Se veía venir desde el principio. La cola daba la vuelta desde Príncipe de Asturias hasta bien entrada la Amargura. No se iba a caber. Lo comentaban los hermanos en la fila, ya críticos. La votación era importante y había temor a quedarse sin hueco. La cita en cuestión era la asamblea extraordinaria de la cofradía de Jesús Nazareno, el cónclave interno en el que sus miembros tenían que decidir, entre otras cosas, la incorporación de las mujeres al desfile del Viernes Santo con la misma indumentaria que los hombres. Pero el exceso de aforo trajo el motín y todo se suspendió. Habrá que esperar.
La asamblea estaba programada en las dependencias del colegio Amor de Dios. En concreto, en un salón de actos con 428 localidades. Ante la previsión de que fuesen algunas más, la directiva habilitó el gimnasio de abajo con pantallas y altavoces. Según las cifras facilitadas por Jesús Nazareno, ahí cabían 200 hermanos y damas. Es decir, en total la capacidad era de 628 personas. Y se presentaron, siempre según esos mismos números oficiales, 536. La infraestructura podría haber bastado, pero la organización falló y los 108 del gimnasio se amotinaron.

En general, todos los que tuvieron que marcharse para abajo llegaron ya renegados. No es lo mismo asistir a la asamblea en directo que verla por la tele. Aún así, y ante la perspectiva de que se pudiera votar igualmente desde esa sala, los asistentes aguantaron. Desde allí escucharon las instrucciones de la directiva y, quizá, lo más noticioso de la sesión antes de que todo se embarrara: el Obispado había rechazado las enmiendas a la totalidad. En particular, una que aludía a la discriminación de género para frenar el cambio en los desfiles. La diócesis subrayaba en su explicación que «no se especifica el articulado afectado». Es decir, la enmienda estaba bien formulada.
La gente asistió a las explicaciones desde el salón de actos y desde un gimnasio en el que faltaba contexto sobre lo que pasaba arriba. Se escuchaba a la portavoz de la directiva, sí, pero no las reacciones del público. Y la cosa estalló cuando, en la estancia principal, tomó la palabra un hermano llamado Luis con el objetivo de hacer una precisión. Por los altavoces del gimnasio, solo se escuchó el silencio.
«¿Pero qué dice Luis?», clamó un hombre de las primeras filas mientras caminaba en busca de su chaqueta para abandonar la sala. «¿Y nosotros qué?», añadió otra mujer. «Esto es lamentable», apuntó un chaval. En el gimnasio, había algunas personas con papeles que parecían de la organización, pero estaban igualmente desconcertadas. Nadie dio solución, así que la gente se fue. ¿A la calle? No, al salón de actos donde se celebraba la asamblea.
Esas personas se colocaron en los pasillos y en la parte de atrás, así que, antes de empezar a votar lo que se tenía que votar, un hermano cogió el micrófono para advertir de lo evidente: «Está prohibido ocupar zonas que no estén incluidas en el aforo. Lo único que procede es suspender esta asamblea». El resto de los hermanos ovacionó la propuesta y el presidente, José Ignacio Calvo, salió brevemente a hablar por teléfono.
Al regresar, anunció la decisión: «No esperábamos tanta asistencia», justificó entre abucheos y aplausos irónicos. Luego, confirmó la suspensión y matizó que no se abrirá un nuevo plazo de alegaciones. «Se convocará en tiempo y forma una nueva asamblea en un sitio con más aforo». «¡En la plaza de toros!», le propuso un hermano a voces. Todo acabó con gritos de «dimisión».
Tras esto, la directiva confirmó a través de sus canales oficiales que las dos alegaciones a la totalidad han sido declaradas nulas y que no se presentarán más. También dio su versión de lo ocurrido con el aforo: «Además del salón de actos (428 localidades), estaba habilitado el gimnasio (200 más), con pantallas y recuento de voto previsto. Al negarse los hermanos a permanecer abajo y subir, el aforo se ha desbordado y la asamblea se suspende por seguridad, como ha expuesto un hermano y ha valorado la directiva». Ahora, a esperar a la siguiente.
