
Junto a Diego, dejé la Semana Santa colgando en torno a las 11 de la mañana del pasado Viernes Santo. Afrancesados y sedientos de historia (con minúscula) nos dejamos llevar por la barahúnda San Torcuato abajo. Un par de días y varios chaparrones después, en ese éxtasis de novo del tardeo de Resurrección, espejo de soledades para un catálogo de temporada de gafas de sol, vimos tantas caras jóvenes ocupando las esquinas de la Plaza Mayor que se puso el sol por las Pajarrancas hasta esta tarde de Traslado. Desde esa altura más o menos hemos descolgado la Semana Santa. Hoy, en el coche de vuelta de Valladolid atardeció y pensé que ya está todo inventado, que he visto suficientes Semanas antes de que cambie la hora, y también después. Pensé también que dónde tendría guardadas las gafas de sol de aquel domingo, pero sobre todo pensé que me gustan las veces en que la hora se cambia el Sábado de Dolores, o de Pasión, porque son esas veces en las que siento que todo puede empezarnos de nuevo. Pueden empezarnos las primaveras, las obras de reparación de las travesías, los adoquines, pueden empezarnos a salir las canas o los dientes de leche, pueden empezarnos a llenar las fotos el teléfono y diremos que todas las imágenes de esta semana ya están cogidas. Sin embargo, se levantan decenas de teléfonos a la entrada de Cabañales, sin embargo, he apretado el puño al salir con Mater Mea hacia la Horta. Sin embargo, he pensado que no hay nada más zamorano que inventarnos nuevas postales al coronar Balborraz, con ese ánimo con el que nos queremos hacer partícipes de la Historia (con mayúscula) y mañana volvemos a amanecer en sentido contrario, pero es otra cosa, porque nos hemos descolgado y ya es Semana Santa.
