Qué les voy a contar. Es la imagen de moda esta semana. Uno quiere hacer algo al aire libre y se topa con un temporal irreductible. Mal para las citas ordinarias; fatal si se trata de eventos especiales. Y este lo es. Son las águedas de Peleagonzalo. Y no es una fiesta cualquiera dentro de todas las que se celebran por la provincia en torno al 5 de febrero. Aquí, el ritual de las mujeres tiene matices que lo convierten en otra cosa. Lo explica Inmaculada Hernández, la presidenta de la cofradía, antes de echarse a la calle a por las mayordomas bajo el diluvio.

Para empezar, la cofradía como tal tiene 25 años, pero el origen de la fiesta se escapa de la memoria: «Cuando fundamos esto cambiamos algunas cosas de las que se hacían de toda la vida. Sobre todo, lo de echar a las mayordomas. Y eso de echar no significa que las expulsáramos, sino que se nombraban de un año para otro por sorpresa», aclara Inmaculada. La elección la hacían las salientes sin tener en cuenta la opinión de la que iba a quedarse el mando. Y le podía tocar a cualquier mujer casada del pueblo.
«A veces no se recibía de buen grado», apunta la presidenta de una cofradía que se fundó, entre otras cosas, para acotar eso. Ahora, la mayordomía se va turnando entre las más de treinta mujeres – casadas o en algún tipo de convivencia asimilable a la conyugal – que forman parte de este grupo en Peleagonzalo. «Lo tenemos muy bien organizado», matiza Inmaculada, que apunta que todo está estructurado para fijar cada rol.

Hasta ahí todo más o menos estándar. «Lo especial son las alcaldesas», subraya Inmaculada. Ese papel lo cumplen tres mujeres solteras del pueblo que se suman a la celebración «muy caracterizadas», con sombreros llamativos en los que lucen flores de papel y con un vestido propio. «Ahora suelen ser más bien niñas o adolescentes», remarca la presidenta de las águedas de Peleagonzalo. Este año, Naiara, Natalia y Clara son las que se visten. Pero no es solo la indumentaria.

Las tres muchachas, preadolescentes «de los primeros cursos de la ESO», portan también una vara cada una. «Y van dando palos», advierte Inmaculada. No a cualquiera, sino a quien se mete en el juego. En este caso, los hombres, que son los que se aproximan para quitarles la vara, apropiarse de ella y partirla: «Es como un gesto de hombría», recalca la responsable de las águedas. Eso se hace tanto el sábado en la procesión como el domingo durante «la miaja». Pero este 7 de febrero queda aguado.
Las mujeres salen a por las mayordomas para llevarlas a la celebración religiosa, como manda el ritual, pero lo hacen ya de milagro. La propia Inmaculada trata de animar al resto: «¿Quién dijo agua?». Lo dicen los paraguas que protegen. Y los bajos de los vestidos que se empapan. Queda una hora para la procesión, y esa es la esperanza, pero la nube no da tregua. Cuando se abren las puertas del templo pasado ese rato, no queda más que suspender.
Bueno, en realidad hacer una procesión indoor sin hombres que se acerquen a por las varas ni esa parte del ritual por Peleagonzalo. Habrá que esperar un domingo más propicio o un febrero más soleado. Sin paraguas y con los palos en juego.

