Bermillo de Alba aparece a mano derecha de la N-122 cuando uno va en dirección Alcañices desde Zamora. Para llegar, hay que bajar por una carretera sinuosa y de paisajes amables que conduce al visitante a las primeras casas. Al llegar a esas viviendas, ya se ha perdido la cobertura móvil. No es un problema nuevo. Siempre ha sido así. Y no solo no cambia, sino que los vecinos han abandonado la esperanza de encontrar la solución.
El resumen de todas las gestiones realizadas por los representantes de la localidad para cambiar esta situación es el siguiente: aquí no es rentable que usted tenga cobertura. Y, como ese es el criterio, hay poco más que hacer. Lo cuenta así el alcalde pedáneo del pueblo, Gabriel González, que lamenta que las empresas «no se comprometen» a ejecutar las obras pertinentes para dar solución a un número de vecinos tan escaso.
Y más escaso que va a ser si persisten esos problemas, puede pensar alguno. Por lo pronto, González constata que ya son menos de cien por aquí. Todos ellos sufrieron, hace ya dos años, el conflicto con el corte de la línea de cobre antes de poner la fibra, lo que dejó a la gente de Bermillo de Alba no solo sin cobertura, sino también sin fijo. Es decir, incomunicada.
En esos tiempos, los vecinos tenían que andar hasta 500 metros para buscar la señal y poder hacer llamadas que eran pruebas de vida o gestiones necesarias para el día a día. Ahora, con la tecnología fija, se pueden ir apañando desde casa. Más o menos: «La fibra tampoco es constante», asevera González, que atiende con cierta ironía a las promesas del 5G en todos los territorios. «Aquí no llega bien ni el 3G», advierte.
En su momento, después del asunto del fijo, desde el pueblo trataron de impulsar un movimiento para conseguir cobertura móvil. Lo hicieron a través de la Subdelegación del Gobierno. «Pero ha caído la cosa en saco roto. Nadie se implica», destaca González, que recuerda el envejecimiento de la población en Bermillo de Alba y que ve sus intentos por resolver la cuestión en «una vía muerta». «Nos remiten a empresas que son privadas y no lo van a hacer», añade.
Con todo este panorama, cuesta mirar al futuro con optimismo: «En el pueblo, la situación es de franca decadencia», concede Gabriel González, que defiende la voluntad de la gente por rebelarse, pero que entiende que hay circunstancias difíciles de gestionar. Hace no mucho, el bar del pueblo cerró: «Pasa aquí y en otros sitios por falta de rentabilidad», indica el pedáneo. Resulta comprensible que eso ocurra con los negocios. Lo más preocupante es que pase también con los servicios públicos.
