Hay veces en que toda la tecnología disponible no es suficiente para lo que se está haciendo. Caso práctico: un pueblo de la Sierra de la Culebra, el que sea. Un señor mayor con algún problema de salud de los habituales a ciertas edades sale de casa a dar un paseo, se mete por caminos que conoce pero, cosas de la edad, se desorienta. No lleva móvil, se le vio saliendo de casa hace dos horas… y hasta ahora. La familia sabe dónde puede estar, le busca, le llaman a voces, pero nada. Los helicópteros no hacen nada, porque el terreno está tan tupido por árboles y arbustos que es casi imposible ver el suelo desde el aire. Y es aquí donde entra en juego el Grupo Cinológico de la Guardia Civil. Los trabajadores de esta unidad, que se forma en Zamora, trabajan para toda Castilla y León. Si hay un desaparecido y se necesita un perro para rastrear la zona, tanto el animal como el guardia civil salen de la provincia.
El responsable del grupo es el sargento primero José Ramón Fradejas, jefe del grupo cinológico de la zona de Castilla y León. Con él trabajan varios guardias civiles (entre otros Jesús de Castro, José Luis Pérez o Pablo García, presentes en el momento de realizar este reportaje). Entre todos entrenan a más de una decena de perros especializados en la búsqueda de desaparecidos en amplias áreas, un trabajo que se realiza, fundamentalmente, en Monte la Reina, un lugar cercano a la capital donde las condiciones de búsqueda son casi idénticas a las que agentes y perros se encuentran al llegar al punto donde se ha denunciado una desaparición.

Compartir una mañana con los agentes es la mejor manera de comprobar la utilidad de estos animales. Los perros (todos de la misma familia: pastores alemanes, belgas y algún border collie), literalmente, no paran. «Necesitamos perros que sean juguetones, inquietos», resume el sargento primero al llegar a la zona. Hay ladridos, saltos, tirones… lo habitual con un grupo de animales que no quieren otra cosa que jugar con sus cuidadores. Y aquí es donde empieza a verse la utilidad y los resultados del entrenamiento. Como una persona cuando se pone un uniforme laboral, el «chip» del perro cambia cuando se le coloca el arnés de trabajo y un collar con un pequeño cascabel. «Entienden que se acabó el juego, que toca trabajar». La actitud de juego cambia por una pose de vigilancia.
Se les realizan, explican los agentes, varias prácticas, de menor a mayor grado de dificultad. Los perros «aprenden a través del juego», así que para los cuidadores lo importante es premiar al animal cuando cumple los objetivos. Primero enseñan a buscar a una persona que está a pocos metros, después más lejos, con llamadas que cada vez son más leves… Hasta que el perro sale al monte a buscar a una persona de la que no sabe nada, solo que debe de estar por ahí. El funcionamiento del animal es fascinante. Los perros se guían «únicamente por el olfato» y son capaces de distinguir simples moléculas a decenas de metros del desaparecido.

Lo explica perfectamente el sargento primero Fradejas. «La capacidad olfativa del perro es 30.000 veces mayor que la de un humano, no podemos ni siquiera imaginar lo que perciben por el olfato», apunta. Los seres humanos desprenden moléculas de olor, todas con un denominador común (olor a persona) pero con matices diferentes. Matices en los que se fija el perro. «Él nos huele y sabe que ese olor viene de las personas que están con él. A partir de ahí, empieza a buscar, y cuando detecta una molécula humana de una persona que él no ve, la sigue». Y la sigue hasta que encuentra el foco, que es, en los casos de final feliz de la historia, la persona desaparecida.
Cuando la encuentra, el perro se sienta al lado y ladra. Cosa importante, porque el animal está entrenado para ser prácticamente autónomo y, aunque va con un guardia civil encargado del dispositivo, «puede irse a más de medio kilómetro» por libre. El ladrido es la señal de que ha encontrado lo que buscaba, y el perro solo lo emite cuando ha tenido éxito. Nunca más ladra cuando está trabajando. Primero lo hace muy seguido a la espera de que llegue su compañero humano y, si ve que el guardia tarda en aparecer, suele ir espaciando el ladrido. «Pero nunca se queda en silencio y nunca se va de al lado del desaparecido hasta que llegamos nosotros», explican los agentes.
La importancia del perro en grandes áreas boscosas
Como decíamos antes, el perro no encuentra comparación en ningún otro método de búsqueda de desaparecidos cuando se trata de localizar a una persona en el monte, algo habitual en la provincia y que la diferencia de otros territorios del país. Lo corroboran los agentes que recorren estas áreas en compañía de los animales. «La gente debe saber que, si se pierde, lo mejor es quedarse en un camino, en algún sitio claro, pero hay gente que, por distintas razonas, actúa de forma errónea», apunta Fradejas. «Hay desaparecidos que parece que se están escondiendo», ratifica su compañero, José Luis Pérez, mientras recuerda un caso sucedido hace unos meses en León. «El perro estaba ladrando junto a una zarza y yo era incapaz de ver al hombre», apunta. Encontrarle sin la ayuda del animal hubiera sido poco menos que imposible, ratifican en el operativo.

