
San Lázaro es tan pequeño que no me cabía en los ojos esta tarde, de modo que intenté dar un par de pasos atrás para ver si conseguía enfocarlo de un solo vistazo. No es fácil conseguir una visión adecuada cuando se trata de algo que conoces. Se pierde el encuadre y se confunden las opiniones con inventos. Se me difuminan los bordes de la casa de mis abuelos o las que mis amigos levantan cerca. Los colores aparecen mezclados, como cuando las rosas amarillas de la Despedida desafían al nuevo semáforo en ámbar intermitente. Por eso agradezco que los colores blanco y negro de la tarde de Lunes Santo en San Lázaro delimiten los márgenes de la calzada y del resto del año. Lo hacen así desde el paso de peatones pintado hace unos días que ya brilla menos que las capas de raso blanco. De niño y gracias al tacto de ese raso jugando bajo la capa de mi hermano intuí que, a veces, las caídas apenas son resbalones. Escondidos en el desfile de rasos algunos acordes devuelven el blanco y negro a la panorámica y hace falta darle un par de golpes al televisor para recordarnos que es una subida por el Riego y no un desembarco en Alhucemas. Subsanadas esas pequeñeces, el barrio se reconcilia con sus fronteras en los ritmos menos marciales: hay quien sostiene el tipo contra una farola tras dos horas de espera, quien merienda sobre una caja de pan al revés, el florecimiento de taburetes plegables antes que los brotes de los plataneros de la plaza. Mientras pensaba en lo que podría contar sobre esta tarde temía haberme perdido alguna cosa importante, pero estoy tranquilo porque por pura estadística seguro que entre la multitud habrá alguien de fuera del barrio y podrá venir a darme perspectiva.
