Bruno San Pedro Pérez es un cofrade en Viernes de Dolores. Va vestido de morado, con zapatillas oscuras y, al contrario que los hermanos que le rodean, avanza sin el caperuz verde, con el rostro descubierto. Hay disculpa para ese desliz en el atuendo: Bruno tiene dos años. Normalmente, vive en Medina de Rioseco, pero su familia es del lugar por el que el niño camina en esta noche fría de Semana Santa: de Villalpando. Allí, junto a Álvaro, su padre, el pequeño resiste el recorrido a pie desde San Nicolás hasta la Plaza Mayor. Luego, contempla el resto desde los brazos de su madre. Quizá, no recuerde este día, pero ha sido su primera vez como congregante.

El niño sale en la procesión de la Virgen de los Dolores porque antes lo hicieron sus familiares. Y sus vecinos. Como en toda tradición, la unión de los eslabones permite la continuidad generación tras generación. La de Bruno es ya es la de las personas nacidas en los años 20 de esta centuria, los que tendrán que dar la mano a los villalpandinos del siglo XXII en la cofradía. Queda lejos, ¿verdad? Tranquilos, hoy no toca hablar de futuro, sino del presente de una Pasión de Interés Turístico Regional que, este 27 de marzo, con los pequeños y los mayores, se ha quitado una espina.
Y es que el año pasado llovió. Diluvió, en realidad. La imagen de La Dolorosa se quedó en el templo y los cofrades terminaron los oficios y se marcharon a la carrera o bajo los paraguas a refugiarse en casa. Nada que ver con lo de este viernes de finales de marzo que viene con el arrastre del frío invernal, pero despejado. En la iglesia de San Nicolás, de donde parte el desfile, hay devoción por el único paso que ha de salir a las calles enseguida, y calma porque hay certeza de que así será.

Antes, toca cumplir con una tradición estrenada hace poco, pero arraigada ya entre los hermanos. Desde la pandemia, los cofrades y las mujeres que deciden ir enlutadas y con mantilla colocan un clavel blanco por cada año de vida de la cofradía al pie de la imagen, todavía dentro de la iglesia. Este año, 53. Primero, van las niñas. Luego, los hombres y mujeres de más edad. Hasta que el espacio se llena de níveas flores. Queda un rato de misa. Y, a las nueve, procesión.
Por ordenar el asunto, basta aclarar que, como se había dicho, la cofradía saca solo un paso: La Dolorosa. La imagen va acompañada por cofrades de túnica morada y caperuz verde, y por mujeres de luto. Por delante, viaja la banda de cornetas y tambores de la Vera Cruz y, junto a los hermanos, los devotos de Villalpando vestidos de paisano. El desfile ha de durar una media hora por las calles del centro de la localidad. Y allá van.
Primero, varios hermanos sacan a la Virgen con el Cristo en brazos hasta la calle, donde está situada la mesa sobre la que se pone la imagen. Allí mismo, en directo. También se añade una cruz y se prepara todo con el fin de que no haya sustos en el camino. Luego, el paso se desplaza a ruedas, empujado por un par de hermanos y otro par de niños voluntarios, y guiado por un cofrade que maneja un volante en la parte de atrás.
Una vida detenida
Así parte la comitiva, con el respaldo de los feligreses y con una vida que se detiene a su paso en Villalpando. Quienes caminan se paran; quienes están en casa salen a los balcones; los niños que juegan al fútbol en la Plaza Mayor con los bajos de un banco como portería cogen el balón con las manos, bien enseñados, y miran la escena de La Dolorosa en su viaje circular de San Nicolás a San Nicolás. El telón de fondo es un frío que golpea, pero no tumba.
Los presentes llegan enteros al destino, donde se entona el Salve Dolorosa. Después, el cura desea que la Virgen de los Dolores guarde a los vecinos «de todo mal» y da por finalizada la procesión. Para entonces, Bruno, el niño del principio, ya está medio dormido. Es hora de recogerse.





