Es una procesión, pero parecen dos. Ni siquiera van exactamente los mismos cofrades en un tramo y en el otro. Los hay que parten a las cinco, con una fuerza que se va evaporando hasta que dan las siete en las Tres Cruces y se baten en retirada. Luego están los que les dan el relevo. Demasiado para sus cuerpos lo de la salida destemplada. Mejor arrancar con las sopas en el gaznate y el sol a la puerta. Muchos repiten, claro, pero lo que asoma a sus costados, el rostro del público, muta de forma evidente.
Escenas registradas entre las cinco y las seis de la mañana: La procesión de Jesús Nazareno avanza por San Torcuato. A unos metros de allí, en Santa Clara, un grupo de chavales lleva a hombros a un colega que se ha pasado. A su alrededor hay gente dispersa que vuelve a casa, servicios de limpieza en plena faena y un sonido lejano de tambores que permite seguir el rastro del desfile. No hace falta consultar el itinerario.

Y allí está La Mañana, en pleno tránsito de madrugada. Avanzan sus cofrades con la cruz al hombro y arropados por la gente que ha decidido detener la fiesta para contemplar el paso de miles de tipos con el laval negro y de las once imágenes que van de Jesús Camino del Calvario a la Soledad. De fondo suenan las marchas: Thalberg y el resto. También las risas y las voces de los menos capaces de impostar la seriedad en esta madrugada serena, soportable de frío y sin rastro de riesgo de lluvia.
Atrás, algunos aprovechan para comer. O para guardar para después. Eso le convendría a la chica a la que un cofrade le ha vaciado un bolso de piruletas en la cabeza. Al pie de otro grupito, resiste una botella de ginebra que quizá ya no tenga futuro y un bocadillo definitivamente abandonado. También han dicho adiós al sueño aquellos que, desde los balcones cercanos, se resignan a salir para no desesperar.
Abajo, toca un fondo ahora. Los cofrades interactúan con un público mayoritariamente juvenil que ya no estará en el retorno. En esas paradas de San Torcuato se habla a gritos, en el tono que pide el momento. No es falta de respeto, es lo que es La Mañana en estos tiempos (y en algunos de antes). Minutos después, por Santa Clara, dos cofrades bajan en busca de engancharse a la procesión: «Que hay que ir a las Tres Cruces y vais al revés», se mofa un chaval. Todavía son las seis.
La luz del sol
Escenas registradas en torno a las nueve y media de la mañana: en el giro de la Amargura a Príncipe de Asturias se ve algo que no había en el arranque del desfile: niños. Muchos niños. Con sus padres y con sus abuelos. Con churros y con juguetes. A hombros, correteando o directamente danzando en el suelo como la pequeña de gorro rosa y pompón blanco que se entretiene justo en la confluencia de las calles antes de que el sonido de los tambores la invite a volver al sitio.

Si la primera hora de procesión trae ebriedad, tonos altos y comportamientos imprevisibles, el desfile a pleno sol le abre hueco a las personas con horas de sueño, conversaciones en susurro y quietud en la fila. Dentro del desfile, el orden es más o menos el mismo; fuera, no tiene nada que ver. Las botellas de ginebra dejan paso a los cafés; el jolgorio a la formalidad. La rebeldía del principio se torna en solemnidad cuando todo enfila la vuelta a casa.





