El reloj dice que pasan unos minutos de las dos de la tarde de un día abrasador en Villardiegua de la Ribera, allá en pleno Sayago. Da gusto entrar al bar, más allá de las intenciones que pueda tener cada uno después de cruzar el umbral. Dentro, la temperatura baja unos cuantos grados. Más, después de que la mujer que está detrás de la barra, de nombre Ángela, saque un par de botellines de agua casi congelados. Gloria bendita en este 7 de agosto que más que pedir sombra invita a buscar una cueva para echar el rato.
Saciada la sed, toca la conversación. Pero Ángela, de apellido Belyakova, apenas chapurrea algunas palabras en castellano. No las suficientes para mantener una conversación fluida. Más o menos entiende y se apaña para atender a los clientes, pero para dar otras explicaciones reclama el comodín de la vecina. En este caso, de la alcaldesa: «Llama a Marisa». Y Marisa Pablo desafía el calor y acude sin demora. Con ella y con un traductor simultáneo, la cosa marcha. Aquí hay una historia que contar.

Claro, el lector se preguntará qué hace una mujer con semejante apellido y sin apenas nociones del idioma tras la barra del bar de este pueblo de 116 habitantes censados en el oeste más oeste de Zamora. La respuesta, tristemente, viene de la mano de la palabra guerra. Efectivamente, Ángela es ucraniana, de Dnipró. De allí partió en marzo de 2022 para huir del conflicto junto a su hija Verónica y sus dos nietas, que entonces tenían diez y dos años respectivamente. Su destino azaroso fue esta localidad.
Marisa lo cuenta y Ángela lo matiza tras escuchar la traducción simultánea. Cosas de la tecnología. Esta familia ucraniana llegó de la mano de una de las ONG que ayudaba a la gente a escapar del horror. Un vecino llamado Andrés, el que les ha dado cobijo hasta el traslado reciente a un inmueble municipal, avisó al Ayuntamiento de que llegaban. Desde el inicio, la idea fue integrarlas al cien por cien. Y más con las intenciones que traían. Básicamente, trabajar de lo que fuera. Y ahí había un «match» cantado, como se diría en el lenguaje de Tinder.

Villardiegua llevaba unos meses con el bar cerrado; Ángela buscaba un trabajo que le diera sustento. Y el pueblo unió esas dos piezas que tan bien parecían encajar. La familia llegó el 25 de marzo y esa primavera ya estaban funcionando en el local. Mientras, el municipio ayudó a la nieta mayor de su nueva hostelera a matricularse en el cole y a hacer todas las gestiones precisas: «No tuvimos ayuda de nadie», advierte la alcaldesa. No hizo falta.
Además, para la puesta en marcha del bar, el pueblo reunió más de mil euros a través de una colecta con el fin de hacer el primer pedido. Ángela carecía de posibles para echar a andar con el negocio, pero tuvo el empujón preciso. No ha vuelto a hacerle falta más. «Y aquí siguen, espero que por mucho tiempo, porque si se nos van…», deja en el aire la alcaldesa. A nadie que viva en una localidad pequeña hace falta explicarle la diferencia entre tener bar o no. Como del día a la noche.
A quien sea hostelero rural, tampoco hay que contarle lo que cambia la película del verano al invierno, pero Ángela ya ha resistido tres campañas frías. La caja se hace en agosto. En el caso de Villardiegua, que ha estado de fiestas hasta este fin de semana, sobre todo en la segunda quincena. Ahí, la localidad «se pone a tope de gente». Luego hay algún repunte navideño o semanasantero. Lo demás es aguante. Pero hay cosas peores que esas estrecheces de fuera de temporada.
La mirada en su país
Y lo malo para Ángela y para su gente está allá en Ucrania, en un Dnipró que padece más ahora que cuando empezó la guerra, según cuenta la hostelera. En la ciudad, vive todavía uno de sus hijos. La mujer se emociona al hablar de eso. Y de las casas que se derrumban. Y de toda la gente que se ha muerto. Su vida transcurre entre la realidad cotidiana que ven sus ojos, el día a día en el trabajo y en casa, y el horror que no contempla, pero que lleva siempre encima. Es imposible no arrastrar una estela de amargura cuando una se mueve en ese escenario.
Pero con eso tiene que tirar Ángela. También Verónica y las dos niñas. La mayor cumple ese mismo 7 de agosto los trece años. La pequeña tiene cinco y es completamente bilingüe. Ambas han recibido ropa y juguetes de sus nuevos vecinos de Villardiegua, igual que las adultas obtienen de vez en cuando parte de la cosecha hortícola de los paisanos. La sensación que transmiten es de verdadero aprecio por haberse sentido integradas.
Cuando Verónica y las niñas se van, Ángela y Marisa comentan la jugada en el umbral. La alcaldesa aprovecha para mandar un mensaje: «El bar está abierto, pero hay que venir». Más si cabe ahora, que llega septiembre y los pueblos, con el otoño, se empiezan a marchitar.
