
El mar de capas negras tarda un mundo en subir por Santa Clara y aquí estamos esperando. El siglo XXI se estudiará como aquel en el que dejamos de esperar aburridos para simplemente esperar, y todo gracias a los avances de la tecnología. Esperamos la llegada de las damas de la Soledad con el multipantalla del fútbol, el baloncesto y el directo de la procesión en Youtube. Noto la mirada de varias señoras en la espalda: quieren ver a la soprano. Escucharla es imposible con el volumen de la calle, pero aun así abro un semicírculo y nos ponemos a ello. Tras un poco de emoción televisada nos volvemos cada uno a nuestro lado porque comienzan a llegar las hermanas enlutadas y cada uno prefiere presenciar el paso de sus seres queridos antes que iniciarse en el bel canto. Los constantes avances de la tecnología contrastan con lo entestaos que somos los zamoranos. Si uno mira a su lado verá que la instantánea que está sacando ese señor con el móvil torcido no refleja ni la décima parte del instante, pero él no se da por vencido porque ahí se lleva a la niña de sus ojos retratada. Tampoco tendría sentido que pusiera un vídeo de cómo dos abuelas acaban de abrir un hueco en la multitud para formar un punto de avituallamiento con botellas de agua y cambio de calzado, mientras sus hijas y nietas, en una ejecución ensayadísima digna de un repostaje de fórmula uno, lo intercambian por cariño y tal vez caramelos. Entre todas ellas la Virgen avanza erguida con la túnica que más me gusta: una de sencilla tela negra, con la que espera durante todo el año en San Juan. Quiere ser una de ellas, quiere ser una entre nosotros. Esta tarde alrededor de la Sole hay tecnología y hay amor. Me gusta cuando se mezclan, cuando nos invitan a esperar en soledad, pero nunca solos
