
En un conocido verso de Antonio Sánchez Zamarreño se afirmaba categóricamente que nada sabe de amor quien vuelve vivo. Estaba a punto de cometer otro error cuando, hablando con mi sobrina mientras formábamos la fila derecha para salir en la Vera Cruz, he vuelto a tener suerte. Una vez más. Y ya son muchas. Cómo es posible que sea jueves y todavía no hayas hablado del amor en Semana Santa, me reprendió. Bang. Me reprendió desde el altavoz de sus 18 años y la plenitud del amor en Jueves Santo. Me reprendió riéndose como solo se ríen los que saben de amor. Este día poliédrico de 48 horas en Zamora me parece el epítome del amor. Desde la Plaza Mayor abarrotada con Esperanza bajo el sol del mediodía hasta que entra la Soledad el Viernes pasan las mejores horas del año para amar. Para percibir sus formas solo hay que entornar un poco los ojos sobre todo si aprieta el sol como hoy. El mensaje de justo antes de arrancar la Vera Cruz. Las familias buscando sitio en La Magdalena La mousse de limón de mi cuñada para terminar la Merienda en la Catedral. Los amigos que guardan una silla de más para la cena. El beso en San Martín de abajo al acabar el Miserere. ¿Has escuchado el Merlú? Ponte por la izquierda en las Tres Cruces y un apretón de mano con una almendra desde la fila. Mi sobrina me dice que preparemos el caperuzo que esto arranca y me ha preguntado qué hacía con el móvil en la mano. Le acabo de leer este fragmento. Estás soltando factos. He sonreído como se sonríe cuando no se tiene ni idea de nada. De nuevo se ríe en mi cara. Le confieso que me pasa como con Six-Seven, que no sé qué significa. Me contesta: hay muchas interpretaciones, pero nadie sabe cuál es la correcta. Y de pronto creo que ha entendido algo más que yo sobre el amor.
