Es complicado innovar en lugares en los que parece que está todo dicho, en los que da la sensación de que lo nuevo molesta. Hay, por tanto, tradiciones casi inamovibles. Y luego está la Semana Santa, donde cada pequeño paso, por bueno que sea, cuesta un triunfo porque siempre hay gente que defiende que las cosas se queden como están, que así está bien. Lo que sucede es que, cuando algo está bien pensado y bien ejecutado, encaja. Que lo pregunten en Toro, donde el Sábado de Pasión es otro desde hace unos años. Y eso se lo debe el pueblo a la cofradía de las Siete Palabras.

La estética, que recuerda de forma inevitable a la Buena Muerte y al Espíritu Santo de Zamora, impresiona. El cortejo luce una ambientación medieval imponente que cae como anillo al dedo al casco antiguo de Toro. Parece que el que pensó las calles de la ciudad lo hizo pensando en esta procesión. La imagen del Cristo de la Luz acompañada por las teas de los hermanos empuja al silencio a los asistentes, que enmudecen al paso del cortejo.

El silencio solo se rompe por el sonido de las matracas y el golpe sobre sobre el cuero de los bombos camino del Alcázar, donde el rezo de las Siete Palabras ha corrido este sábado a cargo de Luis Felipe Delgado de Castro. La juventud de la hermandad permitió además este año seguir haciendo incorporaciones al desfile, con la participación del coro zamorano «Ocellum Duri», que se ha integrado en la procesión con varias piezas por encargo de la directiva («Lux Eterna», en el interior del templo, solo para los cofrades; «Yavhé», interpretada al ritmo de los tambores que acompañaban a Cristo en la cruz; y la obra «Estaré con vosotros todos los días hasta la consumación de los siglos», que provocó un cambio en el término del desfile).
Lo que decíamos, es complicado llegar de nuevas a un entorno tan encorsetado como la Semana Santa y no solo encajar, sino dar la sensación de que siempre se ha estado ahí. La Semana Santa de Toro difícilmente se entiende ya sin este desfile.



