Antes de la historia y del teatro, todo empieza con un regreso: el del director. A la hora a la que tiene que comenzar la obra, con el público en las butacas, una de las trabajadoras del teatro, Begoña González, se sitúa en el pasillo para dar las gracias: «A Chema, por la programación que ha hecho durante estos años». El aludido aparece, recibe una camiseta, agradece el gesto y regresa a su sitio. Él, de apellido Esbec, dirigió el Principal hasta el año pasado; ahora, aparte de otros menesteres, es el director del espectáculo que va a ver el público en Zamora: Rompientes.
La obra está basada en un texto de Paul Verrept y cuenta cómo una pareja que vive en armonía al pie de la costa se encuentra un día con los cadáveres de unos refugiados que aparecen en su playa, arrastrados por el mar. La reacción de cada cual ante el suceso cambia su relación, les hace diferentes. Y ambos cuentan de qué forma en su propio monólogo. Ella, interpretada por Rebeca Hernando, en el fragmento Pleamar; él, Fernando Guallar, en La Huida.

No espere aquí un análisis pormenorizado de la obra y de la actuación de los intérpretes o una crítica sobre el montaje. Esto es una crónica de lo que pasa después de los 90 minutos de teatro, de las reflexiones que se abren cuando el público abandona las butacas y, en lugar de enfilar la puerta de salida, sube las escaleras hacia el bar del liceo para escuchar, preguntar y entender un poco más. Es el tercer tiempo del Principal.
Si todavía no está familiarizado con el concepto, la idea es juntar, después de la obra, a la gente del público con miembros del elenco que ha participado en el espectáculo teatral para poner en común pensamientos y sensaciones. Todo lo guía Stop Drama. En particular, Sara Incera, que es quien estructura la charla, lanza las primeras preguntas y dibuja la escena donde se va a desarrollar este coloquio improvisado.
Junto a ella, suben esta vez los dos actores, Hernando y Guallar, y el director, Esbec. Y un tema nace nada más empezar a conversar: acaban de vivir una primera vez. Y es que Rompientes ha empezado en Zamora su gira fuera de Madrid. Hasta la fecha, todas las representaciones se habían realizado en el mismo lugar: el Teatro La Abadía. El Principal era la primera parada fuera de allí.

«Allí, la sala está al mismo nivel que el público. Aquí hemos sentido una energía muy diferente, un cambio muy bestia», admite Guallar, que también se estrenaba como actor de teatro lejos de Madrid. Su trayectoria en el audiovisual tiene ya hitos destacados, pero sobre las tablas aún vive comienzos. Lo hace, además, con un texto que, como reconoce el autor en el prólogo de Rompientes, «más que una invitación es un obstáculo para el actor o la actriz».
Hacia ahí viaja el debate en el bar del Principal, rumbo al abordaje de una obra con personajes sin nombre, con dos voces, con un hombre y una mujer que «lo comparten todo desde la franqueza». «Es un cuento dentro de otro», aclara Esbec, «pero siempre interpelando al espectador». De manera muy directa en este teatro en particular, según Guallar, que destaca cómo la estructura del liceo zamorano facilita la visión de los gestos y las expresiones del público desde las tablas.
Del otro lado, la gente ve un montaje, muchas referencias y objetos que son personajes. Lo que no alcanza a contemplar es el «trabajo doloroso de memoria sensorial y emocional» que han realizado previamente los implicados en la obra. «Salimos súper removidos, es una catarsis», admite Guallar, mientras Hernando habla de cómo todas las piezas acaban encajando desde el texto a la escenografía: «Empezamos a encontrar agarraderos», apunta.
Todo, sin perder de vista que, en el teatro, «cada día es una cosa». Y más en las primeras veces. Y más aún cuando la temática, el drama de los refugiados, golpea a la persona que está detrás del personaje. El público que ha subido al bar también lo menciona: habla de la empatía, de las imágenes de muerte y abandono que se pueden ver en directo en televisión o de la sensibilidad de cada cual. Los actores apuntan que ellos se ven apelados por lo que le ocurre a la gente que se echa al mar en busca de un futuro. Y eso agita el alma.
Las fundaciones de la vocación
Para terminar, Sara Incera les pide a los presentes que hablen otra vez de primeras veces: en esta ocasión, del contacto inicial con las tablas, de ese instante fundacional de la vocación. Rebeca Hernando viaja treinta años atrás, al Teatro Bretón de Logroño, a una obra juvenil y a la corriente de aire que le golpeó el rostro cuando se abrió el telón: «Me puse tan contenta…».
Guallar habla más de una época, la de sus inicios en la escuela de interpretación, ya a los 25 o 26 años, tras cursar Arquitectura: «Yo era como un niño pequeño. Quería más, más, más y más», incide el actor. A su lado, Esbec viaja en el tiempo, pero no en el espacio. Su recuerdo es infantil, en este mismo teatro, cuando montó una rabieta por no querer marcharse de la obra a la que le había llevado su abuelo. Era la hora de comer, pero él había encontrado algo más fuerte que el hambre.
Aquí estaba de niño, aquí estuvo al frente del teatro y aquí ha venido este fin de semana con Rompientes. La obra se representó el viernes y vuelve a repetirse este sábado. Después de la primera representación, sobre las once de la noche, el elenco abandona el Principal para descansar. En unas horas hay una historia que contar y un nuevo público al que mirar a los ojos.