Perros para otras funciones
«Para cada necesidad, podemos construir un perro», aseguran, tajantes, los integrantes del Grupo Cinológico de la Guardia Civil. De hecho, en Monte la Reina hay animales especializados en varias funciones. A mayores de los animales de búsqueda de desaparecidos, que son los que solo están en Zamora, hay también perros que buscan dinero, droga y cebos envenenados. Los dos primeros son algo más grandes y pueden ser más lentos. Su trabajo no es tan intenso como los perros de grandes áreas, pues su función más habitual es participar en registros en vehículos, domicilios o empresas.
Los de drogas están especializados en encontrar los tipos de sustancias más habituales para el narcotráfico y son, dicen los agentes, «los que más trabajo tienen». Los que buscan dinero son capaces de diferenciar el olor del papel y la tinta que se emplea en los euros, que es «muy diferente para ellos» del papel y la tinta de un libro, de una revista o de un billete falso. Y los de cebos envenenados son útiles cuando aparecen animales muertos en extrañas circunstancias en el campo. Son capaces de detectar el olor del veneno en los cebos o en otros animales muertos y hacen una de las cosas más difíciles para un perro: encuentran comida a su disposición y se sientan al lado sin probarla a la espera de que llegue el Guardia Civil.

Una particularidad de los perros de búsqueda de desaparecidos es que son solo útiles cuando la persona a la que se busca está viva. Una vez la persona fallece, deja de emitir el olor característico de los humanos y emite otro para el que el perro no está entrenado. Si ha pasado poco tiempo de la muerte, el animal todavía podrá encontrar el cuerpo, pero si ha pasado más fácilmente pasará al lado del cadáver sin percatarse. Para encontrar fallecidos, explican los agentes, se utilizan perros entrenados para ello, algunos de los cuales son capaces incluso de detectar el olor que emana un cuerpo sumergido en el agua, como el que sirvió para localizar a la persona que desapareció en el entorno de la presa de Almendra hace unos meses.
El momento del retiro
Los perros pasan un examen en El Pardo antes de prestar servicio para comprobar que están correctamente entrenados y después una prueba anual «a modo de ITV» en la que se ve que no han perdido facultades. Pero el tiempo pasa para todo el mundo. Un animal de grandes áreas puede prestar servicio a pleno rendimiento «cinco, seis o siete años», pero con el paso del tiempo irá perdiendo facultades y resistencia física, por lo que llega el momento de pensar en el retiro.
Un instante complicado para los agentes, reconocen los propios integrantes del Grupo Cinológico, pues en ocasiones deben despedirse de un compañero con el que han pasado mucho tiempo. La primera opción que da la Guardia Civil es que el agente (cada guardia civil de la Unidad tiene dos perros de los que es primer responsable) se quede con el perro, pero eso no siempre es posible. Ahí hay una plataforma, Benemeritum, que se encarga de buscar la mejor familia posible para cada perro. Se firma lógicamente un contrato, porque estos perros son, como no hace falta señalar, bastante especiales. Un animal que sepa oler dinero o drogas puede ser usado con fines ilícitos, por lo que las familias se hacen responsables del uso que a partir de ese momento se da al animal. «Afortunadamente nunca hay problemas y siempre hay más familias para adoptar que perros disponibles», celebra José Ramón Fradejas.

