
Bajando al Espíritu Santo a las diez pienso que noche y arrabal me suenan a tango y milonga en latitudes muy distintas a Zamora, con esos cuerpos trazando líneas como saetas y emparentados en sudor. En esta ciudad la noche es más de un frío que los entendidos gradúan como inferior a los de antes y los cuerpos, como siempre, hacen lo que pueden. Dos chiquillos sobre taburetes plegables juegan a piedra, papel o tijera. Otras dos, algo más allá, bailan. Me falta pie para bailar; no le busco explicaciones al hecho, me limito a constatarlo mientras envidio cómo otros pierden las fronteras del cuerpo con el movimiento. Si en esta noche de Viernes de Dolores suena una milonga en el arrabal del Espíritu Santo es porque alguno se la está queriendo colar al hermano celador para intentar entrar al Huerto con la estameña remangada y las chanclas de chiringuito cuando la jera ya está bien liada y faltan menos de cinco minutos para que el Cristo salga a ver el barrio. Hermano, vengo de lejos y no encontraba el farol en casa de mis padres. Después solo se escucha el alterne de campanas que dialogan entre la espadaña y la calle para que empiece el baile, tan distante de ese tango que no habrá quien encuentre una recta en todo el trazado, con el serpenteo de las filas bien apretadas, el giro de las carracas, el péndulo del incensario y las llamas oscilantes de las teas cerrando el desfile. Entre todas las curvas y sinusoides mi favorita es la de las aceras, donde los cuerpos se encajan un par de codazos con el descaro que da tener 18 años en esta semana del año, algo que se nota tanto en la sonrisa como en que, mientras pasan el capellán y las últimas unidades con el báculo, ellas y ellos ya están eligiendo el próximo garito. Y es que, por cada uno de los que no bailamos, siempre ha habido quien se las sabe todas. Aunque mañana en el desayuno toque contar un par de milongas.
