Día 10 del año en curso. En Asturianos, una pequeña localidad sanabresa atravesada por la Nacional 525, la mañana resplandece, pero la gente brilla por su ausencia. En un paseo a media mañana por el pueblo, nadie aparece. Solo en la parte de arriba, tras un buen rato, se percibe algo de movimiento que se intuye vinculado a la caza. Por lo demás, un perro que anda a la pata coja y juguetea es lo único que se encuentra el visitante. También las persianas de los bares bajadas. Y este, con 124 vecinos y la fuerza de ser cabecera municipal, no es precisamente uno de los lugares más deshabitados de la provincia.
Lo que ocurre aquí, como en tantas otras latitudes de Zamora en estas semanas que van desde el día de Reyes hasta que asoma marzo, es que el pueblo y el municipio en general están en mínimos. Lo cuenta el alcalde, Ramiro Silva, que estima que, si el censo oficial habla de 252 personas en Asturianos y sus anejos, en las semanas crudas del invierno vivirán aquí unas 220. «Estimo que bajamos un 15 o un 20%», apunta el regidor, que admite que hay familias que prefieren que las personas mayores pasen este tiempo en las ciudades.

Esa circunstancia afecta de manera evidente a la economía local. En Asturianos, todavía hay una tienda abierta y tres bares pero, desde que se quitan las luces de Navidad, los establecimientos hosteleros trazan distintas estrategias hasta que se acerca la primavera: uno abre con normalidad, otro los fines se semana y uno directamente no trabaja hasta Semana Santa. Para muchos, los gastos que genera la actividad no compensan cuando el movimiento escasea.
Lo que sucede por aquí en enero y febrero es, en definitiva, la cara b de lo que ocurre en agosto, cuando la población se multiplica y corre la moneda. Para medir el crecimiento sobre el censo sí hay datos oficiales. Los da el Ministerio de Política Territorial, que estima por cuánto se multiplica la población de un determinado municipio en su punto álgido del año. En el caso de Asturianos, casi por 4,5. Es decir, por encima de los mil vecinos en todo el ayuntamiento.

Más o menos ese mismo número de habitantes alcanza en los días grandes Carbajales de Alba, que multiplica por 2,14 su vecindario en el corazón del verano. Nada que ver con lo de ahora en esta cabecera comarcal donde el comercio abastece a toda la contorna. Es decir, se nota la merma de la localidad propia y de las que la circundan. Lo explica una mujer llamada Sara Durán, natural de Palacios del Pan, pero afincada aquí desde hace más de veinte años. Ella es una de las responsables de Ancarsa Alimentación.
Sara cuenta su historia después de retirar la decoración navideña de la tienda. Sabe que vienen otros tiempos: «Un día de las fiestas verías esto lleno. Ahora, que haya menos gente repercute muchísimo. También en lo social, porque ahora mismo vas al bar y no hay nadie», asegura la comerciante, que admite el escenario en el que se manejan casi todos los pueblos de la provincia: «Cuando empieza a hacer bueno es cuando empieza el movimiento».

Esa frontera es algo difusa. Puede ser coincidiendo con Semana Santa, con el cambio de hora o con algún puente. Pero la gente va volviendo. Lo que ocurre es que, mientras tanto, hay que seguir dando servicio: «Un negocio de estos no es para baremarlo mes a mes, sino para hacer un cómputo anual. Si miras lo que es enero o febrero, cierras la puerta y te vas mañana», constata Sara, que recalca que, en Carbajales, la salvación está en los vecinos de otros pueblos que vienen a hacer gestiones y hacen la compra. «En este pueblo, cuando yo vine éramos 800 y ahora no llegamos a 500», añade.
En el camino por la Tierra de Alba hacia Aliste, el panorama es el mismo. También para los ambulantes, que siguen la ruta a pesar de todo. En Muga, aparece el comerciante del Bazar Prieto, que aconseja amablemente a una señora antes de hacer una de las ventas del día. Como él, la alimentación y los panaderos que siguen las rutas lo hacen, de alguna manera, por dar el servicio, con la expectativa generada por la experiencia de que todo cambiará cuando lo haga el tiempo.

Los datos, desde los pueblos
Ya en la parte alistana, algunos representantes públicos aclaran que la bajada en relación al censo varía en función de la localidad. Incluso, dentro del propio municipio. Por ejemplo, en Gallegos del Río, la cabecera «baja mucho», pero localidades como Valer se mantienen más o menos estables todo el año, con la excepción positiva del verano. En San Vitero, la alcaldesa, Vanesa Mezquita, estima que la bajada invernal puede rondar un 5 o un 7%.
Lejos de allí, más hacia la zona de Benavente, el vicepresidente cuarto de la Diputación y alcalde de Villanázar, Emilio Fernández, abunda en esa teoría del descenso generalizado, pero con variables en función de cada lugar. En su municipio, por ejemplo, sucede como en Valer: no hay gran fluctuación. Sin embargo, en lugares como Ayoó de Vidriales, el impacto es grande. Allí se perciben claramente los efectos de esa Zamora mínima que, como casi todo, pasará. Volverá la primavera y, con ella, la gente.

