
Todos los años por estas fechas resurge la misma cuestión: ¿se puede ser ateo y cofrade?; o esta otra versión, parecida pero con otro matiz: ¿se puede ser de izquierdas y cofrade?
Todos los años se dan las mismas respuestas, y nunca sirven, por lo visto. Así que toca esperar a que en las próximas vísperas del Domingo de Ramos resurja el mismo debate. Se podría decir que ya forma parte del rito.
La Semana Santa es un ritual que se celebra una vez al año. Forman parte de él personas de todas las clases sociales, historias familiares, ideologías, identidades y, de unos años para acá, de nuevo de todos los géneros. Con el paso a la globalización, también de varios países, no voy a decir todos, pero sí hay semanas santas que atraen a cofrades extranjeros.
El ritual consiste en representar públicamente la pasión de Jesucristo y celebrar su resurrección. No es casualidad que resucite esta deidad al mismo tiempo que lo hace la tierra, y la vida: cuando llega la primavera.
La primavera llega también para todos. Mujeres, hombres, ateos, católicos, musulmanes, judíos, ricos, pobres, de izquierdas, de centro y de derechas y de todas las etnias. Igual que la fiesta del patrón de tu pueblo se celebra para todo el mundo y a nadie le extraña que estén bailando a las tantas en la verbena las pegadizas melodías de Chayanne tu prima la que vota a Vox junto a tus padres que votan al PSOE, la Semana Santa se celebra en la calle para quien esté en ella. Y no hay más.
Pero entiendo estas preguntas. Yo también me las hago. Aunque yo no me pregunto si se puede ser cofrade y atea o cofrade y de izquierdas porque sé que sí. Mis preguntas van más hacia ¿de qué forma somos cofrades y ateos, o cofrades y de izquierdas?
¿Se preguntarán también los católicos por qué se emocionan ante una imagen cuando la Bilbia condena claramente la veneración de las mismas? ¿Se preguntará algún creyente por qué, si Jesús expulsó a los mercaderes del Templo, le hace ilusión comprarse cromos de Semana Santa? ¿Se preguntará algún cura por qué tiene cinco vírgenes diferentes en su parroquia y cada una recibe sus cultos y su veneración propia, siendo esto más cercano al politeísmo que a otra cosa? ¿Se preguntará alguien por qué se permite que los católicos entren a los bares durante la Cuaresma?
Todas las preguntas de este artículo tienen respuesta, y para hallarla, entre otros factores, es importante conocer el contexto. Por ejemplo, en el contexto de la dictadura franquista la forma de celebrar la Semana Santa venía impuesta desde arriba y la pregunta de si se puede ser cofrade y ateo no se podía plantear, aunque siguiera habiendo ateos participando en las procesiones. La que sí se hicieron fue la de si se podía ser de cofrade y de izquierdas, y la respuesta fue no.
Esta semana, mi amigo Bernar, que es ilustrador y gran aficionado a las pegatinas, ha colocado en Sevilla varias realizadas por él mismo con los nombres de una serie de personas que sufrieron la represión franquista. Para rendirles un homenaje y dar a conocer la verdad, reivindicando justicia y reparación.
«Ser católico, cofrade y/o religioso no te libraba de sufrir la represión fascista durante el golpe de Estado y posterior Guerra civil española», explica él.
Entre los nombres que ha elegido para demostrar que hubo un momento en España en el que no se podía ser religioso, cofrade y de izquierdas, aparecen los de varios zamoranos: Felipe Anciones, hermano del Santísimo Cristo de las Injurias (del Silencio); Pascual Rodríguez y Antonio Iglesias, hermanos del Santo Entierro; Sagrario Cabañas y Santiago Carnero, hermanos de la Vera Cruz; y Rufino Barba Luis, hermano del Santo Entierro y miembro del PSOE de Zamora.
¿Se preguntarán los católicos cofrades cómo pueden formar parte de un rito popular del que se apropió un dictador para represaliar a otros católicos? Que lo hagan, que la reflexión nunca estorba, pero que no dejen de participar en la Semana Santa. Que nadie deje de participar en la Semana Santa si no quiere.
El anclaje al calendario
Porque las sociedades necesitan los rituales, y cuando no nos permiten celebrarlos (como ocurrió durante la pandemia de covid) ya nada parece lo mismo, ni siquiera nosotros. Hasta la percepción del tiempo se nos altera, y ya no sabemos distinguir lo que pasó en 2020 de lo que pasó en 2021 porque no había semanas santas que nos anclasen al calendario.
Lo importante, para mí, no es si actualmente se puede ser cofrade y ateo o cofrade y de izquierdas. O voy más allá: feminista y cofrade. Lo importante es entender quién hace esas preguntas y qué pretende con ellas. Quien se pregunta si se puede salir en una procesión sin ser católico sabe perfectamente que sí se puede, pero le molesta que esto ocurra porque igual él se siente más a gusto en contextos de pensamiento único, imposición de normas y represalias para los que no son como él.
