Hace unos días, murió «la última persona que vivió en el pueblo» de Gusandanos. Se trataba de una mujer que hacía tiempo que había abandonado la localidad y que se encontraba en una residencia. El asunto se ha comentado por la zona y lo confirma Emilio Lorenzo, alcalde de Rosinos de la Requejada, el municipio del que depende este lugar ya deshabitado de la zona noroccidental de Zamora. Ahora, apenas queda allí alguna casa habitable en pie. El resto muestra la decadencia propia de los sitios por los que ya casi nadie pisa.
En realidad, las ruinas de las casas, la vegetación acumulada y el silencio son la consecuencia de la realidad que cuentan también las estadísticas: en Gusandanos no hay ninguna persona censada desde el año 2016. Ya va un decenio con el cero puesto para esta localidad que nunca fue grande, pero que se había sostenido con vecinos hasta que transcurrieron los primeros quince años del siglo en curso. Desde entonces, nada.

Ahora, familiares de la última mujer que vivió en el pueblo disponen aún de alguna vivienda utilizable, pero la realidad es que parece difícil pensar en la recuperación de un vecindario que resida en el lugar de manera constante: «Lo intentaremos a ver», apunta, sin mucha convicción, el alcalde de Rosinos, que tiene algunos otros pueblos en su ayuntamiento con una situación que se acerca progresivamente a la de Gusandanos.
No en vano, entre los más de veinte núcleos que tienen menos de diez habitantes censados en la provincia de Zamora, hay dos que se ubican dentro del propio municipio. Uno es Monterrubio, con cinco vecinos, y otro Escuredo, que cuenta con tres. En este último caso, hay fases del invierno en las que cuesta encontrar gente, pero también una explosión demográfica en el buen tiempo. Queda bastante vida, aunque sea estacional.
En varios de los pueblos que aparecen en la lista, ese escenario se repite: vaciado en invierno, repunte en primavera, más gente en verano y vuelta a empezar con el ciclo. En la nómina de localidades se encuentran también lugares que son herencia de la construcción de determinadas infraestructuras, como Salto de Castro o Salto de Villalcampo, ya sin censados, o Moncabril, que tiene tres vecinos según las estadísticas.
Dos tiene Letrillas, mientras que Castillo de Alba o Dornillas aguantan con cuatro. Como Monterrubio, están en cinco Villarino de Cebal o Quintanilla (Justel), mientras que Santa Cruz de los Cuérragos o Valdemerilla se sitúan en seis vecinos. Siete hay en Barrio de Rábano, Las Enillas, Utrera de la Encomienda o Linarejos, y ocho en Valleluengo o Granja Florencia. Más lejos de la quema, con nueve, se ubican Cernecina, Flechas o Paladinos del Valle.
El lector familiarizado con la geografía provincial podrá comprobar que muchos de los pueblos que aparecen en la lista se reparten por la zona noroccidental de Zamora. Es decir, entre Sanabria, La Carballeda y la parte de Aliste, aunque hay algunas excepciones como Las Enillas (Sayago) o Paladinos (Benavente y Los Valles). En general, en las zonas más castigadas, se ven localidades donde el futuro empieza a pender de un hilo.
Las desapariciones
Y es que los pueblos pueden deshabitarse por completo. No es una amenaza irreal. Va ocurriendo con Gusandanos, como sucedió con Otero de Sariegos (Tierra de Campos), que mantiene una comunidad de población vinculada en busca de la conservación de parte del patrimonio de la localidad donde se hunden sus raíces. A partir de cierto momento, solo queda eso. Sujetar la fachada de un interior donde ya no hay gente.
