Parecen livianas, inofensivas, pero contienen en su interior la promesa de un mundo entero. Basta pronunciarlas para que echen raíces en la memoria del que escucha. Las palabras levantan abismos, construyen puentes, siembran expectativas, cambian la realidad. Se convierten en promesas cuando tienen vocación de futuro, son vanas cuando se pronuncian sin más ambición que perdurar lo que dura un informativo. Comprometen la identidad del que las pronuncia en la mente del que las escucha y ve como se deshacen con el tiempo.
Vivimos rodeados de promesas que se desgastan antes de nacer, fusilados por palabras sin ambición alguna de permanecer en el tiempo. A los periodistas nos gusta recordárselas a quienes las han pronunciado en vano sin que a nadie se le ponga la cara mínimamente roja. La vida sigue. Hay periodos, cuando se pide el voto, en los que las palabras caen en abundancia sin que signifiquen nada, cubren el suelo como las hojas en otoño, llegan a transformar el paisaje. Se prometen cambios, medidas, soluciones, un futuro mejor. Se dibujan horizontes con frases pensadas cuidadosamente.
Después, la nada.
Son como las semillas, se secan si no se riegan con acciones. Si no se sostienen con coherencia se vuelven polvo, desaparecen. La confianza se erosiona y se esfuma. Las promesas no cumplidas no son solo palabras fallidas, son grietas entre quien las pronuncia y quien las escucha. Para que las palabras sean hogar y no intemperie, para que signifiquen algo más allá de un juego de sonidos, no queda otra que cumplir con lo dicho. Entonces adquieren verdad, peso, se convierten en algo tangible.
No todas las palabras merecen ser sembradas, no todas merecen ser recordadas. Cada promesa no cumplida nos ata al futuro y nos pone frente al espejo. Que lo recuerden quienes las pronuncian, las promesas deben cumplirse.
«Perdónalos, porque no saben lo que hacen».





