– «Que el año que empieza sea mejor que el que ha pasado».
El deseo lo expresaba ante sus vecinos Ángel Andrés, alcalde pedáneo de Abejera, antes de que en el pueblo arrancara la representación que protagoniza la tarde de cada día de Año Nuevo, la de los Cencerrones, junto a la iglesia. Una mascarada con la que Abejera abraza el nuevo año, necesitado el pueblo de pasar la página de un 2025 negro, aciago, en el que queda marcada en la memoria la tarde de aquel funesto martes 12 de agosto, cuando una bola de fuego que llegaba desde Valer casi se come el pueblo. Imposible que ayer no se recordara esto. Ni un solo día desde entonces se ha dejado de recordar.
Las máscaras caminaban ayer sobre las cicatrices de las heridas del pueblo, que aún no han sanado y que tardarán en curar. Desde la plaza donde se representa la acción se atisba perfectamente la sierra. La niebla ha levantado a primera hora de la tarde y ya permite ver lo que hay, lo que quedó tras aquellos días de uno de los veranos más negros para la comarca de Aliste. La sierra se ve negra, brillante por la humedad del invierno, pero negra como un tizón. «Este año la Filandorra para coger las cenizas se ha paseado por el monte», cantaban los mozos en las coplillas de la obra teatral. Abejera no olvida.

No olvida porque no puede olvidar. Los Cencerrones salen vestidos del mismo salón social en el que el alcalde no paró de entrar durante varios días seguidos para coger agua helada que repartir a los bomberos forestales y a todo el que pasara por el pueblo a ayudar. En la plaza en la que en agosto aparcaron las carrocetas para recargar agua, este 1 de enero aparcaban decenas de coches de turistas y allegados que acudieron a presenciar la mascarada. Unos pasos más allá de la calle Honda todavía se ven los efectos del fuego en los huertos, en las casas que están más cerca del lugar por el que entraron las llamas. El tractor que se quemó en el camino de Valer sigue ahí y los dueños han trabajado mucho en el edificio, que casi ha sido derribado, quizás para levantarlo de nuevo. Más allá, en el camino a Riofrío, seguirá durante años el fantasma del coche en el que quedaron atrapadas cuatro personas, quemadas, ingresadas durante semanas, ya de vuelta a casa. Para ellos, y para los que se quedaron a defender el pueblo, fue la mascarada de este 2026. «Para los salvajamones, nada».

Este jueves el Diablo y la Filandorra brotaban de una nube de humo para lanzar la escena junto a la iglesia y el humo no dejaba de resultar familiar en el pueblo. Olía a leña quemada, aunque ahora fuera de las estufas para calentar las casas. Y mientras se celebraba la mascarada se precipitaba la memoria, con versos dedicados al alcalde, que recibió las palmas de sus vecinos, y con otros que recordaban el trabajo de la UME en aquellas horas previas al desalojo del pueblo. En Abejera ha anidado el recuerdo de que los militares pudieron hacer más y esto ya no va a cambiar, no se va a ir ese recuerdo. «Menudo alcalde tenéis, muy famoso, pues apareció en la tele muy furioso», recitaba el personaje del Gitano.
Al salir del pueblo vuelve el negro a ambos lados de la carretera. Tanto en dirección Valer como hacia Riofrío se suceden las señales quemadas y las cunetas abrasadas. Aunque muy bajo, en algunos sitios ya empieza a apreciarse el verde. Abejera, como el monte, se recupera, pero aún no ha sanado. Por el camino por el que entró el fuego, el de Valer, también se aprecian trabajos de reconstrucción. A medio camino entre los dos pueblos, sobre una tapia, aparece una pintada: «Mañueco dimisión».

