Barrio de La Horta, nueve y media de la mañana del Jueves Santo. Hay mil formas de encarar el inicio del día más largo del año en la ciudad. Una mujer lo hace en chándal y corriendo. Estupefactos la miran dos chavales que todavía están en el miércoles y que pasan con una sospechosa botella de Coca-Cola en la mano. A pocos metros, una familia despide a una niña vestida de dama de La Esperanza. La señora que baja en bata hace la foto; las que ya están arregladas posan con la pequeña antes de emprender la marcha destino Cabañales.
Hacia allá van otras hermanas de la procesión en una de las grupetas de mantilla que encara el Puente de Piedra. Antes, se detienen frente a la cámara de un extranjero que halaga y pide: «Ay, qué guapas. ¿Me dejáis hacer la foto?». Las chicas asienten y retoman el camino. Si se asoman a mano derecha verán que ya hay decenas y decenas de personas plantadas en Balborraz. Quedan un par de horas de aguante. Hay que asumirlo. Así han decidido empezar el Jueves Santo los que esperan.

Ya sobre el puente que cruza el Duero, otra de las participantes en la procesión va comentando la jugada: «Me ha hecho una foto un chino», señala. El asiático en cuestión es uno de los tipos que, cámara en mano, se ha levantado esta mañana listo para hacer su retrato de la Pasión. A la salida del viaducto podrá captar los balcones con banderas verdes y la emoción en los rostros en la margen izquierda cuando, sobre las diez menos cuarto, aparece la Virgen. A esa hora sale del templo. Luego, tardará en moverse.

Los fotógrafos también pueden retratar las imágenes de las damas de luto que miran desde el balcón a la Esperanza antes de bajar a acompañarla. O las caras de frío de las mujeres que resisten el rato más duro de una mañana, cuando el sol se acomoda entre las nubes. O las risas de los cargadores que escapan hacia los aledaños del desfile para aguardar que todo se ordene antes de llevar a hombros el peso de una Zamora entregada.
Es de suponer que, para esa faena, los tipos habrán empezado el día bien alimentados. Como el barandales, que a las diez comienza a ejercer su rol anunciador. Lo que le toca en este 2 de abril que abre paso al sol a las diez y cinco. Como si el astro lo tuviese todo medido. Le sobra precisión este año. El ya pretérito 2024 lo mira todo con envidia desde el recuerdo olvidable en el que se convirtió.

También miran la escena algunos de los que el jueves pasado cargaban al Mozo desde San Frontis y ahora han visto pasar una semana como de la nada. O el niño que otea los rayos y pide un paseo y un parque. O los padres que le enseñan todo a los bebés para empezar a darles el contexto de lo que hay. Y el Jueves Santo, aquí, se empieza con la Esperanza y ya se acaba el Viernes. Lo tiene que admitir un ciclista despistado que pretendía cruzar por donde, en ese instante, manda la procesión. A darse la vuelta.
El desfile abandona la margen izquierda y la mañana del Jueves Santo desvía su atención hacia el centro. Un poco más abajo, aún aguardan los abnegados espectadores de Balborraz, que soportan el hartazgo con la expectativa de un tesoro en forma de imagen. En sus ojos y en sus redes. Arriba, en la Plaza Mayor, en Renova y casi en Sagasta, todo está atestado. De los de diario, de los vinculados y de los turistas. Y no deja de desembocar la gente desde Santa Clara.

El privilegio de estar a hombros
«Yo lo único que veo son cabezas», apunta un niño, mientras el instante se acerca. Cuando se escucha la música, los padres suben a hombros a unos hijos que se sujetan sobre el resto del mundo desde la inconsciencia del privilegio que supone, desde tantas ópticas, verlo todo desde ahí arriba. Por fin, a las doce y cuarto, La Esperanza toma la curva. Parece obligatorio grabarlo. Todos lo hacen. Hasta los policías que se asoman a la ventana del cuartel. ¿Por última vez?

Tras unos segundos de giro y de belleza, la Virgen llega a la punta y encara la recta que la llevará a la Catedral. Los de Renova ya solo ven un manto verde que les da la espalda. Los cargadores han pasado lo peor. Solo queda el tramo llano hasta la emoción de la Salve. Y después todo el resto de un día que es largo, pero que no cuesta.

