De 1980 a 2025 pasaron 45 años. Y la vida habría sido irreconocible al llegar al final de ese periodo si hubiera sido un salto y no una línea continua; una sucesión de jornadas con madrugones, alegrías, disgustos, descubrimientos, errores y aciertos. De la mañana número uno a la despedida. Un día de 1980, Ana Ramajo abrió su frutería. Otro día de 2025 la cerró. Pero durante todo el tránsito intermedio ejerció una función indispensable en el barrio. En el de San José Obrero. Desde las galerías, vivió los años del apogeo del comercio de cercanía en la zona. También los tiempos difíciles. Hasta el retiro.
Frutas Ana cerró por jubilación. Y lo hizo en un momento en el que el modelo de las galerías parece agotado. Se percibe en varios puntos de la ciudad. Basta mirar los ejemplos del entorno del mercado, de Tres Cruces o de Santa Clara. Lo que pasa es que el barrio sigue siendo diferente. Tampoco ajeno al mundo que lo rodea, pero sí un lugar con su idiosincrasia propia. Por eso, aquí, esa sucesión de locales con negocios ubicados a ambos lados de un mismo pasillo resiste como referencia de las compras para muchos vecinos.

Eso lo sabía bien un hombre llamado Alejandro Pardal Borges, de 33 años. Él nació en el barrio, se mudó de niño y regresó otra vez de adulto. Cuando se enteró de que Ana iba a cerrar la frutería, un dato que conoció a través del vínculo de su pareja con la hija de la comerciante, entendió que era el momento de cambiar el paso y salir de un trabajo del que sentía que tenía que marcharse. Nunca había trabajado en el sector y las galerías ya no son las de 1980, pero este hijo de San José Obrero vio que aquí había una oportunidad.
Alejandro se decidió, pero el proceso posterior le costó. El cierre de la frutería se confirmó y él tardó cinco meses en ponerla en marcha otra vez. Pero lo hizo. «Aquí estoy», constata el protagonista, que ha abierto un negocio diferente en el mismo local que dejó su predecesora. Ahora bien, el concepto indica una continuidad. En un juego de palabras nuevamente impulsado por su pareja, el establecimiento lleva por nombre Fruta Sana. Se escribe un poco distinto a Frutas Ana, pero se lee prácticamente igual. La idea queda clara.

«A ellos se les conocía mucho por la calidad y a mí me llamó mucho la atención eso. Ahora mismo, la fruta la tienes en cualquier sitio, pero la buena es un poquito más difícil de encontrar», cuenta Alejandro después de atender a una de las veteranas del barrio. La vida ha cambiado para este hombre que salió de una empresa de aires acondicionados para meterse en su negocio propio dentro de las galerías de San José Obrero.
«Estas galerías han funcionado muchísimo toda la vida. De hecho, hace igual veinte años, esto era como el mercado de abastos. Venías una mañana y siempre estaban llenas», subraya Alejandro, consciente de que los tiempos han cambiado un poco. «Sí que me da un poco de miedo que la gente no sepa que estás ahí metido, pero la verdad es que acaba siendo una zona de paso. Los vecinos cruzan a la pescadería o a buscar las morcillas de Ramiro», apunta el frutero, que apenas lleva unas semanas en esta aventura laboral.

Además, a pesar de los cinco meses que transcurrieron desde el cierre de una frutería a la apertura de la nueva, Alejandro entiende que el suyo se ve como «un negocio ya establecido». «Mucha gente estaba acostumbrada a venir aquí», advierte el comerciante, que recuerda que la gente de San José Obrero tiende a hacer la compra en el barrio y que insiste en la continuidad: «Voy a hacer lo mío, pero quiero seguir la estela que ellos dejaron», apunta el nuevo de las galerías en referencia a Ana y también a Jose, los dueños anteriores.
Un buen recibimiento
De momento, el barrio le ha recibido bien. «La gente es un amor. Muchos son mayores y te tratan fenomenal, te dicen las cosas con buen tono y es un gusto», destaca Alejandro, que ahora vive todo lo que implica ser frutero, con los madrugones a por el género incluidos; también lo que supone haberse convertido en autónomo, con horas de más para sacar toda la jera adelante. En estas, va aprendiendo a valorar lo bueno. Lo suyo y lo de los demás. «La pescadería de aquí funciona porque no tiene nada que ver con las demás. Y la carne de Ramiro o de Agustina es increíble, hay mucha diferencia», resalta.
Fruta Sana abrió en 2026. Otro día aún por determinar cerrará. Pero lo importante será la sucesión de jornadas con madrugones, alegrías, disgustos, descubrimientos, errores y aciertos para dar servicio al barrio en los tiempos modernos. Y desde las galerías de siempre.
