La niña fallera y penitente, la hilera del silencio y el Cristo a hombros a pleno sol en Villarrín

La historia de Carmen Mezquita en la procesión de la Carrera ejemplifica el vínculo que conservan las gentes que se marcharon de la provincia y que retornan para agitar la bandera de las tradiciones

por Manuel Herrera

Las cuatro y media, hora de vestirse. Carmen Mezquita Fiol, una niña de ocho para nueve años que hace la vida en Valencia, corretea hacia una de las habitaciones de la casa familiar en Villarrín de Campos. Tras ella va su padre, Alberto. Los dos se preparan para salir juntos en la procesión de la Carrera, el momento álgido de la Semana Santa de origen inmemorial de este pueblo de Zamora. Hace unas semanas, la muchacha se vestía de fallera para reforzar el vínculo con la tierra en la que pasa el día a día. Este Jueves Santo toca volver a la raíz.

Su abuela, Mari Jose, lo ha dejado todo preparado sobre la cama: el sudario, el pañuelo, el rosario, el cíngulo y el verdugo. Falta ordenarlo bien. Para eso aparece Basi, en voz baja, pero con autoridad. La que dan los 90 cumplidos. La bisabuela de Carmen contempla la escena multigeneracional antes de aclarar que ella nunca salió en la procesión. En sus tiempos, esto no era para las mujeres. Ahora es para todos y todas. Para quienes sienten a Cristo, a Villarrín o las dos cosas. No hay que dar muchas explicaciones.

La familia se cambia antes de salir para la procesión. Foto Nico Rodríguez.

De hecho, no hay que dar ninguna. La procesión que va a arrancar una hora después de que Carmen y Alberto se vistan exige silencio. Y no es la única penitencia. Los hermanos han de ir, aparte de callados, en fila de a uno y descalzos. De esa última condición solo quedan liberados los niños. El resto ha de cumplir durante la hora de recorrido prevista para acompañar a la imagen de Jesús Nazareno.

Es más, en el momento en el que salen de casa, los cofrades ya no pueden hablar. Han de ir en silencio, siempre en hilera y con los brazos cruzados. Hasta que acabe la procesión. El compromiso penitente resulta exigente para los estándares actuales. Por eso, llama la atención y mantiene prendidos a quienes prestan su físico para defender la tradición. En este Jueves Santo son 35 los que parten tras el pendón y ante un Cristo que, este año, va a hombros.

El tema es novedoso porque, en las Pasiones previas, hubo que mover el Nazareno a ruedas. La imagen debe de pesar una barbaridad. Y hay que llevarlo entre cuatro. Imposible sin relevos. Pero este año los hay. También un calor impensable para primeros de abril. Pero así es esto en la primavera incipiente. Un año te calas, al siguiente de hielas y el tercero sudas la gota gorda. Más, si vas con la carga sobre los hombros.

El destino

El cura sugiere avanzar con «silencio interior y mirada agradecida», pero los hombres que llevan al Cristo van más bien dolientes. Los penitentes descalzos viajan tapados y no enseñan sus muecas, pero se intuyen. De fondo, un coro de mujeres lleva la voz cantante de una procesión que avanza con un pendón enorme al frente y que callejea por esta localidad clásica de la Tierra de Campos. Lo hace aparentemente sin rumbo fijo, pero hay un destino.

La procesión busca la residencia, donde se planta para mostrar el Cristo ante los vecinos veteranos. Detalle honroso para la cofradía antes del retorno al templo de salida. En todo el trayecto, acompañan las gentes de la localidad, sin el castigo de los hermanos, pero al pie del Cristo y de los penitentes. Alberto y Carmen completan el recorrido. La otra pequeña de la familia, María, quizá se anime para 2027. En la vida, a estas niñas les ha tocado ser falleras, pero también garantes de la pervivencia de la procesión de la Carrera en Villarrín.

María Mezquita, con sus dos familiares penitentes. Foto Nico Rodríguez.

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