – o casi todo – es continuidad con el legado.
Y eso empieza por la vestimenta. Carlos Andrés subraya que las gentes del pueblo visten trajes de tela «muy floridos» con volantes y coronados por las máscaras manufacturadas. Los cencerros ejercen como complemento indispensable del atuendo de unos personajes que toman las calles de la localidad de la Sierra de la Culebra en distintos momentos del sábado al martes, particularmente a media tarde. El último día, la aparición de los diablos pone fin a la jarana para abrir paso a la Cuaresma.

«En realidad, esto consiste en ir por la calle generando ruido con los cencerros y haciendo bromas», resume Carlos Andrés, que recuerda que, hasta los años 80, la fiesta estaba reservada a los mozos. Desde entonces, las mujeres y los niños tienen el mismo protagonismo y acuden al pajar, como manda la tradición, para vestirse y echarse a la calle. Lo hacen los residentes y los vinculados, que acuden en masa a Villanueva de Valrojo, incluso «más que en verano».
Aquellos que se fueron a Madrid y a Valladolid y a Bilbao y a Barcelona regresan desde la noche del 13 de febrero hasta el martes 17 para dar forma a un carnaval que solo se suspendió, desde que hay memoria, durante la Guerra Civil. En la dictadura, la fiesta estaba perseguida, pero los viejos del lugar aseguran que se siguió celebrando. Solo había que tener picardía y mano izquierda con los guardias para salir a brincar con los cencerros. La tradición continúa generación tras generación. Ahora, no solo sin persecución, sino con la declaración de interés turístico regional.
La entrega de Toro
Esa misma vitola de interés turístico tiene el carnaval quizá más conocido de la provincia. Más urbano que el de Villanueva de Valrojo, más multitudinario, con otro arte, pero con mucha pasión. Hablamos de Toro, claro, donde también hay papeles que dicen que esta fiesta viene ya de finales del siglo XVI. De ahí en adelante, la jarana envuelve el lugar cuando dan las fechas y emergen las murgas y los desfiles.

A eso hay que sumar las representaciones de las bodas tradicionales en la localidad toresana. Y las parodias. Y las charangas. Y los teatrillos. Y las murgas. Y las coplas. Todo se concentra en un puñado de días, es lo que tiene esto. Pero, si fueran más, a ver qué cuerpo los aguantaba.
Almendra y Palacios del Pan
Dos pueblos casi pegados, con la vista compartida estos días de un embalse hasta los topes, celebran también su carnaval de manera consecutiva. En Almendra, la Fiera Corrupia sale en la mañana del domingo. Esta vez será el 15 de febrero. Los vecinos están de enhorabuena, porque se cumplen diez años de la recuperación de una fiesta que se esfumó, pero que vuelve a estar presente. Ahora, las mujeres van vestidas con los trajes de la zona y el resto es como en los viejos tiempos: unos cencerros y a meter ruido. Está inventado.
En la comitiva, también reluce el pendón del pueblo, que viaja en manos de los vecinos «a modo de orgullo patrio», y pasa por delante del palio. Parte del montaje se basa en una obra de Pío Baroja llamada Vitrina Pintoresca.

Ya en Palacios, la vaquilla y los cencerrones aparecen el domingo por la tarde. En el caso de esta localidad, la fiesta regresó hace más de veinte años, y ahora se sostiene con firmeza amparada en el esfuerzo de quienes la rescataron y en el apoyo de unos vecinos que no quieren que se vuelva a perder.
Uno de los encargados de proteger esta fiesta, Felipe Fernández, recordaba los detalles de la tradición en 2024: «Combina dos elementos: una vaquilla que ejerce como animal totémico; y siete cencerreros que ejecutan el rito de la fecundidad. Antiguamente, solían ser los quintos del año, que buscaban a las mozas casaderas para levantarles la falda y tirarles ceniza».

Fernández subrayaba que, entonces, se trataba de un carnaval «peligroso para el público», en el que «había temor», porque «se pegaba con la tralla de atizar a los animales». Eso se ha suavizado en los tiempos modernos, pero no quiere decir que los asistentes salgan indemnes: «El que se arrima a la vaquilla se expone a un latigazo».
La bonus track, en Morales de Valverde
Morales de Valverde siempre celebra el carnaval un poquito más tarde. La semana siguiente es cuando sacan al toro. Lo hacen para favorecer la animación en las calles del pueblo y para que haya más vecinos empujando la tradición. Será esta vez el sábado 21 de febrero. En la fiesta, decenas de personas se visten de faena y salen a las calles para participar en una tradición perdida durante prácticamente tres décadas y recuperada hace escasos años.
El toro, compuesto por un armazón de madera tapado con una sábana, y el torero, son los personajes principales. El gordo, con un mono relleno de paja, y el flaco forman parte de los secundarios, como la señorita (tradicionalmente un hombre disfrazado) y el señorito (al revés). Y, a mayores, los birrias, cuya misión consiste básicamente en meter ruido. Una teatro callejero que culmina en la plaza, donde se da muerte al toro para dar por concluida la mascarada sin que falte, claro, la merienda para los vecinos.

En otros pueblos de Zamora, también tienen sus propias tradiciones. O sus fiestas nuevas, que también vale. Lo tradicional se mezcla con lo meramente popular para alegrar las calles de las localidades. De eso se trata estos días.
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