En Belver de los Montes queda abierta una tienda de alimentación, una droguería, una carnicería, un estanco, un «psicólogo» y «vete a saber cuántas cosas más». La peculiaridad de la cuestión es que todos los negocios del pueblo son, en realidad, el mismo. Desde hace poco menos de una década, el pueblo se quedó con solamente un comercio para dar servicio a los poco más de cien vecinos que residen ahí de forma constante. «Si se va Nati, adiós», asegura una clienta.
Nati es Natividad González, la dueña de la tienda. Aunque hija del pueblo, se reconoce de Bilbao, y lleva ya 22 años residiendo en Belver de los Montes. «Vine por amor», asegura. Regenta un negocio que, aunque «no da para grandes alegrías», sí que es «fundamental» para el día a día del pueblo. Belver, como prácticamente todos los pequeños pueblos de la provincia, está habitado fundamentalmente por personas mayores. «Muchos tienen a sus familias lejos y aquí no se puede comprar por Internet», porque el pueblo está tan a desmano de las grandes superficies que el camión de reparto ni siquiera llega.

Tanto la comerciante como las cuatro personas que a media mañana de un jueves se encuentran en el interior del local confirman lo «imprescindible» de estos negocios en los pueblos. «Yo compro aquí todo el día a día», asegura una mujer mientras espera, paciente, su turno. «Normalmente la gente hace la compra semanal, el que puede, en el Mercadona, en el Carrefour o donde toque y dejan esto para el día a día. Los que pueden, van a Zamora a comprar y los que no les piden a los hijos que se lo traigan. Los que no tienen cómo hacerlo ya se quedan aquí», razona González.
«¿Y cómo se vive regentando una tienda de pueblo?». Pues «es sacrificado», asegura la emprendedora, «porque al ser el único que está abierto eres casi un servicio público», puntualiza. «Deberíamos estar subvencionados de alguna manera. Entre la luz, unos 300 euros. La cuota de autónomos, otros 300 euros… Al final echas cuentas y casi no da». Coinciden las clientas. Maribel López, que hace acopio de materia prima para llevar al País Vasco, donde vive, lo reafirma. «A esta gente hay que ayudarla, hacen mucha falta».

En Belver, al contrario que en otros pueblos, el verano no sirve para sanear unas cuentas que están maltrechas por el paso del resto del año. Hay más gente, sí, «pero tampoco te creas que esto se vuelve loco, que cada vez vienen menos jóvenes a las fiestas». Así que el comercio lo nota, pero no mucho. «Esto es todo el año igual, por eso digo, que nos tenían que ayudar».
Tienda, y más cosas
Cuando la mañana lo permite, la tienda se convierte en otro tipo de negocios. «¿Sabes lo que dicen de las peluquerías, que la gente va a hablar y que le cuentan más cosas que al psicólogo? Pues como en este pueblo no hay peluquerías, eso me pasa a mí». De hecho, no es raro el día que Nati saca a sus clientas un café o una cerveza para pasar el rato charlando. «A base de verte todos los días, pues te haces amiga de la gente».
