La plaza de Fray Diego de Deza es un hervidero de gente a las diez de la mañana del Domingo de Resurrección. Los hermanos de la cofradía que cierra la Pasión en Zamora van llegando en compañía del Cristo y le dan al lugar el color de las flores y de la primavera. Al fondo, a las puertas de su casa, Antonio Pedrero Yéboles observa la escena de pie, apoyado en un bastón y al lado de Jesús Losada, el pregonero de la Semana Santa de este año. En poco rato, será su patio lo que se convertirá en un hervidero.
Y es que, desde 1968, Pedrero, uno de los artistas más reconocidos en la ciudad, abre las puertas de su casa para ofrecer un ágape en la parada de la procesión del Domingo de Resurrección. Primero, solo para las autoridades; luego, sin distinción. Todo comenzó por una petición de su amigo Adolfo Bobo, entonces presidente de la cofradía. Pero luego se asentó. Incluso, tras la trágica muerte temprana del arquitecto, que al principio era quien lo pagaba todo.
Pedrero cogió el relevo de aquello, se mantuvo como anfitrión y ahí sigue. Con 87 años cumplidos. La familia y los amigos son quienes se ocupan ahora de la intendencia, pero el artista es el hombre al que todos buscan. Por eso, el dueño de la casa se planta a la puerta para escuchar parabienes, estrechar manos y reencontrarse – en un día propicio – con gentes que solo ve «de año en año».

«Tienes la mejor casa de Zamora y parte de España. El rincón es idílico», le dice un hombre que solo pasa a saludar y se marcha. «¡Me cago en la puta, Antonio!», exclama otro que se acerca exultante. Otra mujer se acerca en silla de ruedas, empujada por un familiar. Pedrero se agacha para charlar con ella: «Me alegro mucho. Hay que estar», indica el artista.
Detrás, una niña le pregunta a su madre: «¿Esta es la casa del señor que invita a desayunar?». La mujer le está respondiendo que sí, pero pronto agarra a su hija de la mano y se la lleva: «Nos van a arrollar». Efectivamente, la procesión ha llegado al descanso y un torrente de seres humanos emboca ya la puerta de Pedrero para entrar al ágape de toda la vida. La familia y los amigos de la casa reparten churros y aguardiente. Como manda la costumbre.
Media hora
Cuando pasa media hora, el patio de la casa se despeja. Pedrero se va despidiendo de la gente y luego se sienta a la entrada junto a un par de personas con las que charla animadamente. Todo sucede debajo de un enorme cartel que anuncia una exposición retrospectiva del artista para el mes de abril de 1987. El año que viene se cumplirán 40 años de aquello. Serán 59 del primer desayuno promovido por Adolfo Bobo y organizado en este hogar que, durante un rato, es el de todos.
